Por: Cecily Betancourt

Cuando el periodismo se convierte en un riesgo, cuando informar verdades se penaliza con cárcel, desaparición o muerte, el miedo deja de ser un concepto abstracto y se transforma en una realidad que decide cada palabra que se escribe o se pronuncia.

Hoy, desde el exilio, puedo decirlo con convicción: el miedo no se ve, pero decide qué puedes decir. Si estás leyendo esto desde Venezuela, probablemente entiendas de que te hablo sin necesidad de explicación.

La persecución no es una teoría, es una experiencia

Mientras el mundo habla de la libertad de expresión como un derecho universal, para muchos venezolanos ejercer el periodismo (o incluso publicar una opinión en redes sociales) puede costar años de prisión, ser torturado o algo peor.

Recientemente, el estudiante de Comunicación Social Juan Francisco Alvarado fue condenado en primera instancia a 15 años de prisión por denunciar, a través de redes sociales, desbordamientos de aguas negras en su comunidad. El caso fue calificado arbitrariamente como “incitación al odio”, convirtiéndose en un mensaje de intimidación que evidenció cómo incluso los problemas comunitarios pueden ser criminalizados.

Tras casi un año de detención injusta, una Corte de Apelaciones anuló la sentencia y Juan Francisco fue excarcelado. Sin embargo, su proceso penal sigue abierto: debe presentarse periódicamente ante tribunales, tiene prohibición de declarar públicamente y no puede salir del país.

Su libertad, por tanto, no es plena. El mensaje permanece intacto: aunque una condena pueda revertirse, el miedo, la vigilancia y la autocensura continúan siendo parte del castigo.

Presos por informar, desapariciones forzadas y exilio

Organizaciones de periodistas venezolanos en el extranjero han exigido la liberación inmediata de comunicadores injustamente detenidos, denunciando que aún permanecen más de veinte periodistas privados de libertad. A esto se suma la exigencia de poner fin a la persecución, la censura y el hostigamiento contra los medios de comunicación.

Paralelamente, familiares de presos políticos han denunciado que alrededor de 200 personas se encuentran en condición de desaparición forzada, sin información oficial sobre su paradero o estado de salud. Estas desapariciones incluyen civiles detenidos sin orden judicial y sin fe de vida confirmada.

Estos hechos revelan una grave crisis de derechos humanos que no afecta únicamente a periodistas, sino a toda persona que se atreva a cuestionar, informar o simplemente alzar la voz.

Un problema global, una práctica sistemática

La situación venezolana se inscribe en una tendencia global alarmante. Según cifras recientes del Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ), más de 300 periodistas se encuentran encarcelados en el mundo por ejercer su labor informativa. El encarcelamiento, muchas veces en condiciones que ponen en riesgo la vida, se ha convertido en una herramienta para silenciar la información y la disidencia.

Este contexto refuerza la urgencia de proteger el periodismo independiente y visibilizar el peligro que enfrentan quienes informan más allá de las versiones oficiales.

El exilio como consecuencia de informar

Dejar Venezuela no fue una decisión profesional ni académica, sino una decisión de supervivencia. Haber trabajado como presentadora, periodista y figura pública no fue una protección, sino una exposición mayor. Mi única “culpa” fue negarme a callar frente a las injusticias y protestar en contra del régimen chavista/madurista.

Como muchos otros, entendí que el sistema no busca solo censurar palabras, sino anular voces completas. Por eso hoy tantos periodistas están en el exilio, otros en cárceles y muchos más atrapados en la autocensura como mecanismo de protección.

¿Puede existir prensa si existe temor a informar?

Afirmar que en Venezuela hay libre ejercicio periodístico mientras el Estado criminaliza a quienes informan sobre problemas cotidianos es una contradicción dolorosa. El miedo decide qué se dice, cómo se dice y si siquiera puede decirse.

Para quienes siguen dentro del país, este miedo no es una metáfora: es una sombra constante que limita opiniones, frena investigaciones y silencia voces.

El periodismo no es un crimen, y quienes ejercemos el periodismo desde el exilio tenemos hoy una responsabilidad irrenunciable: ser la voz de quienes están obligados a callar para sobrevivir. Porque en contextos de represión, romper el silencio no solo informa: puede salvar vidas.

Cecily Betancourt es periodista venezolana en el exilio.

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