Esta mañana, al iniciar la jornada laboral, encontré varias notificaciones en mi móvil de personas que habían escrito o habían reaccionado a la crónica sobre la rueda de prensa de María Corina Machado en Madrid. Algunos colegas me comentaron que nada de lo que relaté les sorprendía. Que esa actitud ya la habían visto antes, en otros contextos y en otros lugares. Lo que sí cambia, me confesaban, es que nunca lo habían dicho en público. Nunca habían querido escribirlo. ¿La razón? Que se trataba de María Corina Machado.

Otros colegas me señalaron que en la crónica no había recogido con detalle lo que dijo María Corina durante la rueda de prensa. Les respondí que esa ausencia no era un olvido, sino una decisión consciente. Lo que allí se dijo no se apartaba, en lo esencial, del guion que la dirigente ha venido sosteniendo en sus apariciones públicas posteriores al 3 de enero de 2026. Con muy pocas excepciones, las preguntas eran las mismas de siempre, y las respuestas tan previsibles que uno podía casi recitarlas antes de que ella empezara a responder.

Entre los detalles que omití en la crónica hubo uno particularmente revelador. Una periodista veterana, que además resultó ser una vieja conocida de Machado, le hizo una pregunta tratándola de usted. Bastó esa sola conjugación verbal para que María Corina pareciera no entender del todo lo que se le estaba preguntando, quizás porque está demasiado acostumbrada a que los periodistas la tutearan.

Otra periodista le dijo, sin el menor pudor, que ella era insustituible y que debía cuidarse. Varios aprovecharon su turno no para preguntar, sino para agradecerle su lucha y confesar abiertamente la admiración que sentían por ella. Hubo incluso un par de intervenciones especialmente desafortunadas en las que algunos despotricaron del gobierno de Pedro Sánchez e intentaron arrastrarla hacia una crítica tajante y bastante burda contra el Ejecutivo español. Machado, hay que decirlo, supo esquivar ese terreno con bastante más elegancia que quienes pretendían empujarla hacia él.

En medio de aquel cúmulo de preguntas repetidas, María Corina dejó entrever algunos elementos de interés que, en un esquema mínimamente abierto a las repreguntas, habría dado mucha más claridad. Deslizó, por ejemplo, que la elección de Edmundo ya pertenecía al pasado y que lo urgente ahora era convocar nuevas elecciones para “revalidar” la voluntad de los venezolanos. También dijo que algunas decisiones le son consultadas por Estados Unidos y que de otras simplemente es informada, aunque sin precisar cuáles ni bajo qué criterios se produce esa diferencia. Eran, sin duda, asuntos de fondo. Pero el formato blindado de la rueda de prensa los dejó flotando en el aire, sin el desarrollo ni el contraste que exigían.

Habló también de la necesidad de desplazar a la estructura criminal, pero sin dejar claro de qué manera se lograría ese objetivo. Tampoco explicó con precisión cuáles son los fines concretos de la gira que ha emprendido por distintos países. No hizo referencia, al menos de forma explícita, a la negociación que estaría llevando con actores del chavismo, ni mencionó en ningún momento la eventual conformación de un gobierno de transición. Todo ello reforzó la impresión de que, más allá de algunas formulaciones de impacto, seguían faltando definiciones esenciales sobre la hoja de ruta.

Su mayor énfasis estuvo puesto en la necesidad de unas elecciones en Venezuela, pero sin insistir en el cese de la usurpación ni en la conformación de un gobierno de transición, que hasta hace no mucho eran presentados como pasos previos a la convocatoria de unos comicios verdaderamente libres. Una de sus respuestas, además, dejó una sombra de duda sobre el grado de independencia de sus actuaciones. Por momentos, la impresión que quedaba era inquietante: no solo el chavismo era tutelado, también lo era la oposición.

Tenía una selección inicial de diez preguntas posibles, pero fui descartándolas una a una hasta quedarme solo con dos. La primera creo que apuntaba al corazón de nuestra desgracia:

Desde hace 27 años se insiste en la vía electoral, pero el fraude, el desconocimiento de resultados y el control institucional del chavismo no son nuevos. Usted misma lo sabe desde la época de Súmate. Si el problema de fondo no es solo ganar una elección, sino hacer respetar esa victoria frente a un Estado y una Fuerza Armada alineados con el poder, ¿cuál es hoy su estrategia real para cambiar eso más allá del apoyo internacional que se pueda conseguir?”.

La segunda, que probablemente habría sido la que finalmente formularía de haber tenido la oportunidad, iba en otra dirección, pero no menos crucial:

 “¿Cómo evitar que una eventual transición en Venezuela repita el esquema de Violeta Chamorro: salir del gobierno, pero no del poder, ¿y que esa continuidad termine facilitando el regreso del régimen, como ocurrió en Nicaragua con el retorno del sandinismo y de Daniel Ortega?”.

Ninguna de las dos preguntas encontró espacio en una rueda de prensa montada más como relaciones públicas para una celebridad que como un verdadero ejercicio periodístico.

María Corina, serena, se despidió rumbo a la Puerta del Sol, al baño de masas que hace unos años también se dio el tristemente célebre Juan Guaidó, y unos pocos asistentes nos fuimos desalentados por la ausencia de preguntas capaces de incomodar y de abrir camino hacia la verdad. Todo, desgraciadamente, muy familiar; muy a la venezolana.

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