Cinco años pueden parecer poco tiempo cuando se mira una vida completa, pero son suficientes para que cambien muchas de las certezas con las que una persona observa el mundo.

La primera vez que conversamos con Anavel Munceles llevaba seis años viviendo en España. Había llegado desde Venezuela en 2010, había estudiado un máster en comunicación digital y construía una nueva etapa profesional en Madrid mientras desarrollaba proyectos vinculados con el periodismo, el arte y la cultura.

Cinco años después volvimos a encontrarnos.

Cuando se lo recordamos, su primera reacción fue de sorpresa.

«No me creo que sean cinco años».

Para entonces llevaba once años en España y seguía reconociéndose en muchas de las cosas que había contado en aquella primera entrevista. Madrid continuaba siendo su ciudad, la naturaleza seguía ocupando un lugar importante en su vida y su curiosidad permanecía intacta.

Pero Anavel ya no se sentía exactamente la misma persona.

Durante aquellos cinco años había cambiado su forma de entender la felicidad, la espiritualidad, las relaciones, el trabajo y hasta la propia experiencia de emigrar.

La persona que encontramos cinco años después

Anavel recuerda que en nuestra primera conversación hablaba de su interés por diferentes religiones y formas de espiritualidad.

Cinco años después aquella búsqueda había tomado una dirección más concreta. Se había acercado al budismo, practicaba meditación y yoga y había comenzado a prestar mucha más atención a su equilibrio personal.

No lo interpreta como una ruptura radical con quien era antes, sino como parte de un proceso de conocimiento personal.

«Yo no soy la misma persona que tú entrevistaste hace cinco años».

Su concepto de felicidad también había cambiado.

Ya no la entendía como un gran objetivo lejano que debe alcanzarse después de cumplir determinadas condiciones, sino como algo presente en experiencias mucho más pequeñas y cotidianas.

Para alguien que ha emigrado, reconoce, puede resultar especialmente fácil imaginar la felicidad siempre en otro lugar: en aquello que quedó atrás, en lo que todavía no se ha conseguido o en una hipotética vida futura.

Ella había comenzado a buscarla de otra manera.

A sus ojos, vivir ya no significa simplemente avanzar o cumplir metas, sino intentar que cada paso tenga alguna coherencia con la persona en la que se ha convertido.

Seguir buscando lo que realmente importa

La transformación personal también produjo preguntas profesionales.

Anavel continuaba trabajando en comercio electrónico para una empresa familiar vinculada al deporte. Gestionaba tareas relacionadas con productos, contenidos y redes sociales, y aquel empleo le proporcionaba la estabilidad necesaria para sostener su vida cotidiana.

Pero fuera del trabajo seguía buscando algo más.

Algunos de los proyectos que aparecían en nuestra primera entrevista habían cambiado o perdido importancia. Otros continuaban formando parte de ella.

Seguía interesada en la creación de accesorios y quería recuperar su vínculo con el arte y la comunicación a través de un nuevo proyecto.

Lo que había cambiado era su necesidad de preguntarse por qué hacía cada cosa.

Anavel utilizaba una idea que había encontrado en sus propias búsquedas: descubrir aquello capaz de despertarle suficiente interés como para convertirse en una verdadera pasión.

No tenía todavía una respuesta definitiva y parecía sentirse más cómoda que antes con esa incertidumbre.

Reconocía que las personas cambian, que algo que nos apasionaba en una etapa puede dejar de hacerlo y que descubrir a qué queremos dedicar nuestro tiempo no siempre ocurre una sola vez en la vida.

Un parque que resume once años de emigración

Nuestro segundo encuentro tuvo lugar en el Parque Lineal del Manzanares, al sur de Madrid.

Anavel no había estado allí antes. Lo había visto desde la M-40 y conservaba la curiosidad de conocerlo. Cuando tuvimos que decidir dónde grabar esta nueva conversación, propuso aquel lugar.

La elección terminó adquiriendo un significado especial.

El parque había surgido sobre terrenos profundamente transformados y Anavel encontró allí una metáfora de su propia experiencia: la posibilidad de construir algo nuevo a partir de aquello que inicialmente no parecía tener demasiado valor.

También le llamó la atención el laberinto del parque, que para ella representaba los caminos que una persona va tomando durante la vida, a veces sin saber con certeza hacia dónde conduce cada decisión.

Y, sobre todo, estaba la Dama del Manzanares, la gran escultura que domina el entorno desde lo alto.

Anavel encontraba en aquella cabeza monumental, con su cabello representado mediante formas entrelazadas, una imagen de todos los pensamientos, proyectos, sentimientos y experiencias acumulados durante sus once años en Madrid.

Había llegado a un lugar que no conocía para hablar de una persona que tampoco era exactamente la misma que cinco años atrás.

Aprender a aceptar la vulnerabilidad

Una de las ideas que más había cambiado en Anavel era su manera de entender la fortaleza.

Durante mucho tiempo tendemos a asociar a una persona fuerte con alguien que no llora, no muestra demasiado lo que siente y parece capaz de soportarlo todo.

Ella había comenzado a cuestionar esa idea.

Para Anavel, esconder constantemente las emociones puede ser precisamente una forma de no saber cómo manejarlas.

La emigración le había mostrado que una persona puede sentirse profundamente agradecida por la vida construida fuera y seguir siendo vulnerable frente a la distancia, la familia o determinados recuerdos.

No encontraba ninguna contradicción entre ambas cosas.

Ella había emigrado por decisión propia. Eso no significaba que la separación familiar dejara de doler ni que todos los momentos de su experiencia hubieran sido sencillos.

Con los años había aprendido a aceptar esas emociones sin convertirlas en una negación de todo aquello que había conseguido construir.

Madrid también puede convertirse en familia

La dimensión social había sido fundamental desde su llegada.

Anavel nunca se había sentido completamente sola en Madrid.

Tuvo que construir amistades desde cero y aprender también que las relaciones en España podían funcionar de manera diferente de aquellas a las que estaba acostumbrada en Venezuela.

Al principio percibía esas diferencias con mayor intensidad.

Con el tiempo dejó de establecer comparaciones constantes y entendió que las personas expresan el cariño y construyen relaciones de maneras diferentes.

Sus amigos terminaron convirtiéndose en una familia construida fuera de Venezuela.

Su hermana también había llegado a España y aquella presencia familiar había modificado de alguna manera su experiencia de la distancia.

Pero Anavel seguía valorando especialmente un círculo pequeño de amistades cercanas. No buscaba acumular relaciones, sino cuidar las que consideraba importantes.

Dentro de aquella nueva etapa apareció también una ilusión sentimental.

Cuando conversamos con ella estaba conociendo a una persona española con la que se sentía especialmente cómoda.

No necesitaba saber todavía en qué terminaría aquella relación. Prefería disfrutar de lo que estaba viviendo.

Encontrar en el budismo otra manera de mirarse

El acercamiento de Anavel al budismo había comenzado años antes a través de amigos, aunque durante mucho tiempo no sintió que fuera el momento de profundizar en él.

Finalmente ocurrió.

Comenzó a practicarlo aproximadamente un año y medio antes de nuestra conversación y encontró allí herramientas que conectaban con preguntas que llevaba tiempo haciéndose.

La meditación, los mantras y la idea de prestar atención a la vida interior fueron adquiriendo importancia.

No hablaba de ello como una solución mágica, sino como una manera de observarse y comprender mejor cuáles eran sus necesidades.

La práctica le había ayudado, según explicaba, a sentirse más equilibrada y a depender menos de elementos externos para definir su bienestar.

También encajaba con aquella búsqueda que atravesaba buena parte de la conversación: descubrir quién era después de once años de experiencias, cambios y aprendizajes.

Lo que once años de emigración le enseñaron

Al final de nuestra primera conversación habíamos conocido a una venezolana que se sentía profundamente integrada en Madrid.

Cinco años después esa relación con la ciudad no había disminuido, sino que se había fortalecido.

Anavel tenía una idea especialmente clara para quienes pensaban emigrar: no hacerlo sin planificación.

Emigrar, insistía, no es hacer turismo.

Hay que calcular los recursos económicos disponibles, conocer aproximadamente el coste de vida del lugar de destino y asumir que conseguir empleo puede llevar tiempo.

También advertía sobre una frase que muchas veces acompaña los proyectos migratorios: estar dispuesto a «hacer lo que sea».

La dificultad comienza cuando llega el momento concreto de hacerlo.

Por eso consideraba fundamental entender con realismo qué implicaba comenzar nuevamente en otro país.

Pero había otro consejo que para ella era igualmente importante: había que aprender a vivir realmente en el lugar elegido.

No vivir permanentemente «mientras tanto»

Anavel cuestiona la idea de construir una vida provisional durante años porque algún día quizás se regrese a Venezuela.

No comprar algo porque posiblemente uno se marche, no sentirse parte de la ciudad porque el futuro puede cambiar o evitar crear raíces porque quizá aquello sea temporal son, para ella, maneras de impedir que el presente llegue a convertirse en una vida real.

Sentirse madrileña nunca la hizo sentirse menos venezolana.

Seguía identificándose con sus raíces llaneras, escuchando y cantando música venezolana y manteniendo intacto el vínculo emocional con el país donde nació.

Pero había aprendido también a querer España.

«Yo me siento madrileña desde el primer día».

Esa pertenencia, en lugar de sustituir una identidad por otra, había ampliado la manera en que entendía quién era.

Anavel considera que parte de su adaptación se debió precisamente a haber permitido que Madrid dejara de ser solamente el lugar donde estaba viviendo para convertirse en su ciudad.

Atreverse también forma parte del camino

Entre los recuerdos de sus primeros años en España hay una experiencia que todavía utiliza para explicar su manera de enfrentarse a las oportunidades.

Cuando apenas llevaba unos meses en Madrid tenía un proyecto relacionado con el arte y decidió buscar en internet a pintores contemporáneos españoles.

Encontró teléfonos y comenzó a llamar.

Era una periodista venezolana recién llegada, prácticamente desconocida en España, pero consiguió que artistas importantes la recibieran y aceptaran conversar con ella.

Con el tiempo descubrió incluso la dimensión profesional de algunas de aquellas personas a las que había entrevistado sin ser completamente consciente de su relevancia.

La experiencia reforzó una idea que continúa acompañándola: muchas oportunidades no llegan hasta que uno decide actuar como si también tuviera derecho a intentarlo.

Eso no garantiza el resultado, pero permite que algo ocurra.

Cinco años después

Cuando terminamos aquella primera entrevista, ninguno de los dos imaginaba que volveríamos a sentarnos cinco años después para continuar la historia.

Entonces Anavel llevaba seis años en España. En nuestro segundo encuentro eran once.

Entre ambas conversaciones hubo cambios laborales, nuevos intereses, relaciones, aprendizajes, una pandemia y una transformación espiritual que modificó profundamente la manera en que interpretaba su propia vida.

Sin embargo, algunas cosas permanecían: su curiosidad, el vínculo con Madrid, el cariño por Venezuela y la necesidad de seguir creando.

También continuaba convencida de que la experiencia migratoria no puede reducirse únicamente a aquello que se pierde al salir de un país. Con el tiempo había aprendido a prestar la misma atención a lo que una persona consigue construir durante el camino.

Al despedirse quiso dejar un mensaje especialmente dirigido a quienes tienen familiares viviendo fuera de Venezuela.

Porque la emigración, recordaba, tampoco afecta únicamente a quien se marcha.

La persona que sale tiene que aprender a vivir con la distancia, pero quienes permanecen en el país también tienen que acostumbrarse a las ausencias.

Cinco años después de nuestra primera conversación, Anavel Munceles seguía contando una historia de emigración, aunque ahora entendía mejor que aquella historia no trataba exclusivamente de haber salido de Venezuela y llegado a Madrid.

También trataba de todo lo que había ocurrido dentro de ella durante el camino.

 

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