A las dos de la tarde del 9 de septiembre, Gabriel San Miguel salió del Helicoide.

Ocho horas después abandonaba Venezuela rumbo a Madrid.

Tenía 24 años, era abogado y acababa de pasar 82 días preso después de participar en actividades relacionadas con la promoción del referéndum revocatorio.

Cuando conversamos con él para Diáspora Venezolana, su llegada a España era todavía reciente. No había salido del país como parte de un proyecto personal ni buscando nuevas oportunidades profesionales.

Se había marchado porque consideraba que su integridad física no estaba garantizada.

«Estoy aquí ya que no puedo estar en Venezuela en este momento», explica.

Madrid se convirtió así en el lugar desde donde comenzó una nueva etapa: la de un joven obligado a vivir fuera de su país que, sin embargo, no estaba dispuesto a guardar silencio.

82 días preso

Gabriel San Miguel y Francisco «Pancho» Márquez habían sido designados por la Mesa de la Unidad Democrática para apoyar el proceso de validación del 1 % de las firmas relacionadas con el referéndum revocatorio en el estado Portuguesa.

Durante el trayecto fueron detenidos por la Guardia Nacional.

San Miguel relata que posteriormente fueron presentados ante tribunales y acusados de delitos que rechazaban haber cometido.

Comenzó entonces una experiencia que lo llevaría por distintos centros de reclusión.

Un destacamento de la Guardia Nacional en Cojedes.

La cárcel 26 de Julio, en San Juan de los Morros.

Tocuyito.

Y finalmente el Helicoide, en Caracas.

Gabriel permaneció detenido durante 82 días.

Francisco Márquez, 121.

«No teníamos ninguna garantía»

Cuando le pedimos que describa aquellos meses, Gabriel recuerda especialmente la incertidumbre.

Durante las primeras 48 horas, asegura, permanecieron aislados e incomunicados.

No pudieron conversar con sus familiares ni preparar con normalidad su defensa. El primer contacto con sus abogados se produjo poco antes de comparecer ante el tribunal.

Después llegarían las condiciones de las cárceles.

San Miguel las describe como «absolutamente inhumanas».

Especialmente duro fue el período que pasó en la cárcel 26 de Julio.

Según su testimonio, permaneció durante 45 días aislado en una celda oscura, insalubre y prácticamente sin luz natural.

Podían pasar jornadas enteras encerrados.

En algunos momentos, recuerda, llegaban a permanecer diez o doce días sin salir de aquella celda.

Posteriormente comenzaron a disponer de aproximadamente una hora semanal fuera de ella.

Las conversaciones con sus abogados eran además limitadas y, según denuncia, grabadas.

Para Gabriel, la experiencia no consistió únicamente en perder la libertad.

También fue vivir con la sensación permanente de no saber qué podía ocurrir después.

La solidaridad dentro de la cárcel

Hubo, sin embargo, algo que Gabriel recuerda de otra manera.

La reacción de los demás presos.

Cuando llegaban a un nuevo centro penitenciario, los otros reclusos querían saber por qué estaban allí.

Gabriel y Francisco explicaban que su detención estaba relacionada con actividades políticas.

Según cuenta, la respuesta fue de solidaridad.

No sintieron rechazo por parte de la población reclusa.

En medio de un entorno extremadamente difícil, esa comprensión ayudó a hacer algo más llevadera la experiencia.

Y especialmente importante fue compartirla con Francisco Márquez.

Los dos ya eran amigos antes de ser detenidos.

Después de pasar juntos por la cárcel, Gabriel habla de algo distinto:

una relación de hermandad.

Presos políticos

Hay una expresión sobre la que Gabriel no acepta ambigüedades.

Cuando le preguntamos por la manera de referirse a quienes se encontraban encarcelados por razones políticas, responde inmediatamente:

«Presos políticos».

Para él, cambiar las palabras significa también diluir lo que aquellas personas y sus familias estaban viviendo.

Habla desde una experiencia que conoce personalmente.

La separación familiar.

El aislamiento.

La incertidumbre.

La posibilidad de permanecer detenido sin garantías suficientes.

Por eso considera fundamental continuar hablando de quienes permanecen encarcelados y exigir su liberación.

De la libertad al avión

La salida de la cárcel no significó para Gabriel recuperar inmediatamente su vida anterior.

Fue liberado el 9 de septiembre alrededor de las dos de la tarde.

Esa misma noche abandonó Venezuela.

Tenía ciudadanía española además de venezolana, lo que facilitó su llegada a Madrid.

Pero la rapidez con la que tuvo que marcharse explica la naturaleza de aquella emigración.

No hubo tiempo para planificar una nueva vida.

No hubo un proyecto profesional preparado.

No hubo una despedida normal.

Había que salir.

Gabriel explica que existía el temor de ser detenido nuevamente o de que ocurriera algo que comprometiera su integridad.

Por eso Madrid no aparece en su relato como destino elegido.

Aparece como refugio.

Hablar de Venezuela desde fuera

Una vez en España, Gabriel decidió que su distancia del país no significaría abandonar aquello por lo que había estado trabajando.

Su intención era utilizar su presencia en Europa para hablar de Venezuela y, especialmente, de la situación de los presos políticos.

También piensa en quienes se han visto obligados a emigrar.

Personas que dejaron Venezuela por razones políticas.

Por inseguridad.

Por falta de oportunidades.

Por no encontrar las condiciones necesarias para construir una vida.

Gabriel está convencido de que muchos de ellos quieren regresar.

Porque una cosa es construir una vida fuera y otra muy diferente dejar de sentirse parte del país del que se salió.

El tiempo de los jóvenes es ahora

Cuando le preguntamos qué mensaje enviaría a los jóvenes venezolanos, Gabriel habla con especial intensidad.

No concibe a la juventud únicamente como una promesa para el futuro.

Su momento, dice, es el presente.

Por eso insiste en tres ideas:

formarse, participar y actuar.

A quienes permanecen en Venezuela los anima a continuar preparándose e involucrándose en la construcción del país que quieren.

Pero también tiene un mensaje para quienes han emigrado.

Aprovechar el tiempo fuera.

Estudiar.

Formarse.

Vivir experiencias.

Conocer otras sociedades.

Aprender nuevas prácticas.

Y conservar todo ese conocimiento para que, de una manera u otra, pueda ser útil a Venezuela.

El hecho de estar lejos no debería significar desconectarse.

«Hablemos de Venezuela», pide.

En el trabajo.

Con los amigos.

En espacios públicos y privados.

Mantener el país presente también desde la distancia.

¿Es optimista?

Después de haber pasado por cuatro centros de reclusión y haberse visto obligado a abandonar Venezuela horas después de recuperar la libertad, podría esperarse una respuesta pesimista cuando le preguntamos por el futuro.

Pero Gabriel responde que sí.

Es optimista.

Está convencido de que ningún sistema autoritario puede mantenerse indefinidamente frente a una sociedad que reclama cambios.

Por eso interpreta lo que vivió no como el final de su participación en Venezuela, sino como otra etapa de la misma lucha.

Desde Madrid.

Desde Europa.

Desde donde le corresponda estar.

¿Volverías a Venezuela?

La última pregunta parece inevitable.

¿Cree que podrá regresar pronto?

Gabriel vuelve a responder con seguridad.

Está convencido de que sí.

Y no piensa únicamente en sí mismo.

Piensa en otros venezolanos que viven fuera.

En quienes tuvieron que exiliarse.

En quienes siguen presos.

En quienes esperan recuperar plenamente sus derechos.

Su esperanza es poder regresar junto con muchos de ellos y continuar sus vidas sin miedo a volver a ser detenidos por participar políticamente.

Gabriel San Miguel entró en prisión con 24 años.

Ochenta y dos días después salió de una celda y, prácticamente sin transición, comenzó una vida fuera de Venezuela.

Pero cuando habla de su futuro no habla de quedarse lejos.

Habla de regresar.

Tal vez por eso, cuando se despide, no lo hace describiendo Madrid ni preguntándose qué hará allí.

Su última mirada continúa dirigida al mismo lugar:

«Vamos todos por la mejor Venezuela».

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