Por: Yoimar Falcon
Cuando una familia emigra, suele hablarse de documentos, ropa, pasajes y decisiones. En la vida de un niño hay otra maleta, menos visible y difícil de pesar: la que guarda palabras, canciones, sabores, recuerdos y maneras de entender el mundo. Esa maleta viaja con él, aunque no siempre encuentre de inmediato un lugar donde abrirla.
Lo sé también desde mi propia experiencia. Nací en Venezuela y, como tantos venezolanos, he construido mi vida en más de un país. Hoy, desde mi trabajo como educadora en Texas, pienso en lo que significa para un niño comenzar de nuevo mientras conserva vínculos con lugares, personas y voces que forman parte de su historia. Cada experiencia migratoria es distinta; no hay una sola manera de extrañar, adaptarse o sentirse en casa.
A veces, la conexión con el origen aparece en detalles cotidianos: una palabra que usa la abuela, una historia que se repite en la mesa, el nombre de una comida o la forma particular en que una familia cuenta algo que le ocurrió, o la particularidad de nuestros vecinos. Para un niño, esas expresiones no son adornos. Son parte de su identidad y de los recursos con los que aprende a nombrar lo que siente y lo que observa.
En la escuela, sin embargo, esas palabras pueden quedarse guardadas si el niño no percibe que tienen un lugar. Un estudiante puede estar aprendiendo inglés y, al mismo tiempo, tener ideas complejas que expresa con más seguridad en español. Puede conocer una palabra de su hogar que no aparece en el libro de texto. Puede necesitar tiempo antes de compartir una historia personal. Escuchar y respetar esos ritmos ayuda a que la participación no dependa de dejar una parte de sí mismo fuera del aula.
Por eso, una invitación sencilla puede abrir una puerta: “¿Qué historia de tu familia te gusta escuchar?” o “¿Hay una palabra que en tu casa tenga un significado especial?”. No se trata de pedir a los niños que representen a Venezuela ni de convertirlos en portavoces de una experiencia colectiva. Se trata de ofrecer opciones para que cada uno decida qué desea compartir y de mostrar que sus voces y lenguas son bienvenidas.
Las familias también pueden fortalecer ese puente sin convertir la lectura en una tarea pesada. Leer juntos, contar una anécdota, mirar fotografías o escribir una receta familiar son formas de transmitir lenguaje y memoria. No hace falta tener muchos libros ni encontrar siempre la palabra perfecta. Una conversación en la lengua que la familia usa con naturalidad puede darle al niño vocabulario, confianza y una historia a la que volver. Después, esa historia puede viajar al inglés, al español o a los dos, según la necesidad y el deseo del niño.
Desde Building Literacy Bridges, iniciativa que fundé para conectar la lectura, la escritura y las familias, procuro que las experiencias escolares reconozcan esos puentes. En mi práctica, he visto que abrir espacio para las conexiones entre idiomas y experiencias familiares puede animar a algunos estudiantes a ampliar sus ideas, explicar su pensamiento o probar nuevas palabras. Cada niño responde de manera diferente; por eso, observar, escuchar y ajustar la enseñanza importa tanto como planificar una actividad.
La escuela no puede borrar las distancias ni resolver por sí sola los desafíos de la migración. Sí puede ayudar a que un niño no sienta que debe escoger entre pertenecer al lugar donde vive y conservar el vínculo con sus raíces. Puede pronunciar correctamente su nombre, preguntar antes de corregir una palabra familiar, ofrecer libros con distintas voces y dar valor a las historias que los estudiantes quieran compartir.
Quizá esa maleta invisible no necesite quedarse cerrada para que el niño pueda avanzar. Tal vez necesita un espacio seguro donde abrirse poco a poco, y personas dispuestas a escuchar sin apresurar el relato. Cuando las historias de casa también pueden entrar en la escuela, los niños encuentran más maneras de leer, escribir y comprender quiénes son. Y pueden comenzar a construir su futuro llevando consigo, con libertad y orgullo, las palabras que los acompañan.
Acerca de la Autora

Yoimar Falcon es una educadora venezolana trilingüe con cerca de 30 años de experiencia en educación en Canadá y Estados Unidos. Actualmente trabaja en educación bilingüe en Texas y es fundadora de Building Literacy Bridges, una iniciativa que conecta la lectura, la escritura, las familias y las comunidades. Su trabajo se enfoca en acompañar a estudiantes multilingües y reconocer el valor de sus lenguas, historias y experiencias.





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