Freismar Rangel es de Valle de la Pascua, en el estado Guárico. Llanera, madre y profundamente unida a sus raíces venezolanas, llegó a España para reencontrarse con sus hijos y buscar para ellos una estabilidad que en Venezuela se había vuelto cada vez más difícil de alcanzar. Hoy reconstruye su vida en Pamplona, adaptándose a una nueva cultura, a la distancia y hasta al frío.
“Llanera negrita total, cien por ciento”, dice Freismar cuando habla de sus orígenes. Es de Valle de la Pascua, en pleno estado Guárico, y esa identidad la acompaña incluso a miles de kilómetros de Venezuela.
Su camino migratorio la llevó primero a España y posteriormente a Pamplona, donde se reencontró con sus hijos, que ya se encontraban en el país junto a su padre.
Comenzaba así una nueva etapa de su vida.
Empezar de nuevo en Pamplona
Adaptarse no ha sido sencillo, pero Freismar habla de esa experiencia con el carácter de quien sabe que emigrar implica aprender prácticamente todo otra vez.
Una cultura diferente, nuevas costumbres y un clima muy distinto al del llano venezolano forman parte de su nueva realidad.
El frío de Pamplona ha sido uno de esos pequeños desafíos cotidianos.
“Siempre digo: ¡qué frío, qué frío!”, cuenta.
Pero inmediatamente relativiza esa dificultad cuando la compara con las circunstancias que la llevaron a abandonar Venezuela.
Para ella, la tranquilidad que ha encontrado en España termina pesando mucho más que cualquier dificultad relacionada con el clima.
También destaca el apoyo recibido desde su llegada, especialmente a través de la asociación Asvel, a la que acudió en busca de orientación y ayuda durante su proceso de adaptación.
Y sigue adelante con una expresión que resume buena parte de su forma de afrontar la emigración: como una “guerrera venezolana y llanera”.
La salud de su hijo también marcó la decisión
Detrás de su emigración existe además una razón especialmente importante: la salud de uno de sus hijos.
Freismar recuerda que el niño tuvo un problema en una pierna mientras todavía se encontraban en Venezuela. Según relata, en su localidad no consiguieron acceder al tratamiento y al antibiótico adecuados.
La situación terminó complicándose y la bacteria desarrolló resistencia al medicamento utilizado.
Su hijo ha tenido que pasar posteriormente por varias operaciones.
En España, explica Freismar, ha podido recibir atención médica y continúa con su tratamiento.
“Gracias a Dios, el niño está siendo tratado y está respondiendo bien”, cuenta.
Todavía quedan procedimientos por delante, pero poder atender adecuadamente la salud de su hijo es una de las razones que dan sentido al enorme cambio que supuso dejar Venezuela.
Una vida lejos de la familia
Aunque sus hijos están con ella, buena parte de su familia continúa en Venezuela.
Y cuando se le pregunta si regresaría algún día, la respuesta llega sin demasiadas dudas.
Sí.
Porque allí siguen estando sus raíces.
Para Freismar, la distancia no se mide únicamente en kilómetros. Se siente particularmente en esas pequeñas tradiciones familiares que formaban parte de su vida cotidiana.
Los venezolanos, explica, suelen mantener una relación muy cercana con sus familias.
Las redes sociales permiten hablar, verse y permanecer conectados, pero no pueden sustituir completamente la presencia.
Hace falta, dice, “el calorcito venezolano”.
Ese encuentro alrededor de una mesa.
Los domingos en familia.
El sancocho.
La carne asada.
Las conversaciones y las reuniones que parecen formar parte natural de tantos hogares venezolanos.
Emigrar pensando en sus hijos
Freismar no oculta la nostalgia, pero tampoco pierde de vista la razón por la que está en España.
Busca ofrecer a sus hijos una estabilidad mayor.
Atrás quedaron las dificultades para conseguir alimentos, medicamentos o determinados tratamientos médicos.
Ahora vive el proceso de empezar de nuevo en un país diferente, aprendiendo y adaptándose mientras sus hijos crecen.
Ya conocía España de una etapa anterior de su vida, especialmente las Islas Canarias. Esta vez, sin embargo, el destino terminó llevándola mucho más al norte, hasta Pamplona.
Muy lejos del clima de Guárico.
Pero no de sus raíces.
Porque emigrar puede cambiar el lugar donde vivimos, nuestras rutinas e incluso la manera en que imaginamos el futuro.
Lo que resulta mucho más difícil es desprenderse del lugar al que sentimos que pertenecemos.
Freismar mantiene la esperanza de que algún día Venezuela pueda recuperar las condiciones que permitan regresar.
Mientras tanto, continúa construyendo su vida en España.
Adaptándose.
Cuidando a sus hijos.
Y llevando consigo una parte del llano venezolano allá donde esté.
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