A la política española de izquierdas (tan a menudo marcada por el espectáculo y la demagogia ornamental) se le suma ahora el mal gusto de las soflamas iracundas. No sorprende: el histrionismo ha saltado del Parlamento al plató de la mano de cierta prensa, dejando por el camino la prudencia y la objetividad.

Que un periodista se refiera a la comunidad venezolana residente en España como “gusanera fascista” y “caterva de parásitos” supone cruzar una línea roja absolutamente inaceptable. No es solo un exceso verbal: es una forma de estigmatización que degrada la convivencia democrática y legitima, por la vía del insulto, un señalamiento colectivo.

El problema no se agota en el tono. Ese tipo de etiquetas revela un reduccionismo intelectual cada vez más frecuente al abordar la realidad venezolana: se ignora su complejidad, se invocan marcos teóricos de manual y, cuando estos no alcanzan para explicar nada, se recurre a la descalificación. En su afán por aparentar solvencia, algunos calcan categorías ajenas para proyectar hipótesis improvisadas sobre una sociedad que no conocen.

¿Qué sería del periodismo si normalizáramos esos el insulto como instrumento cotidiano?

El autor, tertuliano habitual de La Sexta sugiere además, que la comunidad venezolana en España sería el origen de la polarización que vive este país. Con ello, traslada responsabilidades y elude un debate más incómodo: la contribución de determinados actores al chavismo desde hace años, y su impacto en la normalización de esa misma polarización a la que alude como método político. Resulta especialmente grave invertir las tornas: cargar sobre quienes huyeron de una tragedia la culpa de procesos que otros ayudaron a diseñar, justificar o blanquear.

Conviene recordar que la crispación y la polarización de la sociedad no aparecieron por generación espontánea. Han sido fomentadas y utilizadas como herramientas de poder y que, durante demasiado tiempo fueron muchos quienes miraron hacia otro lado ante el deterioro institucional venezolano cosechando afinidades, beneficios o protagonismo. Esa complacencia (explícita o tácita) facilitó la consolidación de una estructura de control chavista que terminó por arrasar la soberanía real, empobrecer al país y convertir a Venezuela en pieza útil dentro de disputas geopolíticas ajenas.

Ahora, cuando el monstruo que tantos alimentaron crece y amenaza con desbordar las fronteras venezolanas, algunos se estremecen. Pero hasta en estas circunstancias, persiste el impulso de algunos de esos mismos actores en dictar sentencias desde una pretendida superioridad moral, como si la indignación de quienes han perdido sus derechos y su futuro fuera un simple capricho.

Basta una reflexión simple para entender lo que la ceguera ideológica impide ver: a una persona común le resulta inútil invocar el derecho internacional cuando sus derechos fundamentales han sido vulnerados durante décadas y a la vista de todos, sin que ninguno hiciera lo necesario para impedirlo. A una persona común no le sirven las grandes lecciones acerca de soberanía cuando sabe (por experiencia) que ésta hace tiempo fue secuestrada. Tampoco le consuela hablar acerca del destino del petróleo convertido en una entelequia de la que jamás ha visto beneficio alguno. No le convence la palabrería, la fanfarronería, la preocupación interesada y hasta la altanería de quienes durante 26 años demostraron indiferencia y oportunismo porque sin libertad no hay derecho, soberanía ni recursos que valgan.

Tal vez sería conveniente y deseable que periodistas como Antonio Maestre, siguiendo la voluntad expresada por muchos en torno a la buena convencia, en lugar de torpedear la lucha democrática y recrearse en la caricatura, contribuyeran a un clima cívico mínimamente decente: condenando la deshumanización, reconociendo responsabilidades históricas y evitando el cruel y lesivo señalamiento de un colectivo migrante que clama por la justicia. Corrigiendo la tergiversación, admitiendo la inacción o la complicidad de quienes corresponda, y elevando el debate, se fortalecerá esa convivencia democrática por la que se dice preocupado.

Ojalá no haga falta vivir una desgracia en carne propia para moderar la lengua y afinar el entendimiento. El monstruo sigue ahí: respirando, crecido, impredecible, y si algo debiésemos proteger por encima del ruido es a la buena gente.

Autores: Lilian Rosales / Alfonzo Iannucci

Artículo original: Cuando el monstruo acecha: respuesta a “La gusanera fascista venezolana en España” – Habla Hispania

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