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Llevan nuestra luz y nuestro aroma en la piel.

Entre Venezuela y Colombia hay un sitio desolado, abandonado y gélido. Es el Páramo de la Nevera. Ahí se bajaron Katherine Franquiz Martin su marido y su hija Mariangel. Iban en camino a Ecuador, a empezar una nueva vida. El cómo terminaron allí, en medio de un aguacero, es parte de la historia colectiva de todos los venezolanos. Sus razones para emigrar, son también las razones que argumentan su respuesta a “¿Volverías?”

“Mariangel estaba pasando para segundo grado, tenía seis años, y nosotros tomamos la decisión porque – a pesar de que a veces ganaba en dólares – era muy difícil conseguir la comida…. Una noche Mariangel tenía hambre. Tenía hambre… así chamo… simplemente tenía hambre. Y yo tenía el dinero para comprar pero no teníamos dónde comprar. Mi vecina entonces tenía una bolita de harina pan, era su cena. Ella nos la dió. Ella dejó de comer para que Mariangel comiera… Entonces decidimos irnos por tierra para poder llegar a Ecuador con mil dólares para subsistir. Decidimos venirnos aquí para poder sacar la visa y para poder estar legal. Los tres estamos legales. El viaje por tierra fue super duro. Son tres días por carretera. Nos cayó un palo de agua en la frontera entre Colombia y Venezuela y la primera parada del viaje es el Páramo de la Nevera” explica Katherine con la voz quebrada del que recuerda.

Llegaron así ya enfermos: Katherine con bronquitis y la nena, Mariangel, con el mal de páramo como añadido. Entraron a Ecuador necesitando atención médica. La recibieron de forma completa y con todos los medicamentos necesarios, de manera gratuita.

“Nos atendieron perfecto. Nos dieron antibióticos, nos hicieron placas. Y todo con el pasaporte. Uno dice WOW. ¿En Venezuela no hay medicinas, no hay nada, y aquí te dan de todo y gratis? Ese fue el primer choque cultural” explica Katherine.

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Durante su periplo inicial, Katherine se enfrentó al monstruo de la adaptación. Su hija no lograba integrarse. Llegó inclusive a bloquearse en clases. Un día, durante una reunión de padres, Katherine se percató de que había otros venezolanos. Una pareja de Barquisimeto con una hija de la misma edad que atendía al mismo colegio. Mariangel se hizo entonces amiga de Camila y comenzó a integrarse, de la mano de su paisana. Al tiempo Mariangel le dijo a su madre que no quería volver a Venezuela.

“Con piches 7 años me lo dijo. Me dijo: No quiero volver a Venezuela… entonces me dije que tocaba adaptarse. A mí. Porque yo soñaba todos los días de mi vida que estaba en mi casa – en Venezuela – y al despertar abría los ojos y me daba cuenta que estaba aquí… Yo siempre quise conocer el mundo, más no quise nunca vivir en otro país. Y prácticamente fue mi esposo el que nos sacó, fue quién dijo: vámonos, vámonos, vámonos… Yo no quería, no quería y no quería. Y aun así…

Ahora está pasando el tema de la transición política y el dice que hay que esperarse un tiempo y yo le digo: Yo me voy. Yo me voy de una. Y yo le digo que apenas ese hijo de puta sale yo me voy. Y es porque extraño mucho mi casa, mi papá, que se quedó y a mi mamá apenas ahora pude traerla – su jefa le ayudó a conseguir el pasaje – A mí no me ha ido mal. Me encontrado con angelitos, pero… Yo nunca quise vivir en otro país – a Katherine la voz se le quiebra – yo siempre quise estar en mi casa, en mi casa” me confiesa casi, como en una plegaria.

A Katherine Venezuela le duele. Siente que la abandonó. Y como madre, como mujer, como venezolana, quiere regresar a su lado lo antes posible. Su dolor, es el de muchos que desde el exilio están esperando la primera oportunidad para volver a casa. Y no es un tema de distancias. A veces aquellos que están más cerca, son los que se sienten más lejos.

En Colombia está el grueso de nuestros paisanos. La mayor oleada de inmigración la ha acogido nuestra hermana república. Y visto lo visto, visto el amor, el apoyo, el compromiso político, económico, humanitario, artístico y ahora parece que hasta militar que Colombia ha demostrado con nosotros, propondría sinceramente que siempre, siempre, siempre, habláramos de Colombia como nuestra Hermana República y de los colombianos como nuestros hermanos, pues eso es lo que nos han demostrado.

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Entre ellos está, precisamente, un hombre al que me gustaría llamar hermano de profesión y de cariño. Una persona genuinamente buena, de esas con las que a veces uno se topa por la vida, con un buen humor incorruptible. José Ramón García, alto pana y compañero de trabajo periodístico que conocí en las salas de El Nacional, emigró hacía a la Hermana República.

“Yo planifiqué emigrar. Apuradito, pero planifiqué. Pero hubo un detonante: la mejor amiga de mi esposa murió en La Guaira por falta de medicinas. Ese día dije: ¿Qué hacemos aquí? Yo tenía una propuesta de trabajo y aceleramos todo. Ya estábamos sacando mi documentación cuando pasó eso.” explica.
Es propuesta de trabajo hizo que José Ramón García y su esposa, Amelia Cadavid de García decidieran emigrar a Sincelejo, Colombia. Para José Ramón el exilio no ha sido precisamente la paz que anhelaba. La suerte, el destino, o la mano de Dios – como queramos llamarlo – le reservaban una durísima prueba: su esposa Amelia fallecería en tierra Colombiana.

“Falleció aquí, en Sincelejo. Nosotros llegamos el 6 de mayo de 2016. Ella fallece el 23 de julio de 2017.Falleció un mes después del nacimiento de la niña. Influye bastante, pero ambos nos sentíamos a gusto aquí. ¿Por qué no me voy? Es duro aventurar estando con una niña pequeña y una señora de 65 años.”

Se hace imposible no preguntarle a José Ramón de qué manera ha manejado el tema de la herencia venezolana de su hija Ana y si se ha planteado conversar con la niña sobre un posible retorno.

“Ana apenas tiene año y ocho meses. Eso va a ser un proceso. No me adelanto. Habla, pero no entiende muchas cosas. Primero será explicarle la muerte de su mamá. Y si llego a regresar, tendría que explicar porque nos vamos a un sitio que ella no conoce, con gente extraña. Hasta para mí sería complicado. De mi círculo cercano de amigos, que es de ocho o diez, en Venezuela quedan tres” explica José Ramón.

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Venezuela duele. Esta fragmentación familiar, social, personal, duele a los que se fueron y a los que se quedaron. Esto es cierto para todos los exiliados, sus amigos y sus familiares. Pero José Ramón ha tenido que lidiar con dos dolores a la vez. Dos pérdidas. Lo está haciendo con ese coraje y con ese optimismo del que he tenido el privilegio de ser testigo, cuando trabajábamos en la misma sala de redacción de Primera Hora, ese curioso experimento de El Nacional. Quizás por aquello de habernos conocido, de saber un poco de sus costumbres, de sus chistes, de su buena pluma para la narración deportiva, de su pasión por la pelota, por aquello de sentir que le conozco al menos un poco, me resulta imposible no preguntarle qué es lo que más extraña de Venezuela:

“¿Lo que más? He ahí el detalle. Uno extraña lugares físicos, en mi caso Parque del Este, CC Millenium, los perreros de las Mercedes, viajes a playas como Choroní. Pero no es eso lo que uno extraña, sino lo que viviste con quiénes fuiste y sé que no soy el único que perdió el 30 o 40% (siendo conservador) de la amigos que tenía en Venezuela al momento de emigrar. Un día un compañero de trabajo me preguntó cómo me sentiría si tuviera que volver mañana. Recordé una escena de Tom Hanks en La Terminal en la que a su personaje, Viktor Navorski, le preguntaban que si le daba miedo volver a su país en guerra y él respondió que no. Cuando le re-preguntaron ¿Por qué no? Respondió: Porque es mi hogar.”

Gracias de corazón al más de medio centenar de personas (67 para ser exactos) que compartieron conmigo vía digital sus historias desde el exilio y sus respuestas personales – válidas y valiosas todas – a la pregunta ¿Volverías?. Aunque por razones de espacio no todas las respuestas hayan sido publicadas, quiero hacer saber que he decido guardar todas: Los mensajes voz, las video llamadas, los correos electrónicos, los chats de facebook, whatsapp y snapchat. Son las voces de mi país, de mi gente. Mil gracias.

Fotografías: Luis Robayo (AFP)
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