Virginia Finol llegó a España después de visitar a un amigo venezolano que ya vivía en el país. Lo que encontró durante aquel viaje —tranquilidad y una calidad de vida que imaginó también para su hijo— terminó abriendo la puerta a una nueva etapa. Más de una década después, su mensaje para quienes forman parte de la diáspora venezolana es sencillo: tener paciencia, integrarse y avanzar sin perder nunca las raíces.
A veces una decisión que cambia una vida comienza simplemente con una visita.
Virginia Finol llegó a España para encontrarse con un amigo venezolano que ya se había establecido en el país.
Durante aquella estancia observó algo que llamó especialmente su atención: la calidad de vida que su amigo podía ofrecer a sus hijos.
Virginia también tenía un hijo.
Y comenzó a imaginar la posibilidad de ofrecerle algo parecido.
La tranquilidad como punto de partida
Uno de los aspectos que más recuerda de aquella primera experiencia en España es la tranquilidad.
Era una sensación que contrastaba con la realidad que conocía en Venezuela y que terminó influyendo en la manera en que comenzó a pensar su futuro.
Emigrar significaba, como para tantas personas, abandonar una vida que ya tenía construida.
En Venezuela trabajaba en la Universidad del Zulia.
Tenía su rutina, su entorno y una vida conocida.
Pero apareció la posibilidad de comenzar nuevamente en otro país.
Y decidió intentarlo.
Una nueva vida vinculada al deporte
Con el paso de los años, Virginia construyó también su espacio profesional en España.
Actualmente desarrolla su actividad en el mundo del deporte, trabajando en clubes deportivos, dando clases y desempeñándose como monitora de sala.
Su trayectoria muestra una de las realidades habituales de la emigración: la necesidad de adaptarse a un nuevo mercado laboral y encontrar caminos diferentes a los que se tenían antes de marcharse.
Después de más de una década fuera de Venezuela, esa experiencia también le permite mirar el proceso migratorio desde otra perspectiva.
Ya no únicamente desde la llegada.
También desde todo lo que ocurre después.
«Mucha paciencia»
Cuando se le pregunta qué recomendaría a los millones de venezolanos que viven fuera del país y que continúan extrañándolo, Virginia comienza por algo elemental:
paciencia.
Adaptarse a un país nuevo requiere tiempo.
No se trata solamente de conseguir trabajo o encontrar una vivienda.
También implica comprender una sociedad diferente, relacionarse con nuevas personas y aprender a formar parte del lugar en el que se ha decidido vivir.
Para Virginia, la integración es fundamental.
Integrarse sin dejar de ser venezolano
Su reflexión probablemente resume mejor que ninguna otra frase toda su experiencia migratoria:
“Tenemos que integrarnos siempre, sin perder nuestras raíces.”
Llegar de otro país significa entrar en una sociedad que ya tiene sus propias costumbres, códigos y formas de relacionarse.
Integrarse implica conocerlas, respetarlas y participar de ellas.
Pero eso no significa abandonar aquello que nos define.
La memoria.
Las costumbres.
La familia.
La manera de hablar.
Los recuerdos.
El vínculo con Venezuela.
Para Virginia, ambas cosas pueden coexistir.
Se puede construir una nueva vida en otro país sin dejar atrás la identidad con la que se llegó.
Una experiencia de más de una década
El tiempo cambia también la manera de entender la emigración.
Después de más de diez años fuera de Venezuela, Virginia habla desde la experiencia de quien ya ha atravesado muchas de las etapas de ese proceso.
Llegar.
Adaptarse.
Trabajar.
Integrarse.
Criar a un hijo.
Construir nuevas relaciones.
Y aprender a vivir entre dos lugares que, de distintas maneras, terminan formando parte de una misma vida.
Su mensaje a la diáspora venezolana no está construido alrededor de grandes fórmulas.
Está basado en algo mucho más cotidiano:
tener paciencia.
Integrarse.
Seguir avanzando.
Y no perder las raíces.
Porque emigrar puede cambiar el lugar donde vivimos.
Pero no necesariamente el lugar del que sentimos que venimos.
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