Mar. Nov 29th, 2022

Juliette Martínez, una caraqueña en Dubái que anhela legar el Ávila a sus hijos

La joven venezolana, egresada de la Middlesex University en Dúbai, fue reconocida con el Dast Award por la Autoridad de Carreteras y Transporte (RTA) de ese emirato por su tesis sobre el uso de tecnología celular para prevenir los accidentes de tráfico

Por: Andreína Monasterio Andrade

Juliette Martínez cambió su vida con solo 18 años. Caraqueña, con ganas y talento para estudiar en una de las universidades más reputadas de Venezuela, decidió aceptar una de las oportunidades más grandes que le han brindado sus padres: vivir un año en Arabia Saudí, un país que suponía todo un desafío cultural para la joven. Esta fue su puerta de entrada a Dubái, el emirato donde sería reconocida con el Dast Award por un innovador proyecto que busca reducir los accidentes de tráfico gracias al uso de tecnología celular.

Los padres de Juliette, odontólogos de profesión, consiguieron un contrato de trabajo en Arabia Saudí que les permitía trasladarse a otro país sin tener que quemar las naves en Venezuela. Ante esta posibilidad, ofrecieron a su hija mayor la opción de irse con ellos, al menos, durante un año, para evaluar si le gustaría vivir (y estudiar) inmersa en una cultura que le permitiría abrir su perspectiva a miles de posibilidades.

     

“Tenía una percepción de Arabia Saudí. Pensaba que sería puro desierto y que no habría nada; que las mujeres eran oprimidas y que no podría mostrar mi cabello. Estaba asustada”, confiesa Juliette, que ya había sido admitida en la Universidad Católica Andrés Bello para estudiar Ingeniería en Telecomunicaciones. Sin embargo, decidió aceptar la propuesta de sus padres y congeló el cupo en la universidad, por si decidía devolverse a Venezuela.

El encuentro con Saudí

“Mi papá tiene un amigo que es odontólogo también. Él ya tenía como un año en Arabia Saudita y fue quien recomendó a mis padres, así como él tenía otro amigo venezolano que había hecho lo mismo con él. Mis padres lo pensaron mucho antes de tomar la decisión, y lo hicieron porque, si luego de tres años (la duración del contrato) no nos gustaba la experiencia, nos podíamos devolver. Pero este amigo los animó mucho y les recalcó que, a nosotros, nos iba a gustar mucho”, recuerda Juliette.

“Cuando llegué, vi que Riad (la capital) era una ciudad enorme, con miles de edificios y centros comerciales. Hay que usar una túnica negra, llamaba abaya, pero se puede llevar el cabello descubierto si no eres musulmana. Hice muchos amigos; nunca esperé conocer gente de culturas tan distintas, y cuando cumplí el año allá, mi madre me preguntó qué quería hacer. Ella siempre me ha impulsado un poco más y me ofreció la posibilidad de buscar algún estudio universitario en inglés, ya que tenía una muy buena base de mi colegio, el San José de Tarbes», cuenta Juliette.

Fue así como ella y su madre dieron con la Middlesex University de Dubái, un campus offshore de la Middlesex University of London ubicada en este emirato en la que Juliette comenzaría a estudiar.

Arabia Saudí la recibió de manera amable con ayuda de la enorme comunidad latina que hay en el país. “En el edificio donde vive mi familia, la vecina de enfrente es mexicana; el de abajo, colombiano, y los de arriba, venezolanos. Es como una gran vecindad”.

En cuanto al impacto de vivir en un país con un idioma del que no se tenía ninguna aproximación, Juliette agradece haber llegado a Riad, donde hasta el taxista habla un inglés “chocado”. “La verdad, he aprendido pocas palabras árabes. Pero ese año que pasé en Riad aproveché para estudiar francés. Me sentía un poco estresada porque veía que mis amigos, en Venezuela, había comenzado la universidad. Mi mamá me recordaba que era muy joven y que aún tenía mucho tiempo por delante. Ahora, algunos de esos amigos no han podido graduarse por los temas propios del país”.

Su aporte a Dubái

La joven siempre tuvo claro que quería estudiar una ingeniería. La Middlesex University ofrecía las opciones de ingeniería en sistemas e ingeniería en comunicaciones y redes, de tres años y medio de duración, carrera por la que terminó decantándose y que presenta mucha similitud con la que anhelaba cursar en Caracas. Fue así como se trasladó al emirato para continuar con su aventura profesional y académica.

“Mi tesis busca resolver el tema de los accidentes de tráfico en Dubái, una ciudad muy avanzada y futurística. Tuve la suerte de contar con un tutor muy bueno que me habló del V2x (vehicle to everything communitation o comunicación del vehículo con todo su entorno) y me recomendó leer sobre el tema”, explica Juliette.

La entonces tesista comenzó una investigación en ese mundo tan vasto y sobre esa tecnología, que busca hacer del tráfico algo más eficiente, seguro y sostenible. Si bien los accidentes de tráfico en Dubái no contaban con índices alarmantes, sí que mantenían una constante. Por eso, el punto de enfoque de su tesis fue cómo se podía prevenir accidentes mediante el uso del V2x, que permite que el vehículo se comunique con otros vehículos, semáforos, edificios y peatones.

“En mi tesis, concluyo que el protocolo más adecuado es el que tiene base en la infraestructura celular. Tenía 10 meses para hacer todo, por lo que reduje mis objetos de estudio a las tecnologías de comunicación de vehículo a vehículo y de vehículo a infraestructura celular. Mi tutor me comentó que había un concurso organizado por la Autoridad de Transporte de Dubái que contaba con diferentes categorías, una de ellas académica. Me dijo que mi tesis tenía grandes oportunidades y me inscribí. Luego de unos cinco o seis meses, prácticamente olvidé mi participación, hasta que me llamó una de las organizadoras del Dast Award y me dijo que había ganado en mi categoría”.

Respeto por la diversidad

La premiación se celebró con un gran evento con el Juliette quedó sorprendida. “Fue todo en árabe, no entendí casi nada (ríe), pero fue muy bonito e impresionante. Mis padres estaban en Saudí, pero tuve mi pequeña barra: el rector de la universidad, la jefa del departamento y mi tutor. Tuve que escribir a la Autoridad de Transporte de Dubái para que me diera tres entradas, ya que solo contemplaban una, pero tanto el rector como la jefa de departamento quisieron acompañarme cuando supieron la noticia”, cuenta con emoción.

Por ser un campus internacional, la Middlesex Uiversity de Dubái cuenta con un rector de La India y una jefa del departamento de ingeniería oriunda de Pakistán. “Mi tutor es de Indonesia. En mi curso, éramos cinco mujeres. Mis compañeras fueron criadas en Dubái, pero tenían procedencias diferentes: dos eran de la India, una de Pakistán y la otra de Turquía”, precisa Juliette.

“Siempre le comento a mi mamá que es muy normal ver en el metro, sentadas, a una chica con el rostro tapado hasta la altura de los ojos; a una con unos shortcitos y a otra con una vestimenta tradicional africana… y no pasa nada. Ninguna mira ni juzga a la otra, y eso me gusta mucho”.

Actualmente, Juliette trabaja en una empresa italiana como ingeniera de software. Aunque estudió otro tipo de ingeniera, decidió abrirse a un mercado más amplio al ver que no obtenía resultados postulándose solo en esa área. Reconoce la competitividad en el mercado laboral de Dubái, al que muchos expatriados de otros países árabes vienen a trabajar.

La joven se siente agradecida por haber encontrado una empresa en la que también comparte con gente de otras nacionalidades, pero con los que tiene más valores en común. “Por primera vez, en mucho tiempo, trabajo con personas que celebran la Navidad. Es algo cálido y emocionante”.

El sueño de volver

Cuando habla de clima, Juliette reconoce que cambio ha sido total. “El clima es… horrible (ríe). Lo que aquí se llama invierno dura solo tres meses (diciembre, enero y febrero) y la temperatura no suele bajar de 19 grados. Cuando la temperatura es fresquita, hace entre 30 y 35 grados. Ahora hemos entrado en verano y se puede llegar a temperaturas de 50 grados”, comenta.

Sobre la cada vez más compleja pregunta sobre el retorno a Venezuela, Juliette contesta con ilusión y mucha seguridad: “Sueño con que mis hijos crezcan en Venezuela. Creo que estaré, máximo, cinco años más en Dubái. Puede que me vaya a otro sitio desde aquí. Pero, si las cosas finalmente toman un mejor rumbo en mi país, me veo regresando a Venezuela. Quizás no tuve la típica infancia en la que podías jugar libremente por la calle, pero fue una infancia muy feliz”.

Los anhelos de esta ingeniera tienen nombres y apellidos concretos, y se reúnen en la ciudad de Caracas: “Tengo ansiedad por abrazar y besar a mis abuelitos; ver a mis primos, a los que dejé siendo unos niños y que ya han crecido. Quiero que mis hijos puedan asomarse a la ventana y ver El Ávila; que puedan ir a comer perros calientes en Altamira o disfrutar en Los Próceres”. Juliette pertenece a esa diáspora que va expandiendo a Venezuela fuera de sus fronteras y que es promesa de un país que, si bien más nunca será el mismo, se reconstruirá con diversas identidades.

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