Es importante contar nuestras historias. Al hacerlo, no solo plasmamos nuestras realidades particulares, sino que, al reunirlas, construimos poco a poco una narrativa coherente, una imagen común e identificable que nos permite entender mejor lo que estamos viviendo y conservar un testimonio de lo ocurrido. Un testimonio tanto para nosotros mismos como para otros, ajenos a nuestras circunstancias.

Incontables son los grupos humanos —ya sean étnicos, religiosos o pertenecientes a otro tipo de minorías— cuyas historias han sido relegadas al margen por numerosas razones. Puede ocurrir porque se consideren contradictorias o simplemente «inconvenientes» para las opiniones e ideas de la mayoría. Otras veces se debe simplemente al prejuicio, en alguna de sus variantes, como si el hecho de ser humanos y contar nuestras historias constituyera una amenaza.

Y algunas veces sí lo es: una amenaza para aquellos que nos han herido, humillado, amenazado y despojado de nuestra integridad, de nuestros derechos e incluso de nuestra vida.

Sea como fuere, creo que debemos sentirnos agradecidos por algo: vivimos en una época en la que tenemos enormes facilidades tanto para contar nuestras historias como para hacerlas llegar a un público dispuesto a escucharlas.

Después de todo, algunas de las obras más queridas y memorables del último siglo —un siglo caracterizado, entre otras cosas, por los grandes desplazamientos humanos— son precisamente historias surgidas de la diáspora.

Algunos ejemplos memorables son:

  • El violinista sobre el tejado, de Joseph Stein, acerca de los habitantes judíos de una pequeña aldea de Europa Oriental que se ven obligados a emigrar a causa de los pogromos.
  • La saga de El padrino, de Mario Puzo, llevada al cine por Francis Ford Coppola, sobre varias generaciones de una familia siciliana que termina involucrándose en el crimen organizado para abrirse paso en Estados Unidos.
  • Persépolis, de Marjane Satrapi, una autobiografía que gira en torno a crecer durante la Revolución Islámica en Irán, emigrar a Europa y encontrarse a uno mismo entre dos culturas.
  • Vientos de agua, de Juan José Campanella, una coproducción televisiva entre Argentina y España que aborda, por una parte, la emigración española hacia Sudamérica y, por otra, el fenómeno más reciente de sudamericanos que emigran a Europa debido a los problemas económicos y políticos que sacuden al continente.
  • Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie, acerca de una mujer nigeriana que intenta abrirse paso en Estados Unidos.
  • La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz, centrada en las desventuras de un joven perteneciente a una familia dominicana de Nueva Jersey marcada por la emigración y por la dictadura de Rafael Trujillo.
  • Emigrantes, de Shaun Tan, una serie de ilustraciones surrealistas que narran las experiencias de diferentes habitantes de un mundo onírico en busca de un nuevo hogar.

Estas pocas obras, la mayoría literarias, ponen rostro no solo a historias personales, sino también a experiencias comunes. Nos ayudan a expresar mediante palabras e imágenes realidades con las que, de otra manera, sería difícil empatizar o que incluso resultarían difíciles de explicar.

A veces puede resultar incómodo o incluso doloroso contar nuestras historias. Pero dejar constancia de lo que somos, de lo que vivimos y de aquello por lo que hemos pasado es importante.

De lo contrario, otros contarán nuestras historias por nosotros. Y fácilmente podrían ser los mismos que en el pasado nos han herido, humillado, amenazado y despojado de nuestra integridad y de nuestros derechos.

Son nuestras historias y no podemos permitir que nadie nos quite eso.

José González Vargas

gonzalezvargas91@gmail.com

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