… el último “Dios te bendiga”
Hay despedidas que uno recuerda por un abrazo.
Otras por las lágrimas que nadie quiso mostrar.
Sin embargo, muchos venezolanos que emigramos recordamos algo más sencillo y profundo.
La última bendición.
Ese momento en el que, antes de salir de la casa, uno se acerca y dice simplemente:
“Bendición.”
Y del otro lado, casi como un reflejo lleno de amor, miedo y esperanza, llega la respuesta:
“Dios te bendiga.”
A veces lo dice una madre.
A veces una abuela.
A veces un padre que intenta mantenerse fuerte.
Y uno responde casi automáticamente:
“Amén.”
Pero en ese instante nadie imagina cuánto peso llevan esas dos palabras.
Porque no era una bendición cualquiera.
Era una bendición para un camino incierto.
Para un viaje que no sabíamos cuánto duraría.
Para una despedida que nadie se atrevía a llamar definitiva.
Muchos venezolanos no salieron por un aeropuerto.
Salieron por una terminal de autobuses.
Por una frontera.
Por una carretera en la madrugada.
Pero casi todos se llevaron algo parecido en el corazón.
La última bendición.
El último “Dios te bendiga”.
Después de esa bendición, casi siempre ocurre algo parecido.
La casa se queda en silencio por unos segundos.
La maleta ya está lista.
Los papeles están guardados.
Alguien pregunta si llevaste el pasaporte, aunque todos saben que lo revisaste mil veces.
Y entonces llega ese momento extraño en el que nadie sabe exactamente qué decir.
La madre intenta sonreír, pero los ojos ya la traicionan.
El padre dice algo práctico, como si quisiera mantener el control de la situación:
“Cuando llegues me llamas.”
Una abuela repite lo mismo que ya dijo antes, como si las palabras pudieran proteger el camino:
“Dios te bendiga, mi hijo.”
Y uno intenta mostrarse fuerte.
Dice que todo va a salir bien.
Que pronto volverá.
Que esto es solo por un tiempo.
Pero en el fondo todos saben que algo está cambiando.
Porque emigrar no es solo viajar.
Es dejar atrás una vida entera.
Es dejar la casa donde crecimos.
Las calles que conocemos de memoria.
Los domingos familiares.
Las navidades con la mesa llena.
Y, sobre todo, es dejar a las personas que han sido el centro de nuestra historia.
Por eso esa bendición pesa tanto.
Porque no es solo una frase.
Es una forma de decir:
“Que Dios te cuide donde yo ya no puedo.”
Con el tiempo uno aprende muchas cosas lejos de casa.
Aprende a vivir en otro idioma.
Aprende nuevas calles, nuevas costumbres, nuevas formas de empezar de nuevo.
Aprende a trabajar más duro de lo que imaginaba.
Aprende a extrañar cosas que antes parecían pequeñas: el ruido de la familia, el olor de la comida de la casa, las conversaciones sin prisa.
Y también aprende algo que no esperaba.
Que aquella bendición sigue viajando con uno.
A veces aparece en los momentos difíciles.
En esos días en los que el cansancio pesa más que la esperanza.
A veces aparece cuando la nostalgia aprieta.
Cuando uno ve una foto vieja, escucha una canción o habla con la familia por videollamada.
Y entonces uno recuerda aquella escena sencilla en la puerta de la casa.
La maleta lista.
La despedida contenida.
La voz de una madre, de un padre o de una abuela diciendo algo que parecía tan simple.
“Dios te bendiga.”
Tal vez por eso muchos migrantes seguimos caminando con una mezcla extraña de nostalgia y fuerza.
Porque sabemos que salimos de nuestro país con algo más que una maleta.
Salimos con una bendición.
Y a veces, en medio de un país extraño, uno entiende que esa bendición sigue siendo una forma de hogar.
Quizás por eso, aunque estemos lejos, muchos seguimos caminando con la misma bendición que nos dieron al salir de casa.
Por: Julio Antonio Viera Ibarra




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