¿Es mejor emigrar solo o en compañía?

Por: José Miguel

Yo salí de Venezuela hace 3 años. Mientras estaba por allá en 2013 y 2014 -que ya sabía que tenía que salir porque sí- siempre fui cerrado: no me quise enamorar, no me quise encariñar más con amigos y dije:

“Si voy a emigrar, lo haré solo para que nadie me estorbe”.

Y así hice.

Lo mismo hice con mi familia: ante la pregunta de mis hermanos de si me iba o no, hacia dónde y cuándo, yo no solía responder. Yo entre mí decía: “sálvese quien pueda”.

Ese pensamiento era totalmente sin maldad, más bien era con dolor: dolor de tener que irme sin querer hacerlo.

Yo desde muy joven soy un grandísimo ermitaño: me llevo bien con la soledad aunque esta a veces me haga odiarme un poco.

Pero si mal no recuerdo, por allá en 2014-2015 antes de salir del país, hablé sobre cómo la izquierda destruía la identidad y a la familia.

Hoy día sigo siendo un ermitaño, así que supongo que he dejado que la izquierda “me gane” en ese sentido, porque ellos -para poder controlar a los individuos- nos dejan sin identidad y destruyen la institución de la familia.

El famoso “divide y vencerás” latente diariamente.

Lo cierto es que -desde que estoy solo aquí en Miami- trato de ver patrones en común de los inmigrantes, y escucho los cuentos de mi papá @lperezv por teléfono sobre cómo él veía a italianos y portugueses llegar a Venezuela en busca de refugio.

Tengo mi propia teoría de esto…

Yo llegué a Miami y lo que menos hice fue: tratar de buscar refugio en la comunidad más venezolana: El Doral, mejor conocida como Doralzuela.

No, yo -en cambio- me quedé en Este, donde la comunidad es -más bien- variada.

Yo venía con una -bien manipulada- idea en mi cabeza de que “Venezolano = Malo”. Ni me juzgo a mi ni juzgo a los que piensan hoy día así; pues la izquierda hizo su trabajo a la perfección: DIVIDIRNOS.

El socialismo corrompió cualquier “buen pensamiento” sobre el ser venezolano.

El comunismo -mis panas- busca con mucho ahínco el quebrar la identidad de las comunidades y desintegrar la familia. ¿Por qué? Es la lucha de dos principios:

“En la unión está la fuerza” vs “Divide y vencerás”.

El socialismo necesita el segundo para imponerse.

El principio de “en la unión está la fuerza” puede sonar “colectivista”, pero en realidad nada tiene que ver con esa perversión comunista.

“En la unión está la fuerza” es el principio que mueve a las familias, lo que las hace fuertes. Las familias más unidas llegan más lejos.

La razón por la cual el socialismo trata de desintegrar cualquier tipo de unión, es porque -aislados- los seres humanos nos sentimos indefensos; incapaces de luchar con cualquier cosa que parezca más grande que nosotros.

Así funciona el “divide y vencerás” de la izquierda.

¿Quieren un ejemplo?

En la comodidad de su privacidad, pregúntese a sí mismo, ahí, solo, si usted se cree capaz de pelear contra el monstruo que controla a Venezuela. Su respuesta será: No.

Ahora vaya y conspire en pandilla, para que vea que creerá posible el que ustedes ganen.

Yo he ido explorando Miami poco a poco. Ya son 3 años, pues.

Miami -como todas las ciudades del mundo” está formada por comunidades: la cubana, la argentina, la rusa, la judía, la brasileña, la venezolana, la colombiana, la mexicana, la de negros, y pare usted de contar.

Cuando una persona emigra y llega a un lugar que no conoce en busca de la comunidad a la que se siente que pertenece, NO LO HACE POR FLOJO la mayoría de las veces: lo hace porque es lo natural; porque “venezolano” es igual a “familia”, o “colombiano”, o “cubano”.

Funciona igual.

Yo -por ejemplo- vivo en un área de Miami donde prevalece la comunidad argentina. Pues bien, los argentinos llegan aquí, consiguen trabajo más rápido y aprenden a entender el sistema desde su propia comunidad.

¡ES LO SABIO. ES EL MEJOR TRAMPOLÍN!

Los venezolanos que llegan al Doral buscan lo mismo. Los Rusos que llegan a Sunny Isles también. Los judíos que llegan a Surfside y Bal Harbor, también. Los cubanos que llegan a Little Havanna y Kendal, también.

¡ES NATURAL, ES INTELIGENTE!

Emigrar es una decisión que se toma más fácil en familia y que se vive de forma más llevadera en comunidad. Al ermitaño le cuesta más -en la mayoría de los casos- y lo digo con propiedad porque yo soy ermitaño.

Además, hay otra variable del permanecer en familia. Voy…

Cuando permaneces en familia, unidos -o entre amigos- significa que GANASTE UNA DE LAS BATALLAS CONTRA LA IZQUIERDA: no te dividieron, y si no lo hicieron, están más lejos de ganar la guerra.

Recuerden: la izquierda divide, para vencer. Si no te dejas, vas ganando.

Yo desde aquí, desde mi soledad bien personal, he visto cómo la gente que conozco que ha salido de Venezuela -y que lo han hecho unidos- han sido los que más rápido han sacado del país a sus seres queridos.

Repito: “en la unión está la fuerza”, y la familia es unión y fuerza.

Quienes hemos salido solos -en mayoría- pasamos más días de la semana preguntándonos si volveremos a ver a nuestros amigos, a nuestros padres, a nuestros hermanos.

El ermitaño se empieza a acostumbrar a eso, y no lo sabe, pero es señal de que la izquierda le va ganando.

Así que -mis panas- para no hacer este cuento largo:

La próxima vez que ustedes critiquen -o sean criticados- por buscar refugio dentro de su propia comunidad, señalados como “fracasados” o “flojos”, recuerden: Si lo hacen bien, ustedes estarán ganando la batalla a la izquierda.

Y no con esto digo que los ermitaños seamos unos perdedores, o que quienes viven en comunidad -y buscan su regocijo- sean más sabios y les vaya a ir mejor; pero presten atención a los patrones sociales, porque de seguro les son de más ayuda de la que se imaginan.

Entonces, ¿Se debe emigrar en equipo o por cuenta propia?

Hágalo como quiera, pero no menosprecie el poder de la unión y de las comunidades. Pueden ser el trampolín que necesitas para pasar de “nada” a “mucho” en un tiempo razonable.

Fuente: Hilo de Twitter.

Síguenos en nuestras redes sociales:

Youtube: https://www.youtube.com/c/DiásporaVenezolana

Instagram: https://www.instagram.com/diasporavenezolana

Twitter: https://twitter.com/diaspvenezolana

Facebook: https://www.facebook.com/DiaspVenezolana

Cuando te veo hermano venezolano.

Por: Verónica Olivieri 

Te veo a los ojos y te descubro. Te identifico. Te siento parte de mi aunque te desconozco. No sé tu nombre ni tu el mío y aún así, de la mirada fija en tus pupilas, rescato un poco de mi dentro de ti. Hay pedazos de mi vida en tu vida, de mis raíz en tu raíz.

No decimos nada. Pero nos reconocemos enseguida. No nos hablamos pero se refleja una leve sonrisa en nuestros rostros porque tú también has descubierto lo mismo en mí. En mis ojos. En mi ser. En la esencia que ambos vamos brotando por la piel y que nos grita desde adentro que tu y yo somos lo mismo. Que somos uno.

Te encuentro en el vagón del metro. En la estación del tren. En las escaleras de algún lugar, en la mesa de un restaurant, en algún pasaje de aquella inmensa ciudad de lobos donde el objetivo siempre es cazar.

Este lugar donde debes competir por rugir para que hacerte respetar. Te veo mirar hacia los lados como desprotegido, como indefenso. Como lo que realmente estás. Es allí donde mi alma te regala una sonrisa para hacerte sentir que no estás sólo en esta inmesidad. Que ya he pasado por lo mismo, que hay más como tu que hemos venido a pelear y que veo en tus ojos esas ansias de luchar. El hambre por el bienestar; el tuyo y el de tu familia que se quedó en tu hogar. Y cuando te veo así, desorientado, cuando no sabes para donde ir, yo comienzo a rugir para que tu levantes tu frente y sepas clavarte al suelo y pararte firme donde estás. Saca tu pecho, es momento de afrontar la realidad.

Vamos, campeón, somos miles en esta batalla. Yo también me he sentido igual. Hay veces donde solo provoca claudicar pero no es tiempo para descansar. Nos tocó guerrear. Tu mirada me dice que eres mi hermano y hay un poco de mi en ese andar. Venimos los dos de aquella tierra donde nos criaron para pelear. Cuenta conmigo y no estés sólo; mientras seas Venezolano, en mi vida tienes un lugar.

@VerónikOlivieri

Síguenos en nuestras redes sociales:

Youtube: https://www.youtube.com/c/DiásporaVenezolana

Instagram: https://www.instagram.com/diasporavenezolana

Twitter: https://twitter.com/diaspvenezolana

Facebook: https://www.facebook.com/DiaspVenezolana

Visite Venezuela, tres años y dos meses después de emigrar y esto fue lo que viví.

Por: Gustavo Contreras

Después de tres años y dos meses sin ir a Venezuela, fui a pasar mis 15 días de vacaciones con mi familia en San Cristóbal y en los siguientes tweets les voy a contar algunas cosas que vi:

  • Las personas pagan a contrabandistas de medicamentos por cosas básicas que no se consiguen.
  • Alguien con cáncer que necesite radioterapias debe irse de San Cristóbal porque la única máquina que aún funcionaba no sirve desde hace seis meses. Los destinos más cercanos para el tratamiento son Maracaibo (público) y Araure (privado).
  • En Corposalud trabajan de lunes a jueves porque no es rentable para los empleados de esta institución pública asistir a su trabajo los cinco días hábiles, ya que el pasaje de transporte público supera el sueldo.
  • Conseguir pollo en San Cristóbal es casi imposible. Su consumo es un verdadero lujo.
  • Los colegios se están quedando sin profesores, quienes forman parte del éxodo, y, en el mejor de los casos, tienen que recurrir a padres profesionales para impartir materias como matemática, literatura, biología, etc.
  • Después de las 7 de la noche no se ven personas caminando en la calle. O te mueves en carro o pides un taxi (si consigues).
  • El límite máximo de dinero (10mil Bs) que se puede sacar de un cajero automático no alcanza ni para comprar una Maltín Polar de 350 ml.
  • Como los billetes del “nuevo cono monetario” son una joya, hay personas que te ofrecen el doble de su valor por transferencia bancaria. Nadie usa efectivo porque nadie tiene. Todo se hace de forma electrónica.
  • Los negocios del Sambil San Cristóbal empiezan a cerrar a las 6 de la tarde para que sus empleados puedan agarrar las últimas unidades de transporte público hacia sus casas. Los negocios que sobreviven, muchos cerraron.
  • En el Puente Internacional Simón Bolívar hay una cola interminable y diaria de personas saliendo hacia Colombia (destino final o punto de partida hacia otros países). Nadie entra a Venezuela.
  • La Cruz Roja colombiana ofrece 72 horas de alojamiento, primeros auxilios, dos llamadas telefónicas por persona y acceso a internet a los migrantes venezolanos.
  • Hay personas que, una vez que llegan al puente fronterizo y escuchan los precios (en USD) de los pasajes por tierra hasta los distintos países sudamericanos, deliberan con sus acompañantes y deciden su destino.
  • Nada de esto me lo contaron, ni lo Vi en CNN, ni me lo pasaron las tías desocupadas por Whatsapp, ni lo leí en el Facebook de

Fuente: Hilo de Twitter.

Síguenos en nuestras redes sociales:

Youtube: https://www.youtube.com/c/DiásporaVenezolana

Instagram: https://www.instagram.com/diasporavenezolana

Twitter: https://twitter.com/diaspvenezolana

Facebook: https://www.facebook.com/DiaspVenezolana

Gustos y disgustos de un exilio

Por: Davy Noguera

Me gusta levantarme temprano y salir a correr por el bosque bajo la lluvia, sentir cómo la ropa se moja y se vuelve pesada mientras me muevo, y regresar a casa caminando casi sin aliento.

Me gusta escuchar mi propia respiración y los crujidos de mis huesos cuando me estiro. Y ver a la gente que usa paraguas y viste gabardinas batallar contra el viento para no mojarse.

Me gusta el olor a tierra removida que impregna la casa luego de que ha dejado de llover y tomar algún té caliente con mi esposa sentados en la terraza y hablarle de mis planes para algún libro que he querido escribir siempre pero que nunca escribo.Y reconocer en sus ojos la ternura que se le obsequia a los niños que sueñan con ser astronautas.

Me gusta la voz de nuestro hijo que nos interrumpe para proponer algún juego de fantasía con la frase tú eres galleta y yo soy chocolate. Y alzarlo entre mis brazos y decirle que el chocolate me gusta mucho y jugar a que me lo como mientras él ríe a carcajadas y pregunta en un castellano moteado de palabras alemanas si sabe rico.

Me gusta saber que no estoy solo a pesar mi exilio. Que puedo cerrar los ojos y sentir el Mar Caribe mojándome los pies y el sonido de las palmeras cargadas de cocos e imaginar las caras de mis viejos amigos sonriéndome desde lejos.

Me gusta el recuerdo escondido en el maíz empapado de mantequilla derretida y la carne asada cuyo sabor es el mismo en todas partes, aunque en verdad no lo sea. Y el caluroso abrazo con que me saluda el griego con el que trabajo. La complicidad de su voz cuando me dice que nosotros, los del sur, somos iguales, que es lo mismo que decir te entiendo.

Me gusta mirarme en el espejo, seguir las lineas de mi cara, mis cejas negras y mis ojos oscuros, tocarme el cabello y sonreír pensando parezco una concha de coco o una estopa, y estar contento de ser un mestizo.

No me gustan los largos discursos sobre el futuro, ni la gente que planifica la cena cuando aún no ha terminado de comer el almuerzo. Ni las colas en los mercados o las cajeras que nunca dan los buenos días, o saber que en alguna parte hay personas que prefieren los perros a los niños.

Detesto el olor intenso de los desinfectantes y nunca saber si mi madre me miente cuando hablamos por teléfono. Odio el sabor a cenizas que me queda en la boca después escuchar las noticias en la radio y la imagen de mi país como un terreno al que le pasa por encima una aplanadora.

No me gusta el agua fría de la nevera ni las salsas de espinaca ni tocar el hierro congelado con las manos. Detesto la gente que va al baño y deja la puerta abierta y la autopista que construyeron cerca de donde vivo, justo en el paisaje que se pintaba en mi balcón. No me gustan los días cortos y las noches largas en los que uno entra al trabajo cuando está oscuro y sale cuando ya ha anochecido, ni la pesadez del aire en las aulas cuando se acaba el oxígeno y nadie quiere abrir las ventanas, ni contestar el teléfono o llevar a mi hijo solo al médico por miedo a no comprender una palabra y tirar mi felicidad estúpidamente al caño.

Sobre todo odio las horas en que ando melancólico o desarraigado y olvido que aquí he encontrado un hogar y una familia, y solo pienso en el país de mi infancia como un recuerdo condenado para siempre al olvido.

@DavyNoguera

Síguenos en nuestras redes sociales:

Youtube: https://www.youtube.com/c/DiásporaVenezolana

Instagram: https://www.instagram.com/diasporavenezolana

Twitter: https://twitter.com/diaspvenezolana

Facebook: https://www.facebook.com/DiaspVenezolana

 

¿Qué debes tener en cuenta antes de emigrar a Chile?

Por: Gabriela Turzi

Está de moda emigrar a Chile por la supuesta facilidad que ofrece en términos de visado y gracias a la cantidad de venezolanos que dicen estar dispuestos a tenderle la mano a los paisanos.

Muchos estamos preocupados, y no por motivos superficiales tipo «no me gustan los compatriotas pobres». Nos angustia ver la cantidad de personas que está dando un salto al vacío en un lugar que cada día se hace más complejo.

Abundan las historias de personas que llegan por tierra con 100 dólares en el bolsillo, sin tener cómo pagar un techo y a quienes sus contactos en el país, coloquialmente hablando, les sacan el culo.

Solo tengo que caminar al metro (que está a pocas cuadras de mi casa) para encontrar jóvenes, adultos y ancianos vendiendo dulces, chicha, empanadas, quesos, entre otros, en las calles.

Se me arruga el corazón, porque como me decía una amiga, «no es la abuela de uno, pero uno termina sintiendo que lo es».

En honor a la verdad y tratando de que quienes me leen no sean víctimas del consejo irresponsable de «maric@, lánzate, que aquí resolvemos», les voy a compartir una lista de elementos que hay que tener en cuenta, antes de mudarse a Chile:

  1. La habitación más barata no va a bajar de 200 dólares mensuales (y es una cifra muy optimista), además, hay que tener en cuenta que casi todos piden adicionalmente un mes de depósito. O sea, de entrada debes tener 400 dólares para pagar el techo de un mes.

  2. Ir en metro o bus ida y vuelta, o sea solo 2 viajes, cuesta aproximadamente 3 dólares diarios. Finalmente, 30 viajes al mes son 90 dólares.

  3. En Santiago el invierno es crudo. Aunque las temperaturas no suelen bajar de los – 2 grados, es un frío intenso que hace doler los huesos. En ese sentido, un abrigo cuesta mínimo 20 dolares (en las tiendas de ropa de segunda mano).

Por favor, busquen la historia del haitiano que murió de frío.

  1. La educación no es gratis, así que si tienes hijos, toma ese gasto en cuenta.

  2. La jornada es de 9 horas y legalmente solo están obligados a darte un día libre a la semana. Es decir, ¿quién va a cuidar a los niños?

  3. Los papeles pueden tardar hasta un año en salir y mientras estés ilegal las probabilidades de caer en manos de un explotador sin escrúpulos son bastante altas.

  4. Muchas empresas cumplen con una cuota de extranjeros y debido al alto porcentaje de migración, una cantidad importante ya la tiene cubierta.

  5. El salario mínimo ronda los 450 dólares, pero como comenté antes, al menos 300 se van en techo y transporte.

Sé que Venezuela se transformó en un lugar donde sobrevivir cada día es más difícil para los que menos tienen. Porque seamos honestos (y lo veo en mi Instagram), los ricos siguen siendo ricos y gozan de una comodidad que incluso los disuade de emigrar.

Sin embargo, estar afuera sin apoyo y sin recursos también puede ser una misión suicida.

Piensen bien, analicen con mucho cuidado, reflexionen si quien les ofrece hospedaje es confiable, estudien las posibilidades y las leyes antes de tomar una decisión.

Y la cereza del helado y a lo Game of Thrones, winter is coming, y como decía el famoso graffiti caraqueño, viene arrecho.

Síguenos en nuestras redes sociales:

Youtube: https://www.youtube.com/c/DiásporaVenezolana

Instagram: https://www.instagram.com/diasporavenezolana

Twitter: https://twitter.com/diaspvenezolana

Facebook: https://www.facebook.com/DiaspVenezolana

Por ellos, cualquier sacrificio vale la pena.

Por: Alfonzo Iannucci

Siularic y César llegaron a Orlando, Florida junto a sus dos pequeños hijos, a finales de septiembre del año 2015. Dejaron atrás su familia, sus trabajos y sus sueños después de que César fuese víctima de acosos y amenazas en su antigua ocupación.

Previamente evaluaron otras opciones donde establecerse. Visitaron Argentina, Suiza y España, pero al final la opción de Orlando fue la que más le convenció a los cuatro.

Tuvieron la suerte de conseguir una persona que les alquilará un apartamento estando aún en Venezuela y desde que llegaron tenían que moverse rápido para conseguir al menos un empleo, que les permitiera “pagar la renta”.

César fue el primero en conseguir empleo. Una compañía que repara y fabrica techos para casas, lo contrató como ayudante. Un trabajo arduo que le ocupaba en ocasiones más de 12 horas diarias y que lo desgastaba física y emocionalmente.

Siularic por su parte, compaginaba sus labores del hogar haciendo ponquecitos y tortas que luego ofrecía en construcciones que estuvieran en obras, para así aportar algo de dinero y completar los gastos que eran aún mayores que sus ingresos, mientras esperaba su permiso de trabajo.

En los largos recorridos caminando que le tocaba hacer junto a sus hijos por no tener carro, solía pensar si habían tomado la decisión correcta. Sus hijos solían llorar porque extrañaban su casa en Venezuela y su hija mayor le recriminaba haberse venido a un lugar donde ella sentía que no le entendían. En ocasiones, la situación le sobrepasaba.

Consiguió empleo en un hotel, donde era la encargada de hacer la limpieza y se esforzó al máximo a pesar de nunca haber trabajado en algo parecido. Lamentablemente, la persona que le contrató no le pago, así que perdió un mes valioso trabajando de gratis a una de esas personas inescrupulosas que se aprovechan de la vulnerabilidad de los emigrantes.

A pesar de todo, nunca perdió la fe. Sabía que sería cuestión de tiempo que una buena oportunidad apareciera y esta finalmente llegó.

Consiguió trabajo como mesera y en poco tiempo era de las mejores. Logró ahorrar dinero y de esta manera, no solo contribuía en la economía del hogar, si no que además pudo ahorrar para estudiar y presentar los exámenes que le permitieran sacar la licencia equivalente a su titulo de Maestra de Preescolar, que es su verdadera vocación y lo que hacía cuando vivía en Venezuela.

Al poco tiempo logró presentar y aprobó a la primera, a pesar de lo difícil que le resultaba – y aún hoy le resulta- el inglés. Esta aprobación le abrió las puertas de sistema educativo norteamericano y en poco tiempo ya estaba dando clases.

IMG_7444

César por su parte fue aprendiendo cada día más y logró hacer su propia empresa de remodelación y pintura. Es decir, trabaja por su cuenta. Algunos meses le va muy bien y los otros puede que no tanto, por lo cual es necesario administrarse con bastante prudencia.

 

Sus hijos, están ahora más adaptados aunque siguen extrañando su casa en Venezuela, sus amigos y su familia, a la que solían visitar todos los domingos sin falta. Ya no preguntan tan seguido cuando volverán a Venezuela. Algo que en el fondo Siularic y César agradecen, porque es algo que ellos tampoco lo saben.

Ambos sienten a Venezuela como su verdadero hogar, se fueron con una tristeza profunda y no pierden la esperanza de volver algún día si las circunstancias cambiarán, pero es algo que en su opinión iría más allá de un simple cambio de gobierno sino también de políticas que disminuyan ese terrible flagelo que es la inseguridad, ya que, recorrer las calles como lo hacen hoy en día acompañados de sus hijos y sin preocupaciones es algo que  sencillamente no tiene precio.

En este país tienen la certeza que sus hijos tienen un futuro. Las oportunidades aunque cuesten, existen para todos. Saben que a pesar de las adversidades el sistema permite surgir y esa diferencia sustancial, hace que por ellos, cualquier sacrificio valga la pena.

2018-03-11-PHOTO-00000022

Síguenos en nuestras redes sociales:

Youtube: https://www.youtube.com/c/DiásporaVenezolana

Instagram: https://www.instagram.com/diasporavenezolana

Twitter: https://twitter.com/diaspvenezolana

Facebook: https://www.facebook.com/DiaspVenezolana

México, el país de exuberante cultura y gente hermosa era nuestro destino.

Por: Orianna García

El vuelo salió desde Caracas el martes 27 de febrero. Hicimos una escala en Bogotá de un día y medio, por lo que saldríamos al DF durante la noche del miércoles 28 de febrero.

Lo que ocurrió después, fue una de las experiencias más amargas que he experimentado jamás.

Bogotá – Colombia

28 de Febrero 2018

8:00pm

Estaba intentando conectarme al WiFi del aeropuerto El Dorado. Necesitaba avisarle a mi familia que en poco tiempo abordaríamos el avión y que la próxima comunicación que tendríamos sería durante la madrugada, cuando ya estuviéramos en Ciudad de México. Por alguna razón ellos andaban con los nervios de punta. Sobre todo mi mamá (las madres siempre se huelen las cosas) Así que debía reportarme cada vez que tuviera oportunidad.

9:00pm

Escuchaba con atención las instrucciones de las aeromozas cuando una inquietud angustiosa me abrazó.

Mi vida ¿puedes orar por favor? – le pedí a mi esposo – la verdad me siento preocupada.

Tranquila – me dijo él – tenemos hasta la carta de invitación notariada. ¡Deja los nervios!

El avión se detuvo en la pista de despegue y a los pocos segundos ya sentía el vacío en mi estómago mientras éste planeaba en el aire.

México DF

1 de Marzo 2018

1:15am

Mientras hacíamos la fila para pasar migración, puse a la mano todo lo que pudieran pedirnos. Me repetía a mí misma una y otra vez que no había razón para sentirme tensa. Cumplíamos con los requisitos para poder ingresar al país.

Llegó nuestro turno.

1:30am

Pasaportes por favor. Sonreímos mientras los entregábamos.

Empezaron las preguntas rutinarias. Nada del otro mundo. El señor nos regaló una sonrisa que no supe interpretar.

Acompáñeme por acá por favor – nos pidió.

Hice una pausa de desconcierto. Mi corazón empezó a latir con mucha fuerza.

Noté cómo el aspecto del aeropuerto había cambiado abruptamente tras haber pasado una puerta. Habíamos entrado a un lugar desordenado e informal. Miré a las personas que ahí estaban. Di las buenas noches con una sonrisa nerviosa. Nadie contestó.

Nos exigieron que les entregáramos nuestros celulares. Se los dimos. Algo nos dijeron respecto a ellos pero mi sentido auditivo estaba como sordo. Apenas seguía la corriente de lo que nos indicaban.

Nos hicieron pasar a una sala. Había como unas quince personas ahí. A excepción de dos colombianos, todos éramos venezolanos. Sus caras eran de susto y desconcierto. Por sus expresiones supe que, al igual que yo, apenas entendían nada de lo que nos pasaba.

2:00am

Escuché que pronunciaron con energía mi nombre. Suspiré y fui hasta donde supuse que me llamaban.

Una mujer de aspecto descuidado me esperaba. Su trato era tosco, rayando en lo grosero. Le di las buenas noches y le sonreí. No recibí respuesta.

Sus preguntas eran ásperas. Nunca me miró a la cara.  Cuando yo respondía ella me interrumpía alzando su voz como evitando que diera mi explicación. Pude percibir que esa era una batalla en la que ella se daba, así misma, el gusto de ganar.

A los pocos minutos pronunció imponentemente las siguientes palabras: No tienes permitido ingresar a territorio mexicano. Y así sin más, sin siquiera haberme puesto en pie llamó a la siguiente persona.

2:15am

Al rato escuché que pronunciaron el nombre de mi esposo y el mío.

Ya habíamos aceptado el hecho de que no entraríamos a México. Lo habíamos tomado bastante bien. En ese momento sólo queríamos salir de ahí. Llegó el policía, nos miró pero no dijo una sola palabra. Concluimos que debíamos seguirlo cuando empezó a caminar.

Leí un letrero que decía “Salida- Exit” y en ese momento me sentí casi feliz de saberme ida de ese lugar.

Caminamos un pasillo, luego otro pasillo. Entonces noté que el lugar había cambiado de desordenado a horripilante, y ahí sí que entré en pánico.

Nos hicieron subir una escalera de madera, como las que usan los albañiles. Caminamos otro rato más y nos hicieron parar frente a una sucia puerta blanca.

Un policía de ceño fruncido nos recibió. Nos exigió sacar todas las cosas de valor que tuviéramos en nuestro bolso de mano. Lo hicimos. Escribió en una libreta. Nos mostró que nuestros teléfonos celulares se los habían hecho llegar. Los apagó y  metió en un sobre con nuestros nombres. Por último nos indicó que debíamos quitarnos cualquier accesorio de atavío, además de retirar y entregarle las “agujetas” de nuestros zapatos.

El hombre se puso en pie y me señaló una puerta que daba a un cuarto oscuro, mientras que a mi esposo le señalaba otra puerta que daba también a una habitación en penumbras.

Entré ahí. Mis ojos se adaptaban a la oscuridad cuando vi que, dentro de la habitación, había tres mujeres dormidas en un piso forrado de alfombra. Me senté.

Por unos minutos me quedé absorta en la nada. No pensaba. Sólo tenía temor.

3:00am

Escuché que venía de afuera el llanto de una chica. Conocía esa voz. Era una venezolana con la que había compartido antes de abordar el avión a México.

Ella trataba de explicarles que era residente mexicana y que su visa de trabajo estaba al día. Ellos insistían en que no podían hacer nada.

Su llanto era desgarrador. Utilizaba palabras como “se los suplico”, “por favor denme una razón por la que no puedo entrar”, “revisen mis papeles” “déjenme hacer una llamada”. Nunca le explicaron nada, nunca la dejaron hacer la llamada.

En alguna hora de la madrugada

Nos habían quitado el reloj y los teléfonos, así que ya había perdido el sentido del tiempo.

No paró de llegar gente esa madrugada. La gran mayoría: venezolanos.

En el cuarto de chicas todas estábamos desconcertadas. Las más osadas salían y pedían una explicación. Nadie se las daba. Al rato otras se llenaban de valor  y preguntaban hasta cuándo nos tendrían ahí. Nadie respondía.

Escuché que llegaron unas personas. Nos llamaban uno a uno. Al salir del cuarto vi que estaba  un señor con el uniforme de migración y a una chica con expresión amable. Ella me pidió que firmara una hoja. Lo hice. Me atreví a preguntarle cuándo nos podríamos ir. Me dijo sin mayores detalles que mi vuelo salía más tarde. Me sentí feliz.

En alguna hora de la mañana

Con el pasar de las horas supimos que no seríamos devueltos a nuestro país natal sino al país en donde tomamos el avión a México. En mi caso, Colombia.  También nos dimos cuenta que nuestro tiempo de estadía en ese lugar dependía de la aerolínea con la que habíamos viajado. Debíamos esperar el vuelo que ellos programaran.

Nosotros, los primeros en ser rechazados ese día, ya estábamos resignados a esperar. Siempre llegaba gente nueva, asustada e impotente.

En alguna hora de la tarde

Nuestras aerolíneas también eran las encargadas de enviarnos comida. Probé, por primera vez, los tacos mexicanos.

De vez en cuando me asomaba en la puerta, miraba a mi esposo de lejos y nos comunicábamos por señas. No podíamos salir de la habitación.

Llegaron algunas personas de migración para decirnos las horas de nuestros vuelos de regreso. La mayoría salía entre las 4:00pm y las 8:00pm. La gran desazón me llegó cuando nos comunicaron que nuestro vuelo no saldría sino hasta dentro de dos días. A las 1:45am del sábado.

No puedo describir lo que me ocurrió internamente en ese instante.

Unas horas después

Pese a que no había botado una sola lágrima en todo ese tiempo, me sentía ahogada y muy impotente. Quería golpear la pared y maldecir a todos esos mexicanos indolentes. No lo hice.

En el desespero de querer comunicarnos con nuestros familiares se nos ocurrió una idea. Sin que los guardias lo notaran, una de las chicas había conseguido ingresar dentro de su chaqueta un lapicero. El plan era escribir un mensaje a nuestras familias, y aquel que saliera de primero nos haría el favor de enviarlo. Así que como había cámaras dentro de la habitación, entrábamos al baño, tomábamos papel higiénico y ahí escribíamos el mensaje junto con el nombre y número de teléfono de nuestro familiar.

Era mi única esperanza de que mi familia supiera que yo me encontraba bien.

4:00pm

Volvimos a saber la hora cuando una de las chicas se atrevió a revelarnos que tenía un reloj oculto. ¡Era la gloria saber la hora!

Llegaron unas personas y gritaron los nombres de algunas de las chicas que estaban en la habitación, seguido de las palabras “tomen sus cosas ¡rápido! que llegó la hora de su vuelo”. Antes de que ellas se fueran habitación (iban a toda velocidad) les suplicamos que no olvidaran escribirles a nuestras familias apenas tuvieran sus teléfonos. Prometieron que lo harían.

8:00pm

El día había pasado muy lento. Toda la experiencia había sido traumática y agobiante. No habíamos dormido nada.

Me acosté en el piso. Caí rendida.

2 de Marzo 2018

5:00am

Desperté sintiéndome milagrosamente descansada.

Encontré nuevas chicas en la habitación.

3:30pm

A esta altura habían entrado y salido muchas personas de diferentes nacionalidades: brasileños, colombianos, árabes, un chino y una francesa; aunque la mayoría siempre eran venezolanos.

En el caso de las chicas, algunas rompían en llanto, otras gritaban de la rabia. El grupo de “veteranas” ya sabíamos qué hacer: las dejábamos expresar lo que sea que quisieran expresar, guardábamos unos minutos de silencio como acompañándolas en su dolor, y finalmente les explicábamos lo que sabíamos; las consolábamos y al rato se integraban al grupo.

6:00pm

Dos chicas entraron. Luego de unos segundos supimos que se trataba de una colombiana y una venezolana.

La venezolana, Beatriz (quien además es residente panameña) había ido a México a visitar a su hermana mayor. En otras ocasiones ella había entrado sin mayores complicaciones.

Su hermana (residente  mexicana desde hace diez años) le había enviado una carta de invitación. Beatriz demostró por documentos y fotos que decía la verdad; aún así su entrada al país fue negada.

10:00pm

Sonó el teléfono de la oficina. El guardia encargado gritó el nombre de Beatriz y le dijo “tienes una llamada de tu hermana. Tienes cinco minutos para hablar con ella”.

Aunque la llamada estaba en alta voz, poco se podía entender porque en cuanto Beatriz escuchó la voz de su hermana se sumió en un profundo llanto. Las únicas palabras que se alcanzaron a entender entre el sollozo fueron: “Quédate tranquila Beatriz, voy a sacarte de ahí”.

3 de marzo 2018

12:00am

Nuevamente gritaron el nombre de Beatriz. Le dijeron “toma tus cosas y ven con nosotros ¡rápido! que ingresarás al país”.

Aplaudimos celebrando esta noticia. Asumimos que esto había sido obra de su hermana.

A esta hora inició mi cuenta regresiva para mi viaje de regreso a Bogotá.

1:00am

Gritaron mi nombre, el de mi esposo y el de mis otros compañeros.

Di el brinco más eufórico de toda mi vida. Me asomé y dije al guardia “por favor dígame que ya llegó la hora de irnos” el guardia de turno respondió con un “tome sus cosas que ya puede irse”.

1:15am

El trato para delincuentes nunca desapareció mientras estuvimos en territorio mexicano.

Volvimos a pasar unos cuantos procesos de seguridad que para mí fueron eternos. Temía que el avión nos dejara.

Entre pasillo y pasillo el lugar volvió a tener un hermoso esplendor.  Volví a ver caras bonitas, a ver gente con maletas; empecé a sentir el frío del aire acondicionado, y a respirar el olor particular de los aeropuertos.

Debíamos esperar a que todos los pasajeros estuvieran sentados en el avión para que nosotros pudiéramos subir.

Vi cuando le entregaron nuestros pasaportes a una aeromoza y le susurraron alguna información. Ella nos dio una mirada de análisis.

1:45am

El avión finalmente despegó. Al fin veía cómo se alejaba de mí aquella ciudad.

Rompí a llorar.

Bogotá- Colombia

7:00am

Nos hicieron pasar a la oficina de migración. Volvió esa horrible sensación de temor.

¿Por qué le negaron la entrada a México? – me preguntaron

La verdad no lo sé señor-  le respondí con una sonrisa nerviosa.

Luego de que nos hicieran más preguntas, nos indicaron que pasáramos a las taquillas.

Vi cómo ponían el sello de entrada en mi pasaporte y jamás podría describir la sensación de alivio y felicidad que tuve en ese momento. Uno de los trabajadores de ahí nos dijo las palabras más dulces que había escuchado en mucho tiempo: “Llegaron a una nación amiga. Aquí son bienvenidos”. Más lágrimas.

7:30am

¡Al fin había salido de ambas migraciones! Me detuve en medio de un pasillo del aeropuerto sosteniendo mi pasaporte con mucha fuerza (como si temiera a que me fuera arrebatado otra vez).  Mi esposo me rodeó con sus brazos y me dijo las palabras que yo no sabía que necesitada escuchar:

Ya todo terminó. Somos libres otra vez.

@OryGR

Síguenos en nuestras redes sociales:

Youtube: https://www.youtube.com/c/DiásporaVenezolana

Instagram: https://www.instagram.com/diasporavenezolana

Twitter: https://twitter.com/diaspvenezolana

Facebook: https://www.facebook.com/DiaspVenezolana

Marcel Granier: “Reconstruyan su plan de vida, pero no se olviden de Venezuela”

Después de la ceremonia de entrega del premio “De la libertad” otorgado por la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES) en la “Casa de América” de Madrid, al secretario de La Organización de Estados Americanos (OEA), Dr. Luis Almagro, conversamos con el presidente de RCTV, Dr. Marcel Granier acerca de la situación actual de Venezuela, sus causas, consecuencias y como vislumbra el futuro de nuestro país.

Síguenos en nuestras redes sociales:

Instagram: https://www.instagram.com/diasporavenezolana

Twitter: https://twitter.com/diaspvenezolana

Facebook: https://www.facebook.com/DiaspVenezolana

Luis Almagro: “Mi agradecimiento eterno a Venezuela y su diáspora”

Conversamos con el secretario de La Organización de Estados Americanos (OEA), Dr. Luis Almagro, después de obtener el premio “De la Libertad” otorgado por la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES) en la “Casa de América” de Madrid.

¿Cómo ayudar a Venezuela cuándo gran parte de la oposición se opone a aceptar ayuda extranjera? ¿Hay antecedentes del desmontaje de una dictadura como la venezolana? ¿Cuál es su mensaje a la diáspora venezolana?

Síguenos en nuestras redes sociales:

Youtube: https://www.youtube.com/c/DiásporaVenezolana

Instagram: https://www.instagram.com/diasporavenezolana

Twitter: https://twitter.com/diaspvenezolana

Facebook: https://www.facebook.com/DiaspVenezolana

No me tome la foto en Maiquetía

Por: Andreína Rosal 

Fueron dos despedidas. Dos planes de salida sin retorno. Dos miradas perdidas al Ávila soltando lágrimas cargadas de “no es más que un hasta luego”,  pero en ninguna de esas despedidas se ejecutó el trillado plan: irme a vivir fuera del país.

En el primer intento decidí volver a Venezuela para reunir un poco más de dinero y alzar el vuelo con mayor solidez económica (risas) y en el segundo intento, con menor solidez económica pero con más ganas de emigrar, me tuve que devolver por cuestiones de salud.

Esas experiencias me enseñaron sólo una cosa, que no es cuando tu dices sino cuando buda, el cielo, el universo, la energía divina, Maracashimba o en quien sea que creas dice.  En mi caso fue Dios y dios me mostró que efectivamente si los refranes tuvieran comerciales de televisión mi caso hubiese servido perfectamente para recrear el refrán:  “La tercera es la vencida”, porque al tercer intento; sin despedidas, sin canciones cursis, sin lágrimas y sin foto en Maiquetía; me largué.

Me fui en aquella época cuando todavía las salidas en aviones eran más comunes que las de autobuses, o sea hace pocos meses. Me fui sin lloriqueos, ni recuerdos de Tucaca o de Choroní, nada de eso pasaba por mi imaginación, al contrario, durante todo ese vuelo y los primeros días en Miami  mi mente sólo parafraseaba en presente perfecto : Esto es fácil, no entiendo esas depresiones cursis y nostálgicas de la gente,  ¿Y ese para qué vino si anda llorando?, cual tristeza yo lo que ando  es desprendida y afortunada,  amo mi país pero tampoco es pa’ tanto.  Valentina Quintero será la última en salir ya yo piqué caucho; todo ese compendio de letras en forma de pensamientos me acompañaban día tras día, hasta que la tormenta en forma de huracán María con terremoto 1.7  y maldición Dabucurí llegó a mí (sí la misma maldición del gobernador de Amazonas).

Esa mañana mis pensamientos de mujer de hierro se derretían como plástico en un incendio de sentimiento de culpa, las frases que daban vuelta en mi cabeza comenzaron a cambiar sus letras, Venezuela dejó de ser un espacio de tierra para convertirse en un país con ojos, vientre, alma, tacto y sentimiento:  ya no era el país donde nací, era el país que me trajo al mundo y que me vio nacer, ya no era la arepa que me quitaba el hambre,  era la arepa que me sacaba una sonrisa y me llenaba de alegría,  ya no era la interminable cola de la prados del este, era mi casita rodante al lado de muchas casitas rodantes más, ya no oía a la mujer de hierro,  ahora oía la voz de Gloria Estefan que no cantaba sino que gritaba “La tierra te dueleee la tierra te daaaa, en medio del almaaaa cuando tu no estás, pero al ritmo de despacito porque era lo que sonaba en ese momento en la radio de Miami.

Acto seguido ocurrió lo que se suponía no debía ocurrir, mis lágrimas empezaron a correr, mi corazón empezó a bombear, mi mirada desesperada buscaba frente al espejo el rostro de una ciudadana de primer mundo pero me estrellé contra  mi misma sumergida en una inédita versión del “a moco tendido”, era demasiado tarde, irremediablemente bajo un celofán de lágrimas comprendía la canción de Gloria Estefan.

 

Primero es lo primero, llamar a una amiga, ¿Amiga tu que tienes tiempo acá esto es normal? – si amiga tranquila, dura los primeros 5 años después te da con menos frecuencia. Descartado.  Segundo es lo segundo meditación “Dios conmigo, inhala y exhala, imagina los mares, los cielos, el viento, imagina choroní, tucacas, Margarita NOOO” Descartado. Tercero es lo tercero vive el presente, ya estás en otro sitio, baja el vidrio del carro mira a tu alrededor, es otro ambiente, estás en otro país, pero tienes que rodar más pues en el Doral hay muchas areperas y muchos maracuchos, tampoco funciona, Descartado.

Después de ese episodio desesperado pasaron muchos días, muchos meses, muchas lágrimas, muchas depresiones cursis, muchos asaltos de nostalgias y sólo pude aprender que la única forma de apagar ese incendio de culpa, esa sensación de añoranza interminable es haciendo, haciendo desde aquí, haciendo desde allá, haciendo desde esa computadora  donde escribo y donde lees, pero haciendo, por ellos, por los nuestros, por nosotros, por los que se quedaron y por los que nos fuimos, porque así es la única forma de sentir que seguimos ahí, de sentir que pertenecemos, así conseguí sentir que nunca me fui y como yo no me fui por eso no me tome la foto en Maiquetía.

@shakiguara

Síguenos en nuestras redes sociales:

Youtube: https://www.youtube.com/c/DiásporaVenezolana

Instagram: https://www.instagram.com/diasporavenezolana

Twitter: https://twitter.com/diaspvenezolana

Facebook: https://www.facebook.com/DiaspVenezolana