Lun. Jun 21st, 2021

Caras conocidas

Emigrar es una mezcla de pasado y presente. Es saber de dónde vienes, a dónde no quieres volver, a dónde quizá podrías y hacia dónde están puestas tus esperanzas. Es poner un poquito de tus raíces en cada cosa que haces mientras adquieres las riquezas de una nueva cultura.

Por: Elvimar Yamarthee

Emigrar es una mezcla de pasado y presente. Es saber de dónde vienes, a dónde no quieres volver, a dónde quizá podrías y hacia dónde están puestas tus esperanzas. Es poner un poquito de tus raíces en cada cosa que haces mientras adquieres las riquezas de una nueva cultura.

También es terminar viviendo al lado de tu maestra de primaria, de tu primo el que se ríe súper alto, de la señora de los gatos o del cajero de la panadería de tu cuadra. Tu cerebro decide distribuir tu cariño y tu amor entre extraños que te conectan con el pasado.

Mi vecina tiene la misma edad que mi mamá, conversa muchísimo y es demasiado correcta con las cosas del condominio. En los últimos meses me ha dado ese pedacito de calor que me falta todos los días simplemente preguntándome si ya comí o si pude resolver el problema del internet. Hace unas noches me pasó escondido un chocolate y me dijo que era para que me lo comiera cuando necesitara sentir amor en mi corazón, pero el mayor regalo fue un queso traído de Minas Gerais que con un toque necesario de sal me sabía al matera que vendían en la esquina de mi calle. Creo que ella jamás sabrá lo que significa para un venezolano un queso.

A la par de eso, me tocó reencontrarme con mi abuela a través de una paciente donde trabajaba. La veía y, aún sabiendo que físicamente no se parecían, no podía evitar sentir que estaba frente a la matriarca de mi familia. Cada palabra hermosa que me dijo la llevo tatuada en el alma y no pude evitar preocuparme cuando supe que se había enfermado. Escucharla decir que me mandaba besos y bendiciones me hizo cerrar los ojos por un segundo, olvidar el portugués y escuchar la voz de mi abuela diciendo lo mismo. Fue una bendición inesperada que valoro muchísimo.

También, hace un año más o menos, conocí al doble de mi papá. El parecido era tal que no podía creerlo. El hombre se convirtió en una figura itinerante en mi vida hasta no hace mucho y agradecí cada gesto hermoso que tuvo conmigo. Aún conservo una foto que nos tomamos abrazados. Hasta su risa sonaba igual a la de mi papá.

Me he dado cuenta de que emigrar es eso. Buscar similitudes donde tal vez no las hay, desear con el alma que sean ellos aún sabiendo que las probabilidades son muy pocas. He perdido la cuenta de cuántas veces he visto a dos primos en el autobús. A veces debo convencerme 50 veces de que justo hablé con ellos por videollamada y están bien cómodos en Estados Unidos.

A diferencia de la mayor parte de la diáspora, estoy en un destino no muy común. Si mi lugar fuese Santiago, Lima, Bogotá o Miami no sería extraño realmente verlos, pero aquí la historia cambia. He tenido la suerte de conocer a dos o tres personas que conocían al amigo de un conocido de un amigo mío y eso me ha sabido a hogar. Nos toca crear familia a donde quiera que vayamos. No sé qué opinan otras personas, pero a mí me parece una oportunidad única.

Siento que son pequeños regalos que la vida me da para recordarme que no estoy sola, que sin importar lo lejos que esté siempre encontraré una señal. Siempre me ha dado risa que las personas a mi alrededor me digan que piden y piden a Dios y él no responde. Pues, querida, no sé cómo pides tú, pero yo medio pienso algo y Diosito me pone señales de neón en todos lados.

Desde hace algunos meses sentí la necesidad de acercarme nuevamente a la iglesia. Nunca he sido la más religiosa porque pienso que nuestra relación con Dios es tan personal que tu frecuencia en el tempo es solo uno de los tantos aspectos que la comprenden. Respiré profundo en la puerta pensando que sentiría vergüenza o rechazo, pero lo que me embargó es algo que no puede ponerse en palabras. Fue mi primera misa en Brasil, mi primera misa en portugués, mi primera misa sin nadie de mi familia y estuve toda la hora llorando. Llorando de agradecimiento, llorando de dolor sanado, llorando porque ese día decidí limpiar mi alma y abrir nuevamente el camino que por tonta había dejado.

Un domingo cualquiera, Jesús y yo nos sentamos en nuestros lugares y un Padre diferente llegó a oficiar la misa. Al principio me pareció raro, pero era mi segunda semana en la iglesia y todavía no me adaptaba a la dinámica del país. En mi parroquia era uno solito para todas las misas de toda la semana. En medio de la bendición inicial Jesús y yo nos miramos extrañados. Ese acento no era brasilero, podía jurarlo. En la segunda o tercera intervención nos convencimos de que era extranjero y claramente hablaba español.

Al finalizar la misa, nos acercamos a él después de ‘‘ensayar’’ lo que le diríamos para encontrarnos con un Padre español que pasó 13 años entre Caracas y el Táchira. Si eso no es señal de algo, entonces que me encierren ahora. Durante las semanas siguientes nos hicimos más y más cercanos al punto de tenernos casi como ‘‘protegidos’’ haciéndonos parte de uno que otro sermón y siendo el que oficiaría la tardía primera comunión de mi amigo.

Hace poco, en medio de una situación bastante estresante por la que pasé, se me ocurrió mirar al cielo en plan ‘‘si estás ahí, dame una señal’’… Cuiden sus palabras, mis hijos. Ese día era feriado católico y yo me ofrecí como voluntaria. Estaba en la puerta recibiendo a los feligreses cuando el Padre brasilero habitual llegó con alguien más. Este Padre hablaba poco y conseguí escuchar un ‘‘Mar de la Plata’’ por ahí. Cuando se acercó a mí para medir su temperatura le di la bienvenida en español y sus ojos se iluminaron. Cuando dije que era de Venezuela inmediatamente me preguntó de dónde, lo que he aprendido solo se pregunta cuando realmente conoces el país. Dije Maracaibo y me sorprendió con un ‘‘ese calor sabroso y ese lago hermoso’’ que me dejó casi plantada en mi lugar. Le pedí que orara por mí para la pronta solución de mi problema y me dio una bendición que todavía me retumba en el alma.

¿Qué probabilidades hay de tener tanta suerte? ¿De vivir en un recóndito lugar de una ciudad inmensa y tener tanta gente que te entiende alrededor? ¿Cómo terminé en una parroquia con un Padre español, un Padre argentino de visita, una Ministra argentina y un Padre brasilero que ya nos trata como hijos? Nunca sabemos las vueltas que dará la vida ni las oportunidades que se nos presentarán. Lo único sobre lo que tenemos mediano control es cómo aceptaremos y tomaremos cada pizca de esperanza que se nos cruce en el camino.

Hoy decido creer, decido confiar y decido abrir mi corazón para cualquier cosa que me depare este nuevo año porque, como siempre, más que pedir, siempre tengo que agradecer.

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