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Yo también emigre, yo también soy inmigrante.

Fue en enero de 2006 cuando tomé la decisión de convertirme en emigrante, en ese entonces no tuve que ahorrar, tan solo pedí la renuncia en la empresa dónde llevaba trabajando como call center más de 3 años y con la liquidación me pude comprar el billete de avión Caracas-Madrid. 

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Por: Domariluz Contreras

Fue en enero de 2006 cuando tomé la decisión de convertirme en emigrante, en ese entonces no tuve que ahorrar, tan solo pedí la renuncia en la empresa dónde llevaba trabajando como call center más de 3 años y con la liquidación me pude comprar el billete de avión Caracas-Madrid. 

Tuve que vender un mueble de mi habitación para comprar una maleta grande y dar mi computadora como intercambio a que me garantizaran techo y comida aquí hasta que encontrara mi primer trabajo. Y llegó el día. Me monté en ese avión Boing 747 con destino a Madrid un 13 de marzo de 2006. 

Por suerte yo no tuve que emigrar huyendo de una guerra, no tuve que dejarme extorsionar para apilarme junto a más gente para cruzar ningún mar, ningún desierto. Me motivó a tomar esa decisión la experiencia de más amistades que llevaban muchos años aquí y que habían podido reconducir su estabilidad económica con la intención de volver algún día a su país de origen y ofrecer a su familia lo que estando allá no podían. 

Me motivaron las ganas de abrirme espacio ante una Venezuela que no empezaba a gustarme, a un sistema político que rechacé desde antes que se montaran en el poder, ya tenía claro que no iba a funcionar y bastó vivir bajo ese régimen y ritmo de vida durante 8 años para darme cuenta de que así no quería vivir; aún así no viví la peor parte, la que ha vivido mi familia «después de Chávez», ese tiempo de escasez e inseguridad incrementada que hace de mi tierra un sitio inhabitable y por lo cual han tenido que emigrar y abandonar sus hogares millones de venezolanos. 

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Llegué así a Huelva a casa de otros paisanos y ahí estuve desde el 14 de marzo hasta el día 24 cuando conseguí mi primer trabajo. Antes de emigrar tenía claro que viniéndome como lo hice, con pasaporte de turista sin posibilidad de trabajar legalmente, debía ser consciente de que no podría aspirar a tener cualquier trabajo relacionado con mi carrera y experiencia y que probablemente iba a ser duro. Y así lo fue.

Mi primer trabajo fue internarme a vivir con una pareja de ancianos de 84 años, en un pueblo alejado de dónde vivían mis amigos en la sierra de Huelva. Allí conocí a quienes quise como si fueran mis abuelos, Catalina y Gregorio, ella tenía Parkinson, Alzheimer y diabetes y él sólo tenía diabetes y empezaba a sufrir demencia senil. Fue duro porque en ese entonces pesaba 17 kilos menos que ahora y obviamente no estaba preparada físicamente para coger tanta fuerza y peso.

Catalina pesaba 95 kilos y era totalmente dependiente, necesitaba ayuda para todo pero yo sacaba fuerzas para cumplir con mi trabajo y para no fallarles, porque al fin y al cabo me dieron mi primer empleo con derecho a vivir con ellos, tenía mis 3 comidas diarias y un techo seguro; eran mis abuelos y por nada del mundo me permitía fallarles. 

Aprendí a cocinar los primeros platos españoles, a entender el léxico castellano y más aún el andaluz, ese rico acento que de vez en cuando parece q conservo. Tuve que adaptarme rápido a esa forma de hablar tan acelerada y que me sonaba golpeada, aquí no decían ¡Hola como estás!, si no ¿Qué pasa? 

Pedía que me repitieran muchas cosas porque simplemente no entendía, pero fui aprendiendo porque tenía la enorme voluntad de adaptarme y ser una mas y conseguir que dejaran de llamarme «la forastera». 

Villanueva de Las Cruces era ese pueblito dónde habían apenas 400 habitantes y la mayoría eran personas mayores, allí conocí la generosidad fuera de mi país, la verdadera solidaridad, gente que cuando me quedé desempleada (a los 6 meses de vivir con los abuelos porque ya no podía soportar lo violento que se había convertido Gregorio); me dieron hasta lo incalculable para que no me faltara nada, la alcaldesa me dejó vivir gratis en una casa, me daba alimentos de la Cruz Roja y Caritas, las vecinas me tocaban la puerta y me dejaban bolsas con mantas, ropa y comida, cuando salía a abrir la puerta ya no había nadie, sólo bastaba con ver las bolsas en el suelo y recogerlo mirando hacia los lados buscando dar las gracias, pero muchas de las veces no me decían quien había sido (según para que no me diera vergüenza); jamás he conocido gente tan generosa y agradezco a la vida de que fueran esas las circunstancias y no peores como por ejemplo ocurre hoy con los refugiados de Siria que si que lo están pasando peor de lo que pude pasarlo yo.

Jamás tendré vida suficiente para agradecerle a esa gente lo bien que se portaron conmigo. Allí viví 4 meses más, algunas vecinas se repartían el trabajo conmigo de limpiar algunas casas y la iglesia. Si, ellas dejaban de cobrar ese día para que yo pudiera ganar algo de dinero. 

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Conocí a Alonso y Marina, eran los dueños de una tienda de alimentación y me daban comida y productos de primera necesidad a crédito para que se los pagara cuando pudiera, fueron mis ángeles de la guarda, al igual que mis Amigos Francisco y Miguel y mi paisana Esperanza quienes se buscaban cualquier excusa para hacer una comilona en mi casa con tal de distraerme y darme un poquito de alegría. 

En ésta parte de la historia también había un «alguien a mi lado», al que decido obviar porque ‘cuando la mayoría del tiempo que has compartido junto a alguien que te hizo tanto daño, es preferible no recordar’. 

Sólo sé que di la cara muchas veces por quien no debí pero lo hice con tal de que no nos faltara que llevarnos a la boca ni donde dormir. En fin, parte de lo que hay que vivir en ésta vida para aprender y madurar. 

Así pasaron los meses, incluso llegué a trabajar en el campo recogiendo naranjas en pleno invierno, hasta ahora creo que ha sido el trabajo más duro que he hecho porque requería de una fuerza física que yo no tenía, fueron 7 días eternos, pasando frío y bajo la lluvia, cargando peso de 30 kilos sobre mi espalda hasta que por las fuertes lluvias suspendieron la recogida; ese ha sido el único trabajo en el que deseaba llorando que terminara porque ya no aguantaba más tanto dolor en mi espalda. 

Pasaron las semanas hasta que pude mudarme a otro pueblo «Valverde del camino» y conseguí no sólo un trabajo si no hasta 4 y 5 trabajos a la vez; aquí fue donde me convertí en pluriempleada, aprendí más oficios: hostelería, ayudante de cocina, camarera de barra, niñera, dependienta, agente comercial, limpiadora etc etc. Hubo temporadas en las que trabajaba 16-19 horas al día, y salía de un trabajo para meterme en otro y volver, ir y venir y así todos los fines de semana durante casi 3 años. 

Era duro pero no me quedaba de otra. Conocí a más personas que aceptaron darme trabajo aunque no tuviera papeles, me aceptaron estar ilegal en sus vidas y negocios con tal de que pudiera seguir trabajando y sobreviviendo. En unos cobraba muy por debajo de lo que realmente tocaba pero yo no podía exigir nada, era una inmigrante ilegal y si quería llevar de comer a mi casa tenía que terminar aceptándolo,  «gajes del oficio». 

En ese otro pueblo también conocí gente muy buena, la mayoría con las que trabajé, conocí a mis niñas las que ayudé a criar desde que tenían 2 añitos hasta que aprendieron a leer, con ellas pude comprobar cuan importante es rodear a tus hijos de gente que aporte buenos valores y educación. Nunca me limité a realizar mis funciones laborales, fui criada para ir más allá, si había que entregar el 100%, pues yo entrego el 150% más incluso aún cuando no lo merezcan. Así soy yo. 

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Allí quedaron buenos jefes que se portaron como padres y amigos, personas con quienes aún tengo relación y a quienes he recibido en mi casa y ellos a mí al cabo del tiempo. En mis recuerdos estarán ahí siempre, como los que me aceptaron, me enseñaron y ayudaron:Lucía, Juan y sus hijos; Isabel y José, Laurita, Conchi y los Yayos, Inma y su familia.

Me convertí en «Inmigrante Legal» en verano de 2010 tras una larga espera. Así hasta otoño de 2010 cuando por más razones laborales dejé atrás tierras andaluzas y me crucé el mapa hasta la otra punta, hasta uno de los sitios más bonitos en los que he podido vivir «Galicia»; y La Coruña me recibió durante 6 meses, un paso turbio que me gustaría no hubiera estado manchado por las circunstancias que sucedieron, ahí deposité una vez más mi confianza y amor en esa persona que no merecía más sacrificios de mi parte, pero el destino quiso que aprendiera la lección con un golpe aún más duro.

Así que aprendí; allí también se apareció otro ángel de la guarda quien me ayudó a superar una de las peores crisis emocionales a las que me he enfrentado hasta ahora, ¡Gracias Eva! Luego en primavera de 2011 salí huyendo y corriendo a Madrid y aquí tras 8 meses de la última experiencia laboral «al servicio de una familia» cuyo resultado no fue para nada agradable y casi me vuelvo loca, decidí salir a la calle a enfrentarme a otra realidad: «Buscar trabajos en los cuales no había podido experimentar todavía», intentando ejercer mi carrera pero se hacía inalcanzable. 

Por lo menos no estaba privada de mi libertad viviendo al servicio de una familia 24 horas al día. Y un día llegó la «Radio», ese momento mágico que deseaba desde hacía tanto tiempo y que acepté a cambio de nada durante 2 años y que al darme cuenta que no valía la pena seguir ejerciendo una carrera que no me daba beneficios más que placer propio, fue cuando decidí parar y aparcar mis ganas de vivir de mi profesión, a saber hasta cuando.

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Y de 5 años para acá ha cambiado poco, lo más importante, que conocí a un hombre maravilloso que a día de hoy no ha hecho más que apoyarme en cada paso que he dado y enamorarme cada segundo de lo que ahora es nuestra vida, nuestra historia. 

En 10 años y medio he podido viajar a Venezuela tan sólo una vez, y fue a los 5 años y 9 meses de estar aquí, pude estar apenas 12 días con mi familia celebrando las mejores navidades de mi vida y regresé con las pilas recargadas. 

En cada trabajo nuevo, en cada jornada laboral, en cada día largo en el que regresaba agotada a casa y con ganas de tirar la toalla, ahí aunque nos separaran 8.500 kilómetros, siempre estuvieron ellos: mi familia, sus palabras de aliento, de ánimo, de consuelo. Es duro, muy duro estar sólo o peor aún estar con alguien y sentirte más sólo, estar lejos de las personas que amas, dejar atrás tus costumbres, renunciar a ciertos derechos y adaptarte a lo desconocido, aceptar normas y reglas a las que no estabas acostumbrado, pero entendí que todo eso era parte del precio que debía pagar por haber tomado la libre decisión de EMIGRAR . 

Un precio muy caro pero que conociendo la historia de más gente que lo ha pasado peor, me hace sentir que no he sufrido nada, que mi historia es tan simple y nada relevante en comparación a quienes huyen de la guerra y de quienes han pasado hambre y siguen pasando calamidades.

Cada migrante tiene una historia, una historia que no ha sido en su mayoría buscada por placer si no obligada por circunstancias excepcionales. Hoy les cuento mi historia, yo también emigré, yo también soy inmigrante, y hoy 10 años y medio después reconozco que defiendo una migración legal, responsable y razonable; no le deseo a nadie que pase por lo que yo pasé, todo es más sencillo si eres un inmigrante legal que sin papeles, yo llegué en una época menos difícil que la de ahora donde aún seguimos golpeados por la crisis y en la que la prioridad para un Estado debe seguir siendo la estabilidad de sus propios habitantes. 

Sin embargo, no soy quien para cuestionar a quienes según sus posibilidades emigran de una forma legal o ilegal; pero si me dieran la oportunidad de elegir, lo volvería a hacer pero dentro de la legalidad eso si. Se pasa muy mal de una forma o de otra pero un «carné de identidad te abre muchas más puertas». El recorrido por caminos torcidos o no ya depende de uno mismo. 

Así que hoy tenía ganas de contar mi historia y aquí estoy. Aquí sigo buscando un horizonte mejor para mi y para los míos; lo que tengo claro es que no dejaré de luchar, eso sí, sin llevarme por el medio a nadie. 

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