El día comenzó con un buen clima, de esos que parecían anticipar que la convocatoria de las 18:00 horas en Sol iba a ser un éxito, pero antes del baño de masas, la cita para la prensa estaba fijada en el Auditorio El Beatriz Madrid, en la calle José Ortega y Gasset, 29, en el barrio de Salamanca. Llegué a las 10:40 de la mañana y ya había fila para acreditarse, a pesar de que muchos de los que estábamos allí teníamos en nuestros correos la confirmación de haber sido acreditados.

De manera tan sorpresiva como desconcertante, los encargados de verificar las acreditaciones no encontraban nuestras confirmaciones y apenas atinaban a decirnos que debíamos esperar. Esperar qué, hasta cuándo y por qué, nadie lo aclaraba. Solo había una orden vaga y autoritaria: esperar.

Lo más irritante era comprobar que, mientras corresponsales de otros países y periodistas llegados desde distintos puntos de España seguíamos detenidos en la entrada porque supuestamente no “aparecíamos en lista”, comenzaban a pasar, sin mayor dificultad, personas que tampoco figuraban en ella, pero que venían recomendadas por el amigo de un amigo. La arbitrariedad no solo era evidente: resultaba ofensiva.

En medio de aquel desorden apareció una suerte de inspector Pacheco de «Qué locura«, envanecido en su pequeño poder y molesto porque algunos empezábamos, con razón, a exigir respuestas. En ese momento tuve que hacerle frente para reclamar respeto frente a una actitud mamarracha y a un maltrato inaceptable hacia la prensa.

Por si fuera poco, el personal de seguridad también contribuyó al despropósito. Apartaban a los pocos que aún hacíamos fila porque iba a llegar “la personalidad”, como si no se tratara de una rueda de prensa de un político sino del dispositivo de entrada para una estrella pop. A este punto, la organización ya había dejado de parecer torpe: empezaba a parecer deliberadamente excluyente.

De pronto, alguien de seguridad comentó que “la personalidad” había ingresado por el sótano y, finalmente, quienes controlaban el acceso de la prensa tuvieron un momento de lucidez: dejaron entrar sin más obstáculos a los que todavía seguíamos esperando.

Al cruzar la puerta, quedó en evidencia otra de las falsedades de la mañana. La sala estaba ocupada apenas a media capacidad, pese a que en la entrada nos habían jurado que el problema era de aforo y que había más de 190 periodistas. La realidad era mucho más modesta: no llegábamos ni a 60, y no todos eran periodistas. Ya dentro, me anoté en la lista de personas que querían hacerle preguntas a María Corina, saludé a varios colegas a los que reconocí entre las filas, me senté junto a una amiga en la quinta fila y esperé el inicio de la rueda de prensa.

La rueda de prensa comenzó con algo de retraso y fue moderada por la periodista venezolana Goizeder Azúa. María Corina Machado ofreció unas primeras palabras y, en un momento especialmente humano, reconoció en la primera fila a la expresa política y miembro de su equipo, la bióloga Catalina Ramos. Interrumpió entonces su intervención para acercarse a abrazarla. Fue, quizá, uno de los gestos más genuinos de una mañana que, en lo demás, transcurriría bajo un formato rígido y cuidadosamente controlado.

Las preguntas se organizaron en bloques de tres: se leían tres intervenciones seguidas y la ingeniera Machado respondía en conjunto, sin espacio para repreguntas. Ese detalle, que no es menor, terminó condicionando por completo el tono del encuentro. Muchas de las preguntas repetían, casi sin matices, temas que ya hemos escuchado en ocasiones anteriores. Algunos periodistas, en lugar de preguntar, parecían dedicados a rendirle pleitesía. Otros incluso subrayaban, con llamativa soltura, que sabían que lo que estaban haciendo no se ajustaba precisamente a la ética periodística, pero que eso les daba igual.

Un periodista de un medio cubano fue todavía más lejos y, desdibujando por completo la frontera entre entrevistador y admirador, le pidió un abrazo a Machado. Hubo, sin embargo, alguna excepción. Un periodista formuló una pregunta interesante sobre la independencia real de las acciones de Machado con respecto a Estados Unidos, pero la respuesta fue apenas parcial y, como no existía la posibilidad de repreguntar, el asunto quedó suspendido en un vacío tan revelador como incómodo. A esas alturas, el ambiente se parecía mucho más al de un acto de relaciones públicas que al de una rueda de prensa con una dirigente política.

El tiempo transcurría y Goizeder, siempre dueña de su papel advertía con mesura que el tiempo se agotaba. Invitaba a los periodistas a ser más concisos para intentar que la mayoría de quienes estábamos en lista pudiéramos preguntar. Pero la advertencia sirvió de muy poco. La zalamería y las loas siguieron ocupando el espacio que debía pertenecer a las preguntas. Aquello, más que una rueda de prensa empezaba a parecer una demostración de fervor. Confieso que la escena me produjo una profunda vergüenza con el gremio. Sé bien que, tras 27 años de dictadura chavista, el periodismo en Venezuela se ha ido desdibujando de muchas formas. Lo que no imaginaba era que ese deterioro de reflejos profesionales también hubiera contaminado a periodistas de otros países cuando se trata de nuestra propia realidad.

Recordé entonces que, hace algunos años, cuando formaba parte de una Asociación de Periodistas en España, cualquier duda que uno se atreviera a plantear sobre las acciones de las fuerzas democráticas era respondida con severidad por ciertos periodistas elevados a la condición de atalayas morales en Venezuela. “¿Y tú qué propones?”, repetían, como si preguntar fuera un acto de deslealtad. Uno de la vieja guardia incluso me lo dijo sin rodeos: había que esperar “a que bajaran la línea”. Así, sin rubor. Así de sencillo. Así de alarmante. “Bajar la línea”: una expresión que, por sí sola, retrata una forma de entender el periodismo como obediencia y no como conciencia crítica.

Goizeder volvió a advertir que el tiempo se agotaba y que solo habría espacio para tres preguntas más. Sin mayor sorpresa, no escuché mi nombre. Sabía desde el mismo momento en que no aparecía en la lista de la entrada que también estaría excluido en la de preguntas. Tampoco lo estaban otros colegas, algunos de los cuales reclamaron a viva voz haber sido excluidos. La lista que le hicieron llegar a Goizeder era, por decirlo con suavidad, particularmente selectiva, y ella se limitaba a ofrecer unas disculpas que, en rigor, no le correspondía dar. El acto terminó así, con esa mezcla de control excesivo, arbitrariedad y fervor mal disimulado que marcó casi toda la mañana.

Aun así, no todo fue desencanto. Ver a varios expresos políticos gozar de su libertad fue, en sí mismo, un momento profundamente satisfactorio. A la salida coincidí con un colega de mi universidad, a quien tenía años sin ver, y compartimos algunas impresiones sobre lo ocurrido. La conversación derivó luego hacia otros asuntos: el llanero Páez, el próximo libro de Rafael Osío Cabrices, que está por salir, su visita a Sudáfrica y a la prisión de Mandela, y hasta una recomendación literaria sobre un libro dedicado a la diáspora vietnamita. Fue un cierre inesperado y sereno para una mañana marcada, hasta entonces, por la irritación, el desconcierto y la decepción.

Me fui caminando hasta Goya para hacer tiempo antes de asistir a la presentación del libro de una colega, profesora y gran amiga. Mientras avanzaba, iba procesando todo lo ocurrido aquella mañana y tratando de preservar alguna forma de esperanza en el cambio. Saqué el móvil y puse música al azar en mi playlist buscando despejar la mente. Volví entonces a pensar en aquel “¿y tú qué propones?” que durante años repitieron ciertos viejos periodistas, y me respondí en silencio, casi como una convicción recuperada: Hacer periodismo no militante. Un rato después comenzó a sonar “Canción mansa para un pueblo bravo” y me detuve con más atención en una de sus estrofas, esa que contrapone la juventud de la sangre con la antigüedad del sueño y llama, en el fondo, a dejar atrás la ingenuidad: “La sangre joven y el sueño viejo, pero dejando de ser pendejos esa esperanza será verdad…”. Y de alguna manera, luego de que terminó la canción, la esperanza volvió a mí.

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