Para Gaby Martín y Daniel Da Silva, Bululú terminó convirtiéndose en algo más que el negocio que decidieron abrir juntos en Madrid.

Lo describen como una casa.

Un lugar que necesita cuidados constantes, atención y trabajo diario, pero también un espacio en el que quieren que quien entre se sienta recibido de manera cercana.

Esa idea resume bien una historia que comenzó mucho antes de que existiera el local.

Gaby y Daniel se conocían desde Venezuela. Mantuvieron el contacto con el paso del tiempo y terminaron reencontrándose en Madrid, donde la amistad se convirtió en relación y, posteriormente, en un proyecto compartido.

Después de probar distintos caminos profesionales, decidieron emprender en hostelería.

En 2016 abrió Bululú.

De Venezuela a España por caminos diferentes

Gaby llegó a España mientras terminaba su formación universitaria en Farmacia.

Estaba interesada en especializarse en tecnología cosmética y comenzó a buscar posibilidades de formación fuera de Venezuela.

España apareció entonces como destino.

Su relación con el país tuvo distintas etapas, con períodos de estudio, trabajo y regreso a Venezuela antes de establecerse nuevamente.

Daniel también había vivido previamente en Madrid.

Cuando decidió salir definitivamente de Venezuela y regresar a España contaba ya con experiencia laboral en hostelería y con contactos profesionales que conocían su manera de trabajar.

Aquello facilitó enormemente su llegada.

Apenas unos días después de instalarse nuevamente en Madrid consiguió trabajo en un establecimiento del centro de la ciudad.

Comenzó desempeñando responsabilidades de gestión que iban mucho más allá de atender mesas: coordinaba personal, controlaba pedidos e inventarios y participaba en el funcionamiento cotidiano del negocio.

Con el tiempo, toda aquella experiencia se convertiría en una formación práctica para gestionar su propio establecimiento.

Reencontrarse en Madrid

Gaby y Daniel eran amigos desde hacía años.

Cuando él volvió a Madrid se encontraron prácticamente desde el primer día y retomaron una relación que habían mantenido a pesar de la distancia.

Con el tiempo comenzaron a salir como pareja.

El proyecto empresarial apareció después.

Inicialmente contemplaron otras posibilidades. Incluso llegaron a pensar en formarse para trabajar en el sector inmobiliario.

Daniel llegó a probarlo.

Duró nueve días.

Comprendió rápidamente que aquel mundo no era para él y regresó a la hostelería.

Después de otro período trabajando en el sector, ambos comenzaron a plantearse seriamente la posibilidad de crear algo propio.

El miedo antes de emprender

La decisión no fue inmediata.

Gaby y Daniel comenzaron a buscar locales, analizar posibilidades y pensar qué tipo de proyecto querían desarrollar.

Como ocurre con muchos emprendimientos, el entusiasmo convivía con el miedo.

Dejar de trabajar para otros y asumir directamente los riesgos de un negocio implicaba una responsabilidad diferente.

El apoyo de sus familias y amistades terminó siendo importante para dar el paso.

Encontraron un local que anteriormente había funcionado también como establecimiento de restauración y comenzaron a imaginar qué podían construir allí.

Faltaba darle una identidad.

Por qué Bululú

El nombre surgió durante una conversación en el Retiro.

Gaby, Daniel y la hermana de ella —diseñadora gráfica y responsable también de los primeros elementos visuales del proyecto— intentaban encontrar una palabra capaz de representar lo que querían transmitir.

Llegaron a Bululú.

Para ellos evocaba gente reunida, movimiento, mezcla y encuentro.

Encajaba con la personalidad que querían darle al lugar.

El nombre permitía además conservar una referencia reconocible para muchos venezolanos sin convertir el negocio exclusivamente en una propuesta dirigida a la comunidad venezolana.

Bululú abrió el 25 de abril de 2016.

Antes de levantar la persiana habían pasado semanas definiendo qué querían ofrecer, cómo hacerlo y qué relación aspiraban a construir con quienes llegaran al local.

Hacer que el cliente vuelva

Para Gaby y Daniel, una de las claves del negocio está en algo aparentemente sencillo: conocer a las personas que entran.

No quieren que el cliente sea solamente alguien que llega, consume y se marcha.

Con el tiempo, muchos habituales terminaron siendo personas a las que conocían por su nombre y cuyos gustos podían anticipar.

Esa relación se construyó poco a poco dentro del barrio.

Cuando un negocio abre, nadie sabe todavía exactamente qué encontrará detrás de la puerta.

La confianza requiere tiempo.

Por eso ellos hablan de constancia y dedicación como parte fundamental de la evolución de Bululú.

No basta con abrir.

Hay que estar allí todos los días y cuidar el proyecto.

Una carta que mezcla distintas influencias

La propuesta gastronómica también fue evolucionando.

Bululú comenzó a desarrollar una carta amplia en la que conviven desayunos, aperitivos, comidas, hamburguesas, bebidas y algunos sabores relacionados directamente con las raíces venezolanas de sus propietarios.

El aguacate tiene una presencia importante desde las mañanas.

También aparecen preparaciones como mini arepas, carne mechada, plátano macho y papelón con limón.

Pero el objetivo nunca fue construir una reproducción exacta de un restaurante venezolano.

La carta mezcla referencias diferentes.

Esa combinación se aprecia especialmente en las hamburguesas, donde ingredientes latinoamericanos conviven con otros productos y técnicas.

Para Gaby y Daniel, crear nuevos platos forma parte de una de las dimensiones más entretenidas del negocio.

Prueban combinaciones, modifican sabores y observan si el resultado produce esa reacción que buscan cuando alguien come algo y quiere continuar.

Los clientes también participan en la creación

Antes de incorporar determinados productos a la carta, recurren además a algunos de sus clientes habituales.

Con los años, varias de esas personas han dejado de ser únicamente consumidores para convertirse también en amigos.

Cuando aparece una salsa nueva o una hamburguesa experimental, ellos pueden convertirse en los primeros en probarla.

Ese intercambio les proporciona una respuesta directa.

Algo que funciona para quienes están detrás de la cocina no tiene necesariamente que funcionar para quien finalmente va a pedirlo.

Por eso la relación con el cliente también forma parte del proceso creativo.

La carta no se construye solamente desde lo que Gaby y Daniel quieren hacer, sino también desde aquello que observan y aprenden de las personas que regresan al establecimiento.

No ofrecer algo que ellos mismos no disfrutarían

Ese mismo criterio aparece en la selección de bebidas.

Durante la entrevista explicaban que trabajaban con una amplia variedad de cervezas y que disfrutaban personalmente descubriendo y probando opciones diferentes.

La regla era bastante sencilla.

Si ellos mismos no estaban convencidos del producto, no tenía sentido ofrecérselo a otra persona.

Querían que visitar Bululú pudiera incluir también la posibilidad de descubrir algo que el cliente no hubiera probado antes.

La experiencia no dependía únicamente de la comida.

El producto, el trato y el ambiente debían funcionar juntos.

La pandemia y el valor de los clientes habituales

Después de varios años construyendo el negocio llegó la pandemia.

Para la hostelería fue uno de los golpes más duros posibles.

Bululú también tuvo que atravesar aquella incertidumbre.

En ese momento adquirió especial importancia algo que habían construido durante los años anteriores: una comunidad de clientes habituales.

Gaby y Daniel recuerdan el apoyo recibido por personas del barrio que ya conocían el establecimiento y tenían una relación con ellos.

El vínculo desarrollado mediante años de atención personalizada terminó teniendo también consecuencias cuando el negocio atravesó dificultades.

No habían construido únicamente una clientela.

Habían construido relaciones.

Y esas relaciones ayudaron a sostener el proyecto durante una etapa especialmente complicada.

Un negocio que se parece a una casa

Cuando Gaby explica qué significa Bululú para ella, utiliza precisamente esa comparación.

Es como su casa.

Quiere que las personas que entren reciban un servicio cercano, encuentren productos de calidad y sientan que existe alguien atento a su experiencia.

Pero la comparación tiene otra dimensión.

Una casa también requiere mantenimiento.

No puede darse por terminada.

Para Gaby, el negocio se parece incluso a una planta que necesita atención continua para seguir creciendo.

Esa manera de entenderlo explica buena parte de la relación cotidiana que ambos mantienen con el proyecto.

Después de varios años, Bululú no era simplemente algo que habían abierto en 2016 y que continuaba funcionando por inercia.

Seguía siendo un trabajo diario.

Llevar lo aprendido algún día a Venezuela

Como en muchas historias de Diáspora Venezolana, la pregunta sobre regresar termina apareciendo.

En el caso de Gaby y Daniel, la posibilidad adquiere también una dimensión empresarial.

¿Podrían imaginar algún día un Bululú en Venezuela?

La idea les resulta atractiva.

No necesariamente como sustitución de la vida que han construido en España, sino como una oportunidad de trasladar al país parte de lo aprendido durante todos estos años.

Llevar el concepto, la experiencia y la forma de trabajar a quienes no han tenido la posibilidad de conocer el proyecto en Madrid.

En el momento de nuestra conversación, las circunstancias no permitían pensar seriamente en ello.

Pero la posibilidad permanecía abierta.

Construir algo propio después de emigrar

La historia de Bululú puede contarse como la de un restaurante creado por dos venezolanos en Madrid, pero detrás hay bastante más.

Gaby llegó buscando desarrollar su formación y terminó recorriendo distintos caminos profesionales.

Daniel convirtió años de trabajo en hostelería en conocimiento práctico para gestionar un establecimiento propio.

Madrid los volvió a reunir, transformó una amistad en pareja y terminó siendo también el lugar donde pudieron construir un proyecto juntos.

Dentro de Bululú quedaron inevitablemente algunas referencias de Venezuela, pero también todo lo que ambos aprendieron viviendo y trabajando en España.

Quizás por eso la imagen de la casa funciona tan bien.

Una casa no necesita parecerse exactamente a aquella en la que uno creció para convertirse en hogar.

A veces se construye en otro país, con personas nuevas, sabores diferentes y algunas cosas que hemos conseguido traer con nosotros.

Gaby y Daniel encontraron en Madrid el lugar donde construir la suya.

Ver entrevista completa

Puedes ver la entrevista completa con Gaby Martín y Daniel Da Silva, creadores de Bululú, en el canal de YouTube de Diáspora Venezolana.

Ver entrevista completa en YouTube

 

Reportero: Alfonzo Iannucci

Cámara: Ángel Burgos

Fotografías: María Pérez Nucette

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