Érase una vez Venezuela.

Por: Cathy Ramos

Crecí en una familia de emigrantes canarios. De esos que, allá por los años 50 llegaron a esta tierra de oportunidades a construir un futuro mejor que el que la post-guerra española les ofrecía allá.

Y fue tan maravillosa esta tierra que incluso fue aquí, en Caracas, donde mi madre y mi padre se conocieron y se casaron. Nací en la Parroquia El Recreo, aunque muy pequeña, de 3 años, mi papá comenzó una nueva etapa de negocio en Villa de Cura, estado Aragua, donde ha estado mi centro de gravedad desde entonces.

Una familia trabajadora, muy trabajadora, estudiosa, porque mis padres siempre sacaban tiempo para leer y para aprender cosas nuevas.

Gente que no se conformó en su espacio, siempre buscaba aportar más, en sociedad, a través de los espacios que la época tenía: grupos de música, pintura, clubes sociales como el Centro Hispano, el Club de Leones, la Sociedad Anticancerosa. Siempre liderando, en sus Juntas Directivas, intentando aportar e ir más allá de su cotidianidad familiar y de trabajo.

Conocí la playa a los 11 años, porque antes de eso el trabajo de la panadería no daba espacio para recorrer distancias más allá de Cagua o Los Teques. Así crecimos, estudiamos y fuimos saliendo de casa hacia la universidad. Siempre rodeada del ánimo de ser mejores, y de que hay que trabajar duro para lograrlo.

Hoy vivo en la casa de mis padres, en la que nacieron mis hermanos, y en la que hubo épocas en que nos reuníamos casi todas las familias que vivíamos en Venezuela, para celebrar alguna festividad. Decenas de primos, tíos, padrinos, en fin, un gentío. Así era.

Siento que este lugar es como el bastión de la familia. Una familia que, progresivamente ha ido saliendo del país, incluso antes del inicio de esta tragedia que nos abruma desde hace 20 años. Fuimos quedando nosotros, “los de la Villa”. A pesar de que el pueblo es cada día más desastroso, al llegar aquí me siento en calma, sosiego y en cierto modo, en paz.

Hoy, los de la Villa estamos repartidos, unos en el Cielo y otros regados en varios lugares del mundo. Y, como millones de familias venezolanas, hace algunos años que nos vemos y conversamos a través de las pantallas de nuestros dispositivos electrónicos.

Soy una mujer de fe, católica. Aunque no muy practicante. Siempre en mi casa ha habido replicas de nacimientos, porque en esa imagen veo el renacer permanente de la fe y la esperanza. Por eso nunca los quito, aunque no sea diciembre.

Pero hace unos años, una amiga que la lucha política me regaló, nos demostró con una sencilla explicación que El Niño Jesús si existe, y que es cuestión de saber encontrarlo. Incluso de saber buscarlo en nosotros mismos.

He pasado los últimos días pensando que escribir y como, porque no es fácil representar en unas líneas tanto sentimiento. Este año 2018, ha estado lleno de intensidad, de muchos eventos, familiares, de trabajo, de política.

Vienen a mí mente imágenes maravillosas como la graduación de mi hijo menor (que vi a través del teléfono) o cosas tan tristes como la imagen de la granja de mi familia totalmente desvalijada.

Angustias de mi hija mayor en la distancia necesitando de mi apoyo, alegrías por el aprendizaje de mi hijo del medio aquí en la empresa donde hizo su pasantía.

Satisfacción de logros alcanzados en la responsabilidad universitaria. Luchas duras en política, avanzando a pesar de la incomprensión de algunos, compensadas por cada palabra de aliento y gratitud por lo que se hace, en el rincón más lejano de nuestro país, y por la compañía de una serie de personas de enorme valía, entregados día tras día a la brega de alcanzar la libertad para todos.

Proyectos y sueños que nos entusiasman, avanzan y crecen, junto al descubrimiento de que no todo lo que brilla es oro, aunque lo tengas muy cerca. Amigos cercanos, que siempre presentes con su silenciosa cotidianidad hacen de tu espacio un lugar maravilloso. Gente llena de entusiasmo contagioso que te refuerzan cada vez que los encuentras, y que superan aquellos que aún no saben cómo vivir sin desdibujar a los demás.

Muchos aprendizajes, afortunadamente, que abonan al crecimiento y avance, y que por eso se agradecen con todo el corazón.

En fin, que he estado buscando y buscando como representar todo lo que ha sido este año, en el que nos ha tocado en carne propia la lección terrible de lo que no debe ser para una sociedad, para la familia, para el profesional universitario, para cualquier ciudadano de bien. Quizá en el momento nos cueste verlo, pero justo esos difíciles momentos nos han servido para ratificar con quien, donde y cómo seguir adelante.

Y finalmente lo encontré, al Niño Jesus, en la capacidad de discernir al respecto, en la voluntad de cada uno de nosotros de no dejarse abatir por esta realidad. De no permitir que la distancia y la dificultad nos quiten la posibilidad de reír y querernos. De no desviarnos del camino del bien, de la búsqueda permanente de ser mejores personas, mejores profesionales, mejores ciudadanos. De no perder de vista nunca que es posible estar mejor, y que por ello no debemos conformarnos.

¡De soñar que es posible, de soñar!

Deseo con toda mi alma que esos sueños que cada uno tiene se conviertan en realidad, así como aquellos que compartimos y por los que luchamos sin descanso. Los propios, los del conjunto. Los de la familia, los de los amigos, los del país.

Agradezco a mi familia por todo lo que me han dado, por todo lo que he aprendido de ellos y por tanta paciencia.

Yo seguiré luchando día a día, en cada espacio disponible, para avanzar.

Mi compromiso es que a pesar del desánimo, el susto y la angustia que a veces se quieren instalar, sea mayor la convicción de que lo lograremos y la fuerza para hacerlo. En cada ámbito de mi vida.

¡Los quiero!

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