Jue. Oct 1st, 2020

Frágiles -celebrando la existencia-

La reflexión de una inmigrante venezolana, después de una semana en cuarentena en España.

Por: Lilian Rosales

Las calles lucen desiertas.

Puede parecer exagerado pero esta reclusión que ya se antoja demasiado larga para un culo inquieto como el mío, me hace entrar en las carnes de quienes están en la cárcel y pierden, a consecuencia, la noción del tiempo. Solo este sol vigoroso de la mañana entrando por la ventana me recuerda que, pese a los días de oscuros ánimos para muchos, hoy entró triunfante la primavera. 

A lo lejos, hacia el centro de la ciudad, sin otra perturbación más que el canto de las aves, el tañer de campanas a modo de despertador nos habla a primera hora de los caídos. Nos recuerda el peso de esta peste que nos azota. El precio que vamos pagando de 1700 almas que ni siquiera tendrán funeral. España es un pueblo de viejos. Habrá muchas víctimas. Es lo esperado.

Apoyada en la cama, atada aún a la pesadilla nocturna por una especie de tela de arañas, Joaquin Sabina viene a mí como siempre cuando el drama me invade y me inspira. No quiero ridiculizar su canción. Pero me descubro plagiándolo en una especie de rompecabezas de ideas todavía perezosas, confusas y vívidas que rescato desde el otro lado, de las que voy tirando desde el sueño hasta la vigilia: 

Hoy dice la tele que ha muerto un hombre que conocí, que los ciudadanos hacen oídos sordos a las restricciones, que la antorcha olímpica permanece aún encendida cuidando las ingentes sumas de dinero invertidas y esperadas tras la celebración de los JJOO, que el Barça de balonmano solo pagará el 75% de su sueldo a los jugadores. Que en dos semanas de ha desplomado la riqueza financiera de años.

Dijo la tele, que la violencia de género se ha cebado con alguna otra víctima, que el virus lo ha hecho posible. Que se prevé la contracción de la economía en 1,8%. Que ha muerto el Márquez de Griñón, un guardia y una enfermera de la que no se menciona nombre. Dice que el día estará gris y lluvioso mañana. Que perderemos el verano turístico. Que la vida sigue enfrentándose en batalla contra la muerte. 

Este virus quizá mueva los ejes en el tablero geopolítico global. Acaso debilite a los poderosos como EEUU, y retrase aún más la carrera de la UE. 

Recobrando su salud más temprano, China quizá lidere la próxima temporada de juego.

Por lo pronto, ya asume actitud de liderazgo en lo que a la epidemia respecta: aconseja naciones, opina, y censura acciones. Tal vez después de esto, no volvamos a ser los mismos, es probable que no haya vuelta atrás y dé un vuelco el paradigma del siglo XX, el que seguimos arrastrando pese a haber cambiado hace mucho rato la forma de relacionarnos con el mundo y con nosotros mismos desde que nos explotó el internet entre las manos. ¿Será que seguiremos lamentando durante el tiempo que nos queda de existencia la catástrofe del calentamiento global sin hacer nada? ¿Seguiremos permitiendo los viajes low cost? Solo hicieron falta 15 malditos días para que el consumo de kerosene, combustible de los aviones, bajara un 80% ¿Continuaremos empleando el agua como recurso infinito? ¿Postergaremos el tiempo de decir te amo papá, te amo mamá? ¿Trocaremos eternamente lo importante por los imprescindible? 

¿Seguirá la puja por el poder que ha acuñado la ideológica y xenófoba expresión del “virus chino”? ¿Persistirán las tensiones entre regiones? Este virus debería servir como agua bendita para espantar a los bichos, a los malos espíritus, a la insensatez, a la ausencia de empatía. Deberían ser utilizados como los aplausos de estos días a modo de rito casi ancestral para espantar el mal augurio. De eso vamos aprendiendo inquilino en pijamas desde la ventana, cada okupa de terraza, cada poeta de balcón improvisado. 

Hoy dijo la tele que habrá que salvar empresas. Tal vez toda esta increíble presión sobre el sistema sirva entonces para hacer criba. El mismo darwinismo que nos está recordando que en nuestra ambición de sobrevida los mayores estamos ocupando mucho espacio del espectro limitado, que pesamos a la seguridad social, que costamos en ayudas de desempleo, ese mismo debería hacer foja 0 en otra dirección. Será la ocasión de salvar las empresas más sostenibles, más humanas, más adaptadas a las demandas de los tiempos. De rescatar lo bueno de la UE y construir de una vez por todas un cortafuegos bajo el amparo de una gorbernanza más global. Si es que queremos seguir viviendo en un entorno de esas dimensiones. Una oportunidad de lujo. Un punto inflexión. Ha pasado la barredora de Darwin limpiado espacios, admitámoslo. ¡Qué duro! 

Yo espero que los chip se nos interconecten mejor con este shock, si es que quedamos vivos. Que hagamos nuevas y buenas sinapsis, que entonces miremos lo trascendente de nuestras competencias individuales en el cambio que nos parece siempre ajeno, siempre obligación y culpa de otros. Que dejemos de atribuir responsabilidades al locus de control externo, como me machacó sensatamente mi profesor de sociología política, Alfredo Keller hace más de dos décadas. Será el tiempo de mirar más hacia adentro no al ombligo. Para algunos, ese tiempo ya ha empezado empujados ineludiblemente por el confinamiento. 

La pandemia también ha cambiado cosas en el micro mundo de los anónimos. Hoy sabemos que, con solo ser un poquito solidarios, amarrando nuestras ganas al picaporte de la puerta podremos evitar miles de contagios. Algunos me han contado que por estos días sufre de “bajas de abrazos”, como quien sufre una hipoglucemia. Consecuentes, la mayoría frustramos nuestros deseos en una contención responsable porque ese beso de cordialidad común entre los latinos, es prohibitivo por peligroso. Se podría decir que es casi mortal. Los gestos de solidaridad en mi entorno son muchos, son sinceros, son espontáneos. Nunca antes vimos algo así. 

Es que son reacciones peculiares de quien, removido de su egoísmo por el impacto, inconsciente de la propia mutación aún, luce iluminado e inocente, re- enamorado de la vida. Empujado en esa dirección porque las imágenes – corrientes en algunas distopías que muchos hemos leído y archivado ajenas a la realidad en la repisa de la literatura – parecen cobrar vida ante nuestros ojos, nos horrorizan. Nos vemos amenazados en igual medida todos los habitantes del planeta en los setenta ataúdes acumulados en un cementerio de Bérgamo. En las ceremonias sin oficiar por el pánico, en el miedo -o desprecio- a alguno al toser, en las largas páginas de esquelas, en las calles plagadas de militares luchando contra un enemigo invisible.

La obra de Camus nos previno y no nos dimos cuenta. Ahora “podemos demostrar si verdaderamente en el hombre hay más cosas dignas de admiración que el desprecio». 

La adversidad de por estos días ha de cambiarnos desde las vísceras, desde el corazón y las ideas. La vecina de enfrente y yo hoy nos saludamos, aplaudimos juntas los esfuerzos de los sanitarios, nos damos los buenos días. Durante un par de años que forzosamente hemos compartido el aire que corre entre ambos edificios, sus explosivas historias y la música de mi casa, nos hemos evitado. Nos ignorábamos más bien como en un acto de rebeldía, ninguna había escogido tal proximidad. Nada personal, nada en contra la otra. La obligación de vivir en dos pisos enfrentados casi oliendo sus guisos y el humo de sus cigarrillos, previendo la hora de los jadeos y las conversaciones inacabables por el móvil acerca de las desgracias de sus compañeros en la panadería, me empujaba a odiarla espasmódicamente, aunque no era nada en su contra. Nada personal. Es que abrir la ventana o correr la cortina del balcón me ponía al centro del aquel escenario, con el spot encima, dispuesta a encajar mis dinámicas y miserias en la hora precisa de su descanso para el deleite de toda la familia. No. No era yo la elegida para ese papel. Yo huraña y sombría con la nariz metida entre libros e ideas, sin apenas peinar tramando qué contar de los otros. No era yo el sujeto llamado para el cuento. 

“Algo ha cambiado. ¡Diga que sí! – le pregunte esta mañana. Nos sonreímos porque ambas sabíamos que la peste maldita nos había volteado la cabeza. Habíamos hecho tabla rasa. Cada tarde celebramos la vida en ese aplauso sabroso, a las dos se nos llenan los ojos de completitos de lágrimas. No sé en qué piensa ella, la verdad. Solo la siento y entro en sintonía. No sé si sabe que yo pienso en mis seres amados en Venezuela, en esta pesadilla llegando a puerto para corretearlos, sin hospitales, sin agua, sin apenas alimentos, sin un puñetero minuto de paz desde hace años. Ella sonríe y como buena andaluza canta al son de las palmas contagiando al vecindario entero. Yo que quiero llorar, me contagio, me empapo de lo agridulce, aplaudo y me dejo llevar por el espíritu de exorcismo de ese acto. Y pienso. Nadie sabe cuánto pienso dando merecidas gracias a los anónimos que se están dejando el cuero en esta guerra. 

También estoy asumiendo mi propia fragilidad, en medio de muchas otras fragilidades de mi entorno. Ésta ha sido parte de la lección que nos va dejando esta pandemia. En la que frágiles los mercados, las empresas, los países. Frágiles las ideologías, las personas vamos quedando desprovistos todos de todo camuflaje, adorno y medallas. Desnudos, iguales. Solos con nuestra propia condición gregaria, con un chorro de creatividad a disposición y el lujo del tiempo disponible, el tiempo que nunca antes alcanzaba, en una cuenta libre y sin límite. Solos pero reunidos por frágiles.

Frágiles y afanados en vivir.

Frágiles celebrando la existencia. 

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