Nathays Henríquez nació en San Felipe, estado Yaracuy, una ciudad venezolana que ella recuerda por el carácter amable y cordial de su gente.
Cuando conversamos con ella en Zaragoza ya habían pasado cinco años desde su llegada a España.
Su camino hasta la capital aragonesa estuvo relacionado con el trabajo, aunque antes de instalarse allí ya conocía la ciudad gracias a una amiga. Con el tiempo, Zaragoza terminó convirtiéndose en un lugar en el que se sentía cada vez más cómoda.
No era una ciudad tan grande como Madrid, pero tampoco demasiado pequeña. Para Nathays, ese equilibrio y la acogida que encontró entre sus habitantes formaban parte de sus ventajas.
Encontrar trabajo también requiere paciencia
Una de las primeras realidades de las que habló durante nuestra conversación fue el empleo.
Encontrar trabajo, reconocía, no siempre resulta sencillo para quien llega a otro país.
Y todavía puede ser más complicado encontrar exactamente el trabajo que uno desea.
Pero Nathays tampoco lo veía como algo imposible.
En su experiencia había una palabra que aparecía constantemente cuando hablaba de emigración:
paciencia.
Paciencia para encontrar oportunidades, para comprender cómo funciona una sociedad diferente y para ir acercándose poco a poco al proyecto de vida que cada persona imaginó cuando decidió marcharse de Venezuela.
Adaptarse va mucho más allá del clima
Cuando le preguntamos qué había resultado más difícil durante sus años en España, Nathays mencionó inicialmente algo que conocen muchos venezolanos que llegan a este país: el clima.
Pero enseguida apareció algo bastante más profundo.
Adaptarse significaba también acostumbrarse al carácter de las personas, las costumbres y todo un contexto social nuevo.
Emigrar supone aprender códigos diferentes.
No necesariamente mejores ni peores. Simplemente distintos.
Y hacerlo mientras se intenta trabajar, organizar una nueva vida y comprobar si el camino que se ha elegido realmente conduce hacia aquello que se buscaba.
Quedarse con lo bueno
Nathays tampoco idealizaba su experiencia.
Cuando hablamos de cómo la habían tratado los españoles y de si alguna vez había sufrido discriminación, su respuesta reconocía que había vivido situaciones diferentes.
Había encontrado personas que la trataron bien y otras que no.
Pero decidió quedarse con las experiencias positivas.
También destacaba los valores, la cultura y las personas maravillosas que había conocido durante aquellos años en España.
Una forma de entender la integración que no negaba las dificultades, pero tampoco permitía que las malas experiencias definieran todo el proceso.
Zaragoza como lugar para comenzar
Para Nathays, Zaragoza podía ser una buena opción para otros venezolanos que estuvieran pensando en emigrar.
Valoraba especialmente la tolerancia de sus habitantes y una disposición a ayudar que había percibido durante su experiencia en la ciudad.
Cada persona ayuda como puede, explicaba.
Y esa sensación de acogida podía resultar especialmente importante para quien llegaba a un país nuevo intentando reconstruir su vida.
“Ya con haber tomado la decisión son personas valientes”
Al final de la entrevista le pedimos que pensara en aquellos venezolanos que todavía estaban en el país pero ya habían decidido emigrar.
Nathays no les prometió un camino sencillo.
Su consejo partía precisamente de reconocer lo contrario.
Emigrar exige esfuerzo y adaptación. Pero tener un proyecto, una idea de qué se quiere conseguir y hacia dónde se quiere avanzar permite comenzar a construir ese camino.
Los resultados, decía, llegan poco a poco.
El tiempo va poniendo algunas cosas en su lugar conforme uno trabaja para conseguirlas.
Y volvía entonces a la misma palabra con la que había explicado buena parte de su experiencia: paciencia.
Su mensaje final estaba dirigido especialmente a quienes todavía sentían miedo ante la decisión de marcharse.
Para Nathays, el simple hecho de haber tomado esa decisión ya decía algo sobre ellos: eran personas valientes.





Deja un comentario