Hay ciudades que uno escoge por razones muy concretas.

Javier Barazarte eligió Barcelona por una que cualquier venezolano entiende con facilidad: El mar.

Nació y creció en Ciudad Bolívar hasta los 17 años. Después se trasladó a Puerto La Cruz para estudiar Ingeniería en la Universidad de Oriente, una carrera que finalmente no terminó. El camino lo llevó hacia otro lugar: estudió Derecho, trabajó en tribunales en Caracas y se especializó en Derecho Marítimo.

Años después, la situación política y laboral de Venezuela terminó empujándolo hacia otro cambio.

Se marchó a Barcelona para estudiar.

Y se quedó.

Cuando recorremos la ciudad con él lleva ya seis años viviendo allí y su vida profesional tiene muy poco que ver con aquella que dejó en Venezuela.

Hoy representa artistas, participa en proyectos relacionados con el arte y ejerce también como profesor.

Pero quizá lo más interesante de su historia no sea únicamente cómo reconstruyó su carrera.

Es cómo decidió integrarse en el lugar al que llegó.

Barcelona porque tiene playa

Javier lo dice casi como si no hubiera alternativa.

Escogió Barcelona por la playa.

«Venezolano que no es playero no existe», bromea.

Echa de menos los sabores relacionados con el mar y recuerda especialmente las empanadas de cazón.

El Mediterráneo no sustituye el Caribe, pero estar cerca del agua hizo que Barcelona resultara especialmente atractiva cuando tuvo que escoger dónde comenzar aquella nueva etapa.

Llegó inicialmente para estudiar.

Después llegaron las oportunidades.

Y Barcelona terminó convirtiéndose en su casa.

De abogado a representante de artistas

En Venezuela, Javier había construido su carrera alrededor del Derecho.

En España su trayectoria terminó desplazándose hacia terrenos completamente diferentes.

Se dedica a la representación artística mediante un proyecto con actores, actrices, guionistas, escritores y directores.

Además, participa en una galería online vinculada con París que trabaja con artistas de distintas disciplinas y colabora con exposiciones, galerías y festivales.

A eso suma otra faceta:

la docencia.

Javier es profesor y dirige un máster relacionado con organización de eventos, protocolo y turismo de negocios.

Cuando habla de todas estas actividades se percibe que ha encontrado una nueva vocación especialmente ligada a la gestión de artistas.

Emigrar transformó, por tanto, mucho más que su dirección postal.

Transformó también su vida profesional.

Santa María del Mar

Nuestro recorrido comienza junto a Santa María del Mar.

Javier nos habla del templo, de la historia que conoce sobre su construcción y de la popularidad que adquirió gracias a La catedral del mar, la novela de Ildefonso Falcones.

Es una primera señal de algo que aparecerá repetidamente durante nuestro paseo.

Javier no se limita a vivir en Barcelona.

Ha querido conocerla.

Sus edificios.

Su cultura.

Sus calles.

Su historia.

Esa curiosidad está directamente relacionada con su propia concepción de lo que significa emigrar.

Porque para él la integración no consiste únicamente en encontrar trabajo y residencia.

También implica comprender el lugar en el que uno ha decidido vivir.

Aprender catalán para abrir puertas

Llegamos hasta la zona de la Universidad de Barcelona y aparece uno de los temas inevitables para quien se instala en Cataluña.

El catalán.

Javier tiene una posición muy clara.

No plantea la cuestión desde la obligación, sino desde la integración.

Si alguien llega a una región con una lengua propia, se pregunta, ¿por qué no aprenderla?

Eso fue precisamente lo que hizo.

Aprendió catalán.

Puede utilizarlo y, sobre todo, puede seguir conversaciones y participar en ambientes donde se habla.

En su experiencia, aquello no le cerró puertas.

Se las abrió.

Por eso su recomendación para otros venezolanos que lleguen a Barcelona es sencilla:

aprender catalán.

Especialmente cuando se emigra con niños, porque ellos probablemente lo incorporarán naturalmente dentro de su vida educativa.

Para Javier, aprender la lengua forma parte de algo más amplio.

Conocer las costumbres.

Comprender las expresiones culturales.

Saber dónde se está viviendo.

Y mostrar interés por la sociedad que te ha recibido.

«Adaptación es parte de la adaptación», resume durante nuestra conversación.

Su experiencia le ha permitido construir además numerosas amistades con catalanes y sentirse cada vez más integrado en Cataluña.

Vivir en el centro de Barcelona

Javier nos abre también las puertas de su casa.

Vive con su prima cerca de Plaza Cataluña.

Antes había pasado por otros barrios de Barcelona. Vivió cerca de Diagonal Mar, donde disfrutaba especialmente de la proximidad de la playa, y posteriormente en la zona de Urquinaona.

Ahora está en pleno centro.

Esa ubicación encaja especialmente bien con alguien que disfruta la vida de la calle.

Javier habla de los músicos.

De las plazas.

De los espacios culturales.

De la posibilidad de salir y encontrarse constantemente con alguna manifestación artística.

Precisamente el arte ha ido ocupando un lugar cada vez mayor en su vida desde que llegó a España.

La otra cara del centro

Vivir en el corazón de una gran ciudad también tiene inconvenientes.

Cuando hablamos de seguridad, Javier menciona especialmente los hurtos y los carteristas.

Él mismo ha tenido varias experiencias.

Le han quitado la cartera sin que lo percibiera, perdió un teléfono después de dejarlo a la vista en un gimnasio y sufrió además un robo en una vivienda anterior.

Aun así, su relato diferencia claramente esos episodios de otras formas de violencia.

Como en tantas ciudades turísticas, explica, hay que prestar especial atención a las pertenencias en las zonas más transitadas y en el transporte público.

Es parte también de conocer cómo funciona el lugar donde se vive.

Una plaza «mágica»

Seguimos caminando.

Barcelona está llena de lugares reconocibles, pero Javier quiere enseñarnos uno por el que siente algo especial.

La plaza de Sant Felip Neri.

Antes incluso de entrar ya intenta prepararnos.

«Esta plaza para mí es mágica».

Cuando llegamos, comprendemos que no habla solamente de arquitectura.

Javier cree profundamente en la energía de los lugares.

La plaza le transmite algo que resulta difícil traducir en una explicación racional.

Y esa dimensión también forma parte del redescubrimiento personal que ha vivido durante sus años en España.

Barcelona no ha sido solamente el territorio donde consiguió estabilidad profesional.

También ha sido un espacio donde ha descubierto nuevas sensibilidades.

Descubrir el arte desde la distancia

Javier reconoce que durante su vida en España ha desarrollado aún más su sensibilidad hacia las artes.

Siempre fue melómano.

Le gusta especialmente la música electrónica, aunque escucha también música latina y sigue a artistas jóvenes venezolanos y colombianos.

Pero España le permitió descubrir otra fascinación.

La guitarra española.

Dice que le toca especialmente.

Quizá no sea casualidad que buena parte de su nueva vida profesional haya terminado girando alrededor de artistas.

Los representa.

Trabaja con proyectos culturales.

Colabora con galerías.

Enseña.

Y camina por una ciudad cuya vida artística parece alimentar continuamente esa nueva faceta.

Sant Jaume y el corazón político de la ciudad

Nuestro recorrido continúa hasta la plaza de Sant Jaume.

Javier nos muestra los edificios institucionales y las distintas banderas que forman parte del paisaje político catalán.

Es otra capa de Barcelona.

La ciudad del mar.

La ciudad turística.

La ciudad artística.

Pero también la ciudad de una identidad cultural y política muy marcada.

Para Javier, conocer esas dimensiones forma parte precisamente de integrarse.

No hace falta haber nacido en un lugar para intentar comprenderlo.

Y quizá esa sea una de las ideas que mejor define todo el episodio.

¿Volverías a Venezuela?

Después de recorrer Barcelona llega nuestra pregunta habitual.

¿Volverías a vivir en Venezuela?

Esta vez no hay una respuesta inmediata.

En sus planes de corto y medio plazo, Venezuela no aparece como destino para establecerse nuevamente.

Pero hay algo que sí tiene claro:

le gustaría regresar algún día a Latinoamérica.

Extraña la calidez.

El sabor latino.

La manera de relacionarse.

Ese tipo de cercanía humana que continúa formando parte de él aunque haya logrado integrarse plenamente en Cataluña.

Venezuela, sin embargo, todavía no está en esos planes inmediatos.

«No me lo pongas todavía en el camino», responde.

Quizás algún día.

Por ahora prefiere definirse de otra manera:

ciudadano del mundo.

Y después de caminar con él por Barcelona, la expresión adquiere un significado más preciso.

Javier Barazarte salió de Venezuela como abogado.

Llegó a Barcelona para estudiar.

Aprendió catalán.

Descubrió nuevas sensibilidades artísticas.

Se convirtió en representante de creadores y docente.

Construyó amistades.

Aprendió las costumbres del lugar.

Hizo suyas algunas de sus calles.

Pero sigue extrañando el sabor latino y sabe que hay una parte de sí mismo que pertenece al otro lado del océano.

Tal vez integrarse no consista en escoger entre el lugar del que vienes y aquel al que llegaste.

Tal vez consista precisamente en ser capaz de llevar ambos contigo mientras sigues caminando.

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