Cuando María Daniela Amado llegó a Madrid en 2016 no conocía España. Tampoco había visitado antes la ciudad ni tenía una historia particular que la conectara con ella.
Madrid fue, sencillamente, el lugar al que llegaba el avión desde Venezuela.
Seis años después, cuando conversamos con ella, aquella ciudad desconocida se había convertido en casa.
«España es mi casa, es mi lugar ahora mismo. Es donde he crecido, donde he aprendido, donde me he desarrollado como persona», dice.
Su historia es también la de muchas vidas que cambian de dirección después de emigrar. María Daniela había estudiado Psicología en Venezuela y trabajaba en la Universidad del Zulia. En España terminó descubriendo capacidades profesionales que nunca había imaginado, encontró estabilidad, comenzó a correr maratones y construyó junto a su esposo una nueva vida.
Pero su experiencia también le enseñó algo menos visible: emigrar no significa tener que ser fuerte todos los días.
De Venezuela a Madrid sin conocer Madrid
2016 fue un año de grandes cambios.
María Daniela terminó sus estudios de Psicología, se casó y poco después emigró a España junto a quien hasta entonces había sido su novio.
Su esposo tenía nacionalidad española por sus abuelos y España aparecía como una posibilidad especialmente atractiva porque podían establecerse legalmente y buscar oportunidades para desarrollarse como pareja y como profesionales.
La decisión fue rápida.
«La decisión de casarnos y mudarnos fue un poco apresurada, sinceramente, pero en ese momento lo decidimos y creo que ha sido la mejor decisión que hemos tomado».
No conocían España.
Tampoco Madrid.
Cuando alguna vez les preguntaron por qué habían elegido precisamente la capital, María Daniela encontró una respuesta tan sencilla como reveladora: porque era allí donde aterrizaba el vuelo procedente de Venezuela.
Una amiga de la familia los recibió durante los primeros días.
Para María Daniela, aquella ayuda sigue teniendo un significado especial.
Emigrar le hizo comprender la importancia de encontrar una mano amiga cuando se llega a un lugar desconocido, pero también la responsabilidad de ofrecer posteriormente esa ayuda a otros.
Seis meses esperando para comenzar
Los primeros meses no fueron fáciles.
Como familiar de un ciudadano español, María Daniela inició los trámites correspondientes para obtener su residencia. El proceso tardó aproximadamente seis meses.
Los recuerda como meses de incertidumbre.
Había llegado con ganas de trabajar, crecer y comenzar una nueva vida, pero la situación administrativa limitaba muchas de sus posibilidades.
«Son seis meses en donde tú, como inmigrante que quieres venir a comerte el mundo, te ves un poco atado en la parte legal y en la parte laboral».
Cuando finalmente recibió su documentación comenzó la búsqueda de empleo.
Y ocurrió algo inesperado.
La primera entrevista de trabajo que realizó en España terminó convirtiéndose en la empresa en la que todavía trabajaba seis años después.
El puesto inicial estaba muy lejos de lo que había imaginado para sí misma mientras estudiaba Psicología en Venezuela.
Comenzó haciendo venta telefónica.
Después pasó a otras responsabilidades, se convirtió en coordinadora y posteriormente en supervisora.
Más que interpretar ese recorrido como una ruptura con su profesión original, María Daniela terminó viéndolo como uno de los descubrimientos que le había proporcionado la emigración.
Descubrir capacidades que no sabías que tenías
Para María Daniela, emigrar también significa encontrarse con versiones desconocidas de uno mismo.
«Esas son las cosas bonitas de emigrar: conoces partes de ti que nunca sabías que existían».
Algo parecido ocurrió con su esposo.
Había estudiado Ingeniería Mecánica en Venezuela y terminó la carrera prácticamente al mismo tiempo que se marchaban del país. Ya instalado en España pasó por distintos empleos: trabajó en Burger King, en el sector inmobiliario y en otras empresas.
Hasta que una referencia le permitió entrar en una compañía tecnológica.
Allí comenzó a aprender programación.
Con los años desarrolló una nueva carrera profesional como programador.
Dos personas que habían llegado con profesiones muy definidas terminaron descubriendo otros caminos.
Para María Daniela, esa es una de las grandes enseñanzas de emigrar: comprender que la vida profesional no tiene necesariamente una única dirección y que las capacidades de una persona pueden ser mucho más amplias de lo que había imaginado antes de marcharse.
Madrid Río y una nueva forma de sentirse fuerte
La transformación no fue solamente profesional.
Cuando comenzó a sentirse más estable, María Daniela empezó también a practicar deporte.
Probó diferentes disciplinas hasta descubrir el running.
Correr terminó convirtiéndose en una parte importante de su vida y Madrid Río en uno de sus lugares habituales de entrenamiento.
Hay algo simbólico en esa relación.
Durante los primeros momentos de una emigración, explica, es habitual sentir que casi todo está fuera de nuestro control. El país es nuevo, las reglas son nuevas y muchas de las referencias que daban seguridad han desaparecido.
El deporte le permitió recuperar una sensación de fortaleza.
«El running me ayuda a sentirme más fuerte, me ayuda a sentirme más segura de mí misma y a saber que puedo hacer muchas más cosas de las que en un momento puedo creer».
En Venezuela no había tenido una relación especial con correr.
En España llegó a completar su primera maratón.
Y el deporte comenzó además a convertirse en otra forma de viajar junto a su esposo.
Corrieron carreras en diferentes ciudades españolas y descubrieron que atravesar una ciudad a pie durante una competición permitía observarla desde otra perspectiva.
Granada era uno de los ejemplos que recordaba especialmente por la cercanía de su gente.
La emigración que inicialmente los había llevado solamente hasta Madrid terminó abriéndoles también una nueva manera de conocer España.
El momento en que dejas de sentirte extranjera
Sentirse parte de un país no ocurre necesariamente cuando se obtiene un documento.
Es un proceso mucho más lento.
María Daniela recuerda que al principio sí se sentía extranjera.
Con los años esa percepción fue cambiando.
El trabajo, la estabilidad, las personas, la ciudad, las experiencias compartidas y la sensación de que la vida comenzaba a construirse fueron haciendo que España dejara de ser simplemente el país al que había emigrado.
Comenzó a convertirse en su lugar.
En 2018 inició formalmente el proceso para obtener la nacionalidad española y en 2021 recibió una resolución favorable.
Pero su pertenencia no dependía únicamente de ese trámite.
«Poco a poco, cuando las cosas se van dando, cuando haces las cosas bien y sientes que todo se te regresa también bien, vas sintiendo que estás en el lugar indicado».
Una familia repartida entre varios países
Como ocurre en muchas historias de la diáspora venezolana, la emigración de María Daniela no puede entenderse solamente como el traslado de una persona entre dos países.
Su familia también comenzó a distribuirse geográficamente.
Su hermana llevaba muchos años viviendo en Países Bajos junto a sus tres hijos.
Por eso Holanda se convirtió también en un lugar emocionalmente importante para ella.
Sus padres y parte de la familia de su esposo continuaban entonces en Venezuela, mientras su madre ya había visitado España y existía la idea de que pudiera establecerse allí en el futuro.
Desde que emigró en 2016, María Daniela no había regresado a Venezuela.
En el momento de nuestra conversación tampoco contemplaba hacerlo a corto plazo.
Buena parte de su familia ya estaba fuera del país y prefería que sus padres pudieran conocer y explorar las oportunidades que ella había encontrado en Europa.
¿Sigue siendo España un buen lugar para emigrar?
Después de varios años en Madrid, preguntarle a María Daniela si España era un buen país para emigrar parecía inevitable.
Su respuesta evita las fórmulas fáciles.
No cree que exista un país universalmente bueno o malo para emigrar.
Ha conocido personas que llegaron a España y no consiguieron sentirse cómodas y otras que, como ella, terminaron enamorándose del país.
La respuesta depende de las expectativas, las circunstancias y aquello que cada persona busca construir.
«Para mí ha sido una experiencia muy buena, muy positiva, muy gratificante, muy constructora. Pero dependerá de cada uno».
Su experiencia tampoco pretende convertir la emigración en una historia perfecta.
Precisamente una de las enseñanzas más importantes llegó cuando comprendió que construir una nueva vida exige aceptar también los momentos difíciles.
No siempre tienes que poder con todo
Al final de la conversación le preguntamos qué consejo le habría gustado recibir cuando llegó a España.
María Daniela volvió entonces, de alguna manera, a su formación como psicóloga.
Al emigrante se le repite constantemente que debe ser fuerte.
Que tiene que continuar.
Que puede con todo.
Ella aprendió que existe otra parte de esa historia que también necesita ser contada.
«Nos enseñan que tenemos que ser fuertes y que podemos con absolutamente todo. Luego la vida te va enseñando que sí, que somos fuertes y que podemos con eso y con mucho más, pero que podemos tener momentos de debilidad».
Y esos momentos no significan que la emigración haya fracasado.
Tampoco que la persona sea menos capaz.
«Podemos tener momentos en donde sintamos que no podemos con todo y eso también es normal y eso también está bien».
Quizás esa sea una de las mejores maneras de resumir los primeros seis años de María Daniela Amado en España.
Llegó a una ciudad que no conocía, encontró un trabajo que nunca había imaginado, construyó una carrera, descubrió el running, corrió una maratón, conoció nuevas ciudades y terminó haciendo de Madrid su casa.
Pero también aprendió que ser fuerte no consiste en no caer nunca.
A veces consiste simplemente en saber que hay días en los que no podemos con todo, permitirnos vivirlos y después continuar.





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