A poco más de una hora de Madrid, en la provincia de Guadalajara, se encuentra Pareja, un pequeño pueblo de La Alcarria rodeado de naturaleza y situado junto al embalse de Entrepeñas.

Hasta allí llegaron varias familias venezolanas que buscaban algo que en Madrid se les estaba haciendo cada vez más difícil conseguir: una vivienda, un trabajo y la posibilidad de comenzar un proyecto de vida estable.

Este episodio especial de Diáspora Venezolana no cuenta una sola historia. Reúne varias voces que se encuentran en un mismo lugar para explicar cómo la emigración puede cruzarse con otro fenómeno que afecta desde hace años a numerosas localidades españolas: la pérdida de población en las zonas rurales.

Mientras unas familias necesitan oportunidades para reconstruir sus vidas, algunos pueblos necesitan nuevos vecinos para mantener escuelas, comercios, servicios y actividad económica. En Pareja, esas dos necesidades terminaron encontrándose.

Llegar buscando una oportunidad

Las familias venezolanas que conocemos durante el episodio llegaron a España por caminos diferentes, pero comparten muchas de las dificultades habituales del comienzo migratorio.

Una de ellas recuerda haber llegado a Madrid en marzo de 2019 y empezar a trabajar repartiendo comida en bicicleta. Los ingresos permitían cubrir algunos gastos, pero encontrar una vivienda estable resultaba mucho más complicado.

Buscaron ayuda en organizaciones sociales, acudieron a Cáritas y comenzaron a investigar una posibilidad de la que habían escuchado hablar: trasladarse a uno de los pueblos de la llamada España vacía o despoblada.

Otra familia llegó en noviembre de ese mismo año con la esperanza de comenzar de nuevo, pero también con el peso emocional de todo aquello que había quedado en Venezuela.

La idea no era simplemente encontrar un lugar donde vivir. Necesitaban construir un proyecto que pudiera sostenerse en el tiempo.

Pueblos con Futuro: unir familias y municipios

En ese proceso aparece la asociación Pueblos con Futuro.

La iniciativa nació precisamente al encontrarse con una realidad difícil de resolver en Madrid: familias inmigrantes, muchas de ellas con niños, que podían encontrar alimentos, ropa o ayudas puntuales, pero que tenían enormes dificultades para acceder a una vivienda.

De aquella preocupación surgió una pregunta: ¿y si algunas de esas familias pudieran trasladarse a pequeños municipios que necesitan nuevos habitantes?

El proyecto comenzó entonces a visitar pueblos, conversar con alcaldes y buscar localidades donde existieran oportunidades reales de trabajo y vivienda.

Pareja fue uno de los primeros municipios que decidió apostar por la iniciativa. Su alcalde, Javier del Río, colaboró en la búsqueda de posibilidades laborales y, desde el proyecto, comenzaron también a contactar con propietarios de viviendas.

No se trataba simplemente de trasladar personas desde Madrid a cualquier pueblo. Había que encontrar una correspondencia entre lo que necesitaba cada municipio y las características de las familias interesadas.

En el caso de Pareja, por ejemplo, resultaba especialmente interesante la llegada de familias con niños porque contribuían a mantener activa la escuela. También era importante disponer de permiso de conducir debido a las limitaciones del transporte público en estas zonas.

Cuando grabamos este episodio, cuatro familias vivían ya en Pareja gracias a este proceso. Las cuatro eran venezolanas.

Desde la asociación aclaran, sin embargo, que se trata de una coincidencia: Pueblos con Futuro no está dirigido exclusivamente a venezolanos ni únicamente a inmigrantes. También pueden participar familias españolas que quieran cambiar de vida y establecerse en un entorno rural.

De Caracas y Barinas a un pueblo de Guadalajara

Las familias que encontramos en Pareja proceden de lugares y contextos distintos.

Una de las parejas había trabajado en Venezuela en el sector asegurador: ella como coordinadora de producción y él como corredor de seguros. Otra familia procede de Santa Bárbara de Barinas y sus integrantes habían trabajado como docentes.

La llegada al pueblo significó comenzar nuevamente en ámbitos profesionales diferentes.

Uno de los venezolanos consiguió un contrato temporal como peón del ayuntamiento. Otros encontraron oportunidades relacionadas con el cuidado de personas mayores y las viviendas tuteladas.

Son trabajos distintos a los que desarrollaban en Venezuela, pero forman parte del proceso de adaptación. Una de las entrevistadas explica que emigrar también supone aprender a hacer cosas nuevas y aceptar que la trayectoria profesional que uno había construido puede transformarse.

El objetivo inmediato era alcanzar una vida autónoma y estable en el nuevo entorno.

Los niños y la vida del pueblo

Los hijos ocupan un lugar fundamental en estas historias.

Algunas de las familias habían llegado desde entornos rurales venezolanos, por lo que establecerse en un pequeño municipio español no supuso necesariamente un cambio tan radical como podría imaginarse.

Los niños, además, suelen adaptarse con rapidez. Una de las madres cuenta que su hija terminó diciéndole algo que probablemente cualquier proyecto de repoblación quisiera escuchar:

«Mamá, yo de este pueblo no me quiero ir».

Había hecho amigos y desarrollado una relación cercana no solamente con otros niños, sino también con los adultos del municipio.

Para pueblos con poca población, la llegada de familias jóvenes tiene además un significado que va mucho más allá de aumentar el padrón municipal. Sus hijos mantienen las escuelas activas, las familias utilizan los servicios, compran en los comercios y participan en una comunidad que necesita nuevos vecinos para conservar su vitalidad.

No basta con llevar una familia a un pueblo

Uno de los aspectos más interesantes del proyecto es que el trabajo no termina cuando una familia recibe las llaves de una vivienda.

Pueblos con Futuro realiza un acompañamiento posterior que puede prolongarse durante aproximadamente un año. La adaptación requiere tiempo: hay que encontrar estabilidad laboral, construir relaciones con los vecinos, entender el funcionamiento del municipio y afrontar nuevamente el cambio que supone abandonar la ciudad para instalarse en un entorno rural.

Además, los empleos iniciales no siempre son indefinidos. Por eso, desde la asociación insisten también en la iniciativa personal, en detectar necesidades del pueblo y en desarrollar proyectos que puedan convertirse en nuevas oportunidades profesionales.

La intención no es trasladar al mayor número posible de personas, sino conseguir que cada incorporación funcione tanto para la familia como para el municipio. Ese equilibrio resulta fundamental si se quiere que la repoblación sea duradera.

«Pareja es tranquilidad»

Cuando preguntamos a los nuevos vecinos qué representa el pueblo para ellos, aparece una palabra una y otra vez: tranquilidad.

Hablan de la arquitectura, las costumbres, el paisaje y la manera en que sus hijos se sienten allí, pero también relacionan Pareja con la posibilidad de trabajar y construir un futuro.

Para estas familias, el pueblo representa la oportunidad de continuar persiguiendo los proyectos que las llevaron a salir de Venezuela dentro de una comunidad pequeña en la que las relaciones personales adquieren una importancia especial.

Una de ellas define Pareja como una búsqueda de calidad de vida y otra destaca especialmente la acogida de los vecinos, que desde el primer momento les hicieron sentir que podían formar parte del lugar.

La acogida de los vecinos

La integración es una de las grandes preocupaciones cuando alguien decide emigrar a un pequeño pueblo.

En Pareja, las familias entrevistadas describen una experiencia muy positiva. Hablan de vecinos que les consiguieron ropa para afrontar el invierno, de bicicletas regaladas a los niños, de comerciantes y residentes que los ayudaron desde los primeros días y de una relación cercana con el ayuntamiento.

Las propias familias son conscientes de que la integración también exige reciprocidad. Llegar implica respetar las costumbres del lugar, conocer a sus habitantes y participar en la comunidad sin renunciar por ello a la identidad propia.

La venezolanidad continúa presente, pero empieza a convivir con una nueva pertenencia.

Un pedazo del llano en La Alcarria

Uno de los momentos más simbólicos del episodio llega a través de la música.

Uno de los venezolanos que se instaló en Pareja es compositor y conserva un repertorio de más de cien canciones relacionadas con las costumbres y tradiciones del llano venezolano.

Después de llegar al pueblo decidió escribir también sobre su nueva casa. La composición, dedicada a Pareja, pueblo de La Alcarria, habla de sus paisajes, sus habitantes, sus fiestas y el entorno natural.

El gesto resume muy bien lo que está ocurriendo: alguien nacido y criado en los llanos venezolanos llega a Guadalajara, comienza a conocer un pequeño municipio castellano y termina incorporándolo también a aquello sobre lo que escribe y canta.

No necesita abandonar sus raíces para empezar a crear otras nuevas.

Una comunidad venezolana inesperada

Las primeras dos familias que llegaron a Pareja comenzaron a apoyarse entre ellas. Cuando aparecieron nuevas familias interesadas, intentaron animarlas a quedarse y facilitarles la adaptación.

Así fue apareciendo una pequeña comunidad venezolana dentro del pueblo, no como un grupo separado de los demás vecinos, sino como una red informal de ayuda entre personas que comparten la experiencia de haber empezado de nuevo.

Cuando alguien necesita algo, los demás intentan estar presentes. De ese modo, una experiencia migratoria que en principio puede sentirse profundamente individual termina generando nuevamente comunidad.

La España despoblada y la inmigración

La experiencia de Pareja plantea una cuestión que va mucho más allá de estas cuatro familias.

España tiene municipios que necesitan habitantes y, al mismo tiempo, existen familias inmigrantes y españolas que buscan empleo, viviendas asequibles y un entorno donde construir una vida diferente.

Hacer coincidir ambas necesidades parece sencillo sobre el papel, pero requiere bastante más que encontrar una casa vacía y una familia dispuesta a ocuparla. Los ayuntamientos necesitan conocer a quienes llegan y tener cierta seguridad sobre la viabilidad del proyecto; las familias necesitan oportunidades laborales reales, una vivienda que puedan mantener y acceso a los servicios básicos. A todo ello se suma la importancia de un acompañamiento que facilite la adaptación durante los primeros meses.

Pueblos con Futuro continúa buscando localidades donde ese encuentro sea posible. Durante la entrevista hablan de nuevos proyectos en Guadalajara y de conversaciones con municipios de Burgos.

El objetivo, insisten, no es crecer rápidamente, sino procurar que las familias puedan desarrollar un verdadero proyecto de vida y que los pueblos también perciban su llegada como algo positivo.

Emigrar también puede significar volver al campo

Cuando hablamos de diáspora solemos imaginar grandes ciudades como Madrid, Barcelona, Miami, Buenos Aires o Santiago.

Las historias de Pareja muestran otra posibilidad.

Un venezolano también puede reconstruir su vida en un pequeño municipio de Castilla-La Mancha, trabajar para un ayuntamiento, cuidar a personas mayores, llevar a sus hijos a la escuela del pueblo y terminar escribiendo una canción dedicada al lugar que lo recibió.

Para estas familias, emigrar no significó solamente cambiar Venezuela por España. También implicó descubrir que un proyecto de vida podía construirse lejos de los grandes centros urbanos y que la tranquilidad de un pueblo podía ofrecer oportunidades que en una ciudad resultaban mucho más difíciles de alcanzar.

Las raíces viajan con nosotros

Cuando llega el momento de hablar de Venezuela, aparecen inevitablemente las familias que quedaron atrás, los amigos y los lugares de origen.

Los entrevistados recuerdan Barinas, sus comunidades rurales y una Venezuela que continúa presente a pesar de la distancia. También expresan confianza en que el país pueda mejorar y en que quienes atraviesan situaciones difíciles encuentren oportunidades para salir adelante.

Sus mensajes tienen mucho que ver con aquello que ellos mismos han vivido: mantener la constancia, aceptar trabajos diferentes, buscar ayuda cuando sea necesario y estar dispuestos a aprovechar oportunidades que quizás nunca estuvieron dentro del plan inicial.

Pareja fue precisamente una de esas oportunidades.

Un pequeño pueblo de Guadalajara donde varias familias venezolanas llegaron buscando la posibilidad de comenzar nuevamente y terminaron formando parte de una comunidad que también necesitaba nuevos habitantes.

Quizás ahí esté lo más interesante de esta historia: no se trata solamente de unas familias que encontraron un pueblo donde rehacer su vida, sino también de un pueblo que encontró nuevos vecinos con quienes continuar construyendo la suya.

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