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Por: Frank Calviño 

Nadie emigró por placer. Eso necesitamos tenerlo bien presente. Porque de esta verdad lapidaria se desprende un dolor hondo, justificado y potente. Un dolor que hace que algunos de nuestros compatriotas hayan decidido guardar la bandera tricolor e intentar rehacer sus vidas en sus naciones de acogida. Algunos no volverán jamás. Esto es una realidad.

E.J. Salazar es un joven venezolano que ha saltado de Estados Unidos de América a Chile. Salazar está claro: No regresaría.

“En Venezuela trabajé dos años en un instituto de la alcaldía de Sucre, y cada vez que tomaba el metro y me bajaba en Petare sentía que era la entrada al infierno de Dante, alguien tenía que escribir en la pérgola “pierda toda esperanza el que entre”. Yo la perdí. De ahí me fui a Estados Unidos”

Su historia es la del desencanto, más que justificado, por un país que se lo llevó el Diablo. Hay que ponerse en la piel de Salazar y sobre todo en sus retinas, y pensar qué vió, qué presenció en Petare para sentir que descendía a los infiernos.

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Salazar no es el único que habla, descarnadamente, del elefante el el cuarto: quizás el gran problema de Venezuela fue – y sigue siendo – cultural. William – prefiere no dar el apellido – escribe desde Sidney y también apunta a un problema cultural: “Yo me fuí por los venezolanos. Lamento decirlo, yo sé que soy venezolano también, tengo familia allá y todo el mundo me va a decir de toda vaina por decir esto… pero me fuí por los venezolanos. Me cansé. No se puede vivir en un país dónde te roban en todos lados: el malandro, el policía, el político, el abogado, hasta el familiar. Es la cultura del malandreo. Así no hay país que aguante” afirma.

El tema lo puntualiza eficientemente Álvaro Ruiz, amigo personal y gran emprendedor venezolano que ahora hace vida en España “Creo que la mejor forma de englobarlo es la viveza criolla. Que después de 20 años de chavismo se convirtió en putrefacción espiritual”.

En su periplo europeo, Álvaro ha logrado la estabilidad familiar y económica, se ha casado con una mujer polaca a la que ama profundamente y ha podido emprender en proyectos que según explica, en Venezuela hubiesen sido imposibles.

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“En mi caso creo que ha sido todo lo contrario a muchos, Venezuela jamás me permitió levantar cabeza como esperaba y con lo que esperaba. Mientras que afuera es cuando he logrado alcanzar mis verdaderas potencialidades y estoy levantando cabeza como siempre quise” hay un dolor claro. Un sentimiento de desengaño con Venezuela. De traición. Pero dónde hay traición, es porque hubo y hay amor. La traición tiene esa particularidad, es un sentimiento parasitario, no puede vivir sin el amor.

Confrontado ante la pregunta de si le daría la nacionalidad a sus hijos Álvaro deja entre ver ese profundo amor por su país, por nuestra Venezuela.

“He sentido mucha rabia por Venezuela por muchos años y he deseado quemar mi pasaporte, pero al final del día es mí país. Las cosas cambiarán y quiero que mis hijos tengan la posibilidad de visitar el país como nacionales y en el futuro tener las posibilidad de tomar las decisiones que les dé la gana tomar” Álvaro sabe, con claridad, que ama Venezuela.

“Lamento el no tener a mi familia cerca, a mi madre especialmente. Ya son casi 3 años sin verla” explica. Es eso lo que la inmensa mayoría de los exiliados extrañan. De más de 40 entrevistas digitales, solamente dos personas no nombraron a sus amigos o familiares cuando se les preguntó qué es lo que más extrañan de Venezuela.

Esto presenta un mensaje claro: Venezuela no es el Salto Ángel, ni las playas, no es el Ávila, ni las nieves de Mérida. Son los abrazos de nuestras madres, los besos de nuestros familiares, las risas de nuestros amigos. Venezuela no es monumentos históricos, ciudades, bienes materiales o tesoros naturales, Venezuela es nuestra gente.

Y el corazón a la distancia bien lo sabe y así lo siente: Venezuela se resume a ese instante en el que recordamos el rostro sonriente de aquellos a quien amamos.

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2 thoughts on “Un hondo dolor

  1. Entiendo cuando el chico dice que se fue por los Venezolanos. Yo también estuve decepcionada de la viveza criolla y de no poder ejercer mi carrera porque no había fuentes de trabajo. Los trabajos, además de ser mal remunerados, no estaban relacionados a mi carrera. No tenía sentido para mi seguir en esa situación.

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