Sáb. Sep 26th, 2020

Cosmopolita

La energía que gasto echando de menos a mi país de nacimiento,  la convierto en combustible para ser paisana de todos. Para brindar mis talentos al mundo, para que el mundo me brinde sus talentos a mí, así yo no paro de aprender y por ende, no paro de crecer.

Por: Luisana Rodríguez 

Las farolas de la noche extranjera me iluminan en un tono resplandeciente la nariz, con tanta luz la sombra que me sigue casi se torna dispersa. Mis pies pertenecen a la tierra y mis alas al viento, yo no soy de aquí. 

Soy de todos lados, sí.

Soy un conjunto de ambivalencias, duele dejar la casa pero duele aún más saber que sí es posible hacer un hogar lejos. Tengo raíces fuertes y el espíritu libre, soy ciudadana del mundo: le cultivo amor porque sé que hay para mí también, a pesar de estar desparramado en cientos de miles de kilómetros. El diluvio en el corazón viaja por mi torrente sanguíneo y mi caminar.

Que sí, que la nostalgia arropa al alma mientras recuerdo el olor caluroso de la familia, esa que me acompaña un domingo todas las semanas. Sobre mi piel están los toques con cariño de mis abuelos, en mis manos se envuelve inconscientemente la de mi hermana, imagino yacer sobre mi vieja cama al llegar del colegio. 

Los años corrieron en dudas sobre las distintas formas en que podría fallar, ahora aquí estoy descubriendo que sale mejor de lo que pude pensar. No ha sido fácil, pero qué gozo hallar familia en mi misma, más lejos que nunca de casa. Salir de la zona de confort se siente tan caótico como la mismísima guerra fría, cúmulo de sentimientos inexplicables en palabras que Gustav Klimt lo expresa mejor en su obra «Muerte y vida».

Esa sombra no se despega, intenta hacerme caer de tristeza, de añoranza. Mi valentía flaquea hasta que subo la mirada y encuentro millones de estrellas, ellas representan las oportunidades que yo misma voy sembrando. 

Espero cosecharlas mañana.

Migrar del abrazo de mamá y papá para hallarme en un abrazo conmigo misma, sola y herida.

Sin embargo, sigo adelante para colgar una foto en la pared y respirar en mi morada, esa morada que he construido con los valores soplados por mis parientes y con los valores que yo he formado. Susurro palabras de fortaleza, la autoestima que evoluciona para adaptarse al más rudo ambiente me envuelve y me hace invencible. Soy todo. 

Intento identificar ese ansiado lugar de tranquilidad. No está. Pero no me detengo.

La energía que gasto echando de menos a mi país de nacimiento,  la convierto en combustible para ser paisana de todos. Para brindar mis talentos al mundo, para que el mundo me brinde sus talentos a mí, así yo no paro de aprender y por ende, no paro de crecer. Vi más allá de la montaña, respetando mi casa y queriendo conocer otra también. Decenas de países me regalan pizcas de sus culturas, en sus lenguas bailan cantos desconocidos y tienen movimientos extraños en sus caras para expresar sus puntos de vista.

La curiosidad gotea de mis labios, me quiero comer el mundo con Venezuela como copiloto y mis letras como avión que me lleva a través de las nubes, del español a quien sabe qué idioma, del Caribe al Atlántico. 

Luisana Rodríguez es una joven venezolana estudiante de psicología, escritora (@poesielu), amante de los idiomas y curiosa empedernida. 

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