De la diáspora ucraniana a la diáspora venezolana.

Por: Marco T. Socorro

Las imágenes del éxodo venezolano me han hecho recordar la historia que me contó el Sr. Mendel Poliszuk, en Maracaibo, sobre cómo tuvo que huir a pie de Ucrania cuando llegó la barbarie bolchevique a su pueblo, en 1917.

Yo tenía 14 años, él estaba ya muy anciano, iba casi con el siglo. Era mi vecino de enfrente, en la avenida 20. Lo visitaba por las tardes y me contaba cosas apasionantes de la época zarista y de la primera guerra mundial, que coincidieron con su infancia (también me daba clases esporádicas de ruso, de las que recuerdo unas tres palabras si mucho).

Me contó de la tierra fertilísima de Ucrania, cuyo barro casi no dejaba caminar. Su pueblo se llamaba (y llama) Starokonstantinov, que significa “Viejo Konstantinov” y está a medio camino entre Kiev y la actual frontera polaca.

Me habló, con dolor, de una infancia feliz en una comunidad próspera que más tarde sería aniquilada por los nazis. Reconstruyó su pueblo, los graneros, la escuela y la sinagoga.

Cuando llegó la revolución bolchevique, Ucrania, que ya se había visto pillada en la zona de roce y enfrentamiento entre Rusia y Austria-Hungría, se vio arrastrada a la guerra civil rusa. Todo esto me lo contaba con un mapa delante.

Al ver que el frente se acercaba a Starokonstantinov, los líderes del pueblo temieron por sus vidas. Eran terratenientes y hebreos, y por ambas razones estaban en la mira de los bolcheviques.

Así que se organizaron, hace ahora cien años, para que los varones que ya habían hecho el Bar Miztvá escaparan juntos hacia occidente, a pie, de la barbarie bolchevique, que avanzaba y mataba a los que no estaban en su plan revolucionario.

Él tenía mi edad de entonces (14 años). Me contó la despedida, desgarradora. Nadie manda a su hijo menor de edad a que se eche a caminar hacia las fronteras a menos que la muerte aceche. Eso me costaba imaginarlo entonces, como venezolano me resultaba ajeno.

Él no lo sabía entonces, pero esa despedida era definitiva. No volvería a ver a los suyos nunca más. Salieron de madrugada, con lo justo para comer por el camino. La meta era llegar a Besarabia, una región que se corresponde más o menos con la actual Moldavia.

Trataban de irse por los bosques para pasar inadvertidos, pero en una ocasión, ya casi al anochecer, tuvieron que dispersarse porque les disparaban, supongo yo que una tropa bolchevique. Mendel se vio perdido y solo, de noche, en una región de pantanos.

En la oscuridad cayó en un charco profundo y voraz que se lo tragaba. Se iba a ahogar en aquellas arenas movedizas, pero a tientas localizó un arbusto de la orilla y se aferró a él. Agarrado a aquel arbusto se durmió.

Soñó que estaba en su casa, con su mamá, su papá, sus hermanos. Había pan sobre una mesa con mantel, calor de hogar, familia, seguridad. Cuando despertó en la mañana, estaba a la orilla del charco, pero no había ningún arbusto a la vista.

Un misterio total. Me dijo que no había sido ningún milagro ni nada parecido, no creía en esas cosas. Para él Dios había dejado de existir en 1943, y luego me contaría por qué.

El caso es que sobrevivió y consiguió llegar a la frontera salvadora. De ahí a un puerto, que supongo yo que sería Odessa, donde logró embarcarse hacia América. Se me ha borrado de la memoria el trayecto exacto, que seguro que me habrá contado.

Lo que interesa es que, por fin, un día apareció en La Guaira. Y aquí empezaba su loa a Venezuela, que fue su salvación, su seguridad, su refugio, el país donde creció, se casó y tuvo hijos y nietos.

Al llegar le preguntaron el nombre. Cuando dijo que se llamaba Méndel le dijeron algo como: eso no existe, te llamas Manuel y punto. El apellido no se lo cambiaron ni abreviaron, por lo que parece. Atrás quedaba Mendel, el ucraniano, nacía Manuel, el venezolano.

¿Y qué fue de su familia que quedó allá? Yo sabía poco sobre judaísmo, y aunque su casa estaba decorada con el candelabro de siete velas bordado en unos cojines, me dijo que él ya no era judío ni era nada, había perdido la fe en 1943.

Hasta ese año se carteaba con regularidad con su familia en Starokonstantinov, a quienes les tocó formar parte, a la fuerza, de la Unión Soviética. Se enviaban cartas y regalos, así era el correo entonces. Ese año, 1943, dejó de recibir respuestas.

Los nazis habían llegado ese año al pueblo. Obligaron a la población hebrea, para entonces mayoritaria en el pueblo, a cavar una gran fosa. Luego hicieron ponerse en el borde y los ametrallaron. Los mataron a todos. A todos.

Esto lo supo el Sr. Poliszuk después, no sé por qué vía, y con este estremecedor detalle: después de que taparon la fosa, la tierra que cubría a la multitud se siguió moviendo durante tres días, hasta de que acabaron de morir todos.

Recuerdo su cara y mi horror cuando me contó esa parte. Ese día rompió con Dios. Tuvo él que echar tierra también para poder seguir adelante sin aquellos que murieron, que eran toda su familia. La única familia que tendría sería la venezolana.

Ustedes no saben lo que tienen, decía. Supongo que en su momento se sentiría culpable de estar a salvo en Venezuela, mientras los suyos padecían, como me siento yo a veces por tener luz eléctrica y agua corriente en Madrid. No sé.

En su caso no hubo retorno posible. Su mundo desapareció, lo borraron de un día para otro. Se salvaron muy pocos, los que ya habían escapado, y ya no tenían motivos para regresar, ya nadie los esperaba y Ucrania era esclava de otro país.

No será nuestro caso. Me niego. Nosotros sí volveremos. Un día regresarán la justicia, la democracia, la convivencia civilizada y la multitud hoy desperdigada, y Venezuela volverá a ser país de acogida y refugio para los perseguidos de todo el mundo.

Fuente: Hilo de Twitter 

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