El sol todavía ilumina la playa de Las Teresitas cuando comenzamos a caminar con Sinaí Pérez. Son alrededor de las siete de la tarde y, aunque estamos en Tenerife, hay algo en el paisaje que permite a una venezolana sentirse cerca de casa.

Quizás sea el mar.

Sinaí nació en Caracas, pero prácticamente toda su vida venezolana estuvo ligada a otro lugar. Apenas tenía ocho meses cuando su familia se marchó de la capital. Años después se convertiría en periodista y regresaría profesionalmente a Caracas para trabajar en medios como El Nacional, la revista Producto y el diario El Propio.

Ahora acaba de comenzar otra historia.

Esta vez al otro lado del Atlántico.

La situación de Venezuela la llevó hasta Tenerife, donde tenía una conexión familiar que venía de mucho antes: su abuelo era canario y parte de su familia permanece en las islas.

Así que su emigración tiene algo particular.

Sinaí se ha marchado de su país, pero también ha llegado a la tierra de la que alguna vez salió una parte de su propia familia.

Las Teresitas: empezar junto al mar

Nuestro recorrido comienza en Las Teresitas, la playa más conocida de Santa Cruz de Tenerife, situada junto al pueblo de San Andrés.

Sinaí lleva muy poco tiempo en la isla.

Apenas una semana.

Sin embargo, ya habla del lugar con la curiosidad de quien empieza a hacerlo suyo.

Nos cuenta cómo durante el verano los habitantes de Santa Cruz buscan refugio junto al mar, cómo la playa se llena cuando aumenta la temperatura y cómo sus quioscos se convierten también en espacios de encuentro donde no es extraño escuchar salsa, merengue y otros ritmos latinos.

Para alguien que viene de Venezuela, algunos sonidos resultan familiares.

El paisaje también guarda una historia particular.

Desde lo alto puede apreciarse el contraste entre la arena clara de Las Teresitas y el color mucho más oscuro del litoral volcánico que la rodea. La playa fue transformada durante el siglo XX con arena procedente del Sáhara y protegida mediante un rompeolas que mantiene sus aguas tranquilas.

Desde allí también observamos las pequeñas embarcaciones, el movimiento marítimo de las islas y el pueblo de San Andrés.

Sinaí mira el paisaje y reconoce inmediatamente una de las cosas que más le gustan de Tenerife.

El mar.

«Me encanta el mar, me encanta la playa», dice.

Para alguien que comienza una vida lejos del país donde creció, estar rodeada de agua parece proporcionar cierta continuidad.

Llegar y volver a ser periodista

Emigrar supone muchas veces dejar en suspenso la profesión que se ejercía en Venezuela.

Sinaí llegó a Tenerife siendo periodista, pero sin saber exactamente cómo reconstruiría allí su vida profesional.

La primera oportunidad apareció casi inmediatamente.

Durante su primera semana en la isla conoció a una persona vinculada a Puro Sabor FM. Le hicieron una prueba de locución y comenzó a grabar comerciales para la emisora.

Era un comienzo pequeño, pero importante.

Porque una de las dificultades de emigrar consiste precisamente en eso: demostrar nuevamente quién eres profesionalmente cuando buena parte de la trayectoria que construiste quedó del otro lado del océano.

Sinaí había trabajado durante años en medios venezolanos.

En Tenerife comenzaba otra vez.

El barrio antes de la playa

Dejamos atrás Las Teresitas y continuamos hacia San Andrés.

El pueblo existe mucho antes que la playa que hoy atrae a miles de visitantes. Sus calles, sus casas y su relación con el mar forman parte de otra Tenerife, distinta de la imagen puramente turística de la isla.

Durante el recorrido, Sinaí va descubriendo también esas capas.

Hay algo especialmente significativo en su manera de mirar Canarias.

Muchas de las cosas que observa le permiten comprender historias que había escuchado durante años en su propia familia.

Su abuelo hablaba de aquella tierra.

Ahora ella puede caminarla.

La migración, en su caso, parece haber invertido la ruta de generaciones anteriores.

Durante décadas fueron miles los canarios que cruzaron el Atlántico y construyeron vidas en Venezuela. Mucho tiempo después, una nieta de canario hace el viaje en dirección contraria.

Y comienza a entender desde el lugar de origen algunas de las historias que escuchaba en casa.

Descubrir el país propio en los ojos de otros

Sinaí también se ha encontrado con algo que quizás no esperaba.

Personas que hablan con cariño de Venezuela.

Gente que conoce lo que ocurre en el país, que lamenta su situación y que conserva una buena imagen de los venezolanos.

Eso importa cuando se acaba de emigrar.

Porque salir de Venezuela no significa únicamente adaptarse a nuevas calles, horarios, empleos o formas de hablar. También significa descubrir cómo otros observan el país que uno acaba de dejar.

En Tenerife, Sinaí dice haberse encontrado con gente buena y con personas que valoran su país.

Quizás la relación histórica entre Canarias y Venezuela explique parte de esa cercanía.

Aquí existen familias partidas entre ambos lados del Atlántico, historias de emigración en las dos direcciones y palabras, costumbres y afectos que viajaron durante generaciones.

Sinaí forma ahora parte de una nueva página de esa historia.

Candelaria y las raíces canarias

El recorrido continúa hacia otro lugar cargado de significado: Candelaria.

Estamos frente a la basílica y a las figuras que recuerdan a los guanches, los habitantes originarios de Canarias.

Aquí aparece además una persona especialmente importante para Sinaí: una mujer canaria que vivió durante 28 años en Venezuela.

El encuentro resume de alguna manera todo el episodio.

Una venezolana descendiente de canarios que acaba de instalarse en Tenerife conversa con una canaria que pasó buena parte de su vida en Venezuela.

Dos migraciones.

Dos direcciones.

Una misma relación entre territorios que llevan generaciones conectados.

Frente a la Basílica de Nuestra Señora de Candelaria, patrona de Canarias, la historia personal de Sinaí se mezcla inevitablemente con una historia mucho más grande.

Porque Venezuela y Canarias llevan demasiado tiempo intercambiando personas como para explicar sus vínculos únicamente con mapas.

Hay familias.

Recuerdos.

Acentos.

Comidas.

Personas que nacieron en una orilla y envejecieron en la otra.

Y descendientes que, décadas después, recorren el camino inverso.

«Venezuela se quedó con casi todo mi corazón»

Después de recorrer Tenerife llega la pregunta con la que tantas veces terminan nuestras conversaciones con venezolanos que viven fuera.

¿Volverías a Venezuela?

Sinaí no necesita demasiado tiempo para responder.

«Siempre».

Para ella, regresar no es incompatible con comenzar una nueva vida en Tenerife.

Puede apreciar el lugar que la recibe, descubrir sus raíces familiares y construir allí nuevas oportunidades sin que eso sustituya lo que siente por Venezuela.

«Como buen hijo, hay que volver», dice.

Y entonces resume su relación con el país que acaba de dejar de una manera mucho más sencilla que cualquier explicación sobre migración:

«Venezuela no tiene precio, no tiene comparación».

Tenerife puede convertirse en su nueva casa.

Puede encontrar allí familia, trabajo, amigos y un paisaje rodeado por ese mar que tanto necesita.

Puede incluso reconocerse en las historias de su abuelo y descubrir que una parte de ella ya pertenecía a estas islas antes de llegar.

Pero hay cosas que viajar en avión no consigue trasladar completamente.

«Venezuela se quedó con mucho de mí», dice antes de corregirse.

«No solo con mi vida, sino con casi todo mi corazón».

Y frente al Atlántico resulta difícil imaginar un final mejor para esta historia.

Porque el mismo océano que hoy separa a Sinaí de Venezuela es también el que, durante generaciones, ha unido a Venezuela con Canarias.

 

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