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Mié. Feb 26th, 2020

Depender sólo de Dios

Una historia de emigración, en la que su protagonista siente que llegado el momento, sólo depende De Dios y que a pesar de las circunstancias, éste nunca le falta.

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Era intolerable para mí seguir en una cola peleando con las personas que estaban detrás y delante de mí como aves carroñeras para poder llevarnos dos artículos básicos de consumo.

No podía permitir tanta miseria, bajeza y abuso producto de aquel régimen, razón por lo que decidir irme con mi pequeño hijo, que tenía siete años en ese momento.

Mi esposo ya había salido tres meses antes para ir “estableciéndose’’ en este país que escogimos para emigrar.

Salí un día muy de madrugada, no dormí esa noche, no podía con tanta ansiedad, el taxi llegó temprano, solo me dio tiempo de vestirme muy rápido y abrazar fuerte a mis padres, lloré conteniendo las lágrimas lo más que pude. Iba llena de mucha ansiedad.

En el camino solo una cuantas lagrimas salieron, traté de concentrarme en lo que se aproximaba y no en ese momento de partir.

Cuando llegué a encontrarme con mi esposo después de tres meses, a los tres días lo liquidaron de la empresa en la que estaba trabajando y duramos tres meses sin empleo y sin un peso en la cuenta del banco.

Afortunadamente, nunca nos faltó nada gracias a Dios y a la Iglesia donde asistimos en este país en el que estamos.

Allí supe lo que era depender de Dios nada más.

Mi esposo y yo había días que salíamos y caminábamos recorriendo centros comerciales, tiendas para encontrar empleo pero nada.

Me llevé pocas cosas pensando que como mi esposo estaba trabajando no necesitaría llevármelas y sin embargo, nos tocó algo duro, dormir en un colchón en el piso, tener solo una estufa pequeña.

Mi hijo tuvo que madurar muy rápido con siete años, quedarse solo mucho tiempo sin amigos.

Luego de tres largos meses encontramos empleo los dos casi al mismo tiempo.

Gracias a Dios después de ese momento he ejercido mi profesión en tres instituciones en este país.

Actualmente laboro para una reconocida institución del Estado y mi esposo ejerce su profesión en una importante empresa privada (una de las mejores del país).

Ya son cuatro años y unos meses que residimos acá y agradezco a Dios por cada experiencia y el habernos ayudado hasta ahora, sin él no hubiese sido posible.

Autor Anónimo.

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