Hay restaurantes que nacen de un plan de negocios y otros que empiezan mucho antes de que alguien piense siquiera en abrir una puerta al público.

La historia de Cookaluzka pertenece al segundo grupo.

Mucho antes del restaurante, estaba el gusto de Mela por cocinar y alimentar a los demás. Cocinar no significaba únicamente preparar algo que supiera bien. Había también una necesidad de compartir, de observar la reacción de quien probaba el plato y de transmitir algo a través de la comida.

Su familia lo veía con claridad.

Su hermano y su madre insistían en que aquello que hacía tan bien podía convertirse en algo más. Hasta que decidió intentarlo.

«La vida es muy corta y está para cumplir tus sueños», resume.

Un nombre que nació camino a la playa

Incluso el nombre del restaurante existía antes que el propio restaurante.

Quince años atrás, durante un viaje con su hermano Angelo y un primo, comenzaron a imaginar por diversión un lugar en la playa donde se sirvieran comidas y cócteles. Entre aquel juego apareció una palabra que les parecía rítmica, pegajosa y caribeña: Cookaluzka.

El nombre quedó guardado durante años.

Cuando Mela decidió finalmente convertir su proyecto gastronómico en una realidad, recordó aquella conversación y llamó de madrugada a su hermano, que entonces estaba en Italia, intentando reconstruir el nombre que habían inventado.

Cookaluzka regresó.

Con el tiempo también fueron dándole significado: la cocina, la luz, la energía y esa voluntad de transmitir mediante la comida aquello que cada persona lleva dentro.

Pero detrás de todas las explicaciones permanece la misma esencia de aquel primer viaje: un proyecto nacido entre hermanos, imaginación y ganas de crear algo propio.

De Venezuela a una cocina vegana

La relación de Mela con la comida vegetal tampoco comenzó con el restaurante.

A los quince años ya experimentaba preparando hamburguesas de lentejas y garbanzos. Las llevaba a reuniones y parrillas con amigos, mucho antes de plantearse convertir esa curiosidad en profesión.

Años después, Angelo estudiaba Medicina en Venezuela cuando comenzó a interesarse por la relación entre alimentación y enfermedades crónicas. Decidió eliminar la carne de su dieta.

En casa apareció entonces un problema bastante cotidiano.

Mela era quien cocinaba y no estaba dispuesta a preparar varios menús diferentes.

Así que tomó una decisión mucho más sencilla: si su hermano iba a ser vegano, ella cocinaría vegano para todos.

La restricción terminó convirtiéndose en un estímulo creativo.

Empezó a experimentar con ingredientes, texturas, pastas, hamburguesas y platos propios. El objetivo no era solamente sustituir la carne, sino conseguir que alguien pudiera comer rico y disfrutar de la experiencia independientemente de que fuese o no vegano.

Esa filosofía acabaría siendo fundamental en Cookaluzka.

Venezuela también está en el plato

Emigrar no hizo desaparecer los sabores de su historia.

Al contrario.

Muchos de los platos de Cookaluzka nacen de recuerdos personales, lugares donde vivieron, viajes y de las distintas culturas que forman parte de la familia.

Uno de los ejemplos más claros es la Plátano Burger.

Mela vivió en Maracaibo y conservaba el recuerdo del patacón como uno de esos sabores capaces de transportar inmediatamente a Venezuela. A partir de allí surgió la idea de incorporarlo al restaurante y combinar una referencia profundamente venezolana con otros sabores.

Al principio la propuesta desconcertaba.

¿Dulce con salado?

Con el tiempo terminó convirtiéndose en uno de los platos emblemáticos de la casa.

Pero Venezuela no es la única herencia presente.

Los abuelos de Mela y Angelo eran italianos, y buena parte de sus recuerdos de infancia están ligados también a esa cocina: ayudar a la abuela a preparar salsa, pasta, albóndigas o pizza.

El resultado no busca reproducir una única tradición gastronómica.

Cookaluzka cocina, de alguna manera, la biografía de quienes lo crearon.

Venezuela, Italia, los lugares recorridos y los sabores descubiertos durante los viajes terminan encontrándose en una misma carta.

Los «veganzolanos» del barrio

Abrir un restaurante vegano ya suponía diferenciarse. Hacerlo siendo además venezolanos añadía otra identidad al proyecto.

Ellos mismos terminaron jugando con esa combinación y definiéndose como «veganzolanos».

Pero quizá una de las partes más significativas de su historia no ocurrió dentro de la cocina, sino fuera de ella.

Desde el primer día, Cookaluzka comenzó a relacionarse con el barrio.

Mela recuerda que, apenas abrieron las puertas, tres porteros de edificios cercanos entraron a tomar café y conocer quiénes eran las personas que acababan de instalarse allí.

Aquellos pequeños encuentros fueron creciendo.

Los vecinos empezaron a conocerlos, a preguntar por la madre, por Angelo, por otros miembros de la familia. El restaurante dejó progresivamente de ser simplemente un establecimiento situado en una calle para convertirse en parte del pequeño ecosistema cotidiano que rodea a cualquier barrio.

«Somos el vegano del Retiro», dicen.

Y entonces llegó la pandemia.

Una ventana durante la pandemia

Cuando las restricciones redujeron la vida de la ciudad a paseos alrededor de casa, Angelo tuvo una idea sencilla: abrir una ventana del restaurante.

Aquella ventana terminó reforzando el vínculo con el vecindario.

La gente pasaba, saludaba y conversaba. Desde dentro podían ofrecer un zumo, preguntar cómo estaba alguien o decirle a un vecino que, si tenía hambre, podían llevarle una hamburguesa.

Eran gestos pequeños en un momento extraordinario.

Pero precisamente por eso adquirieron importancia.

Cookaluzka había comenzado siendo, para algunos vecinos, el restaurante de «los hippies que habían abierto un vegano en el barrio». La convivencia cotidiana terminó transformando aquella curiosidad inicial en cercanía.

Con el tiempo, sus propietarios dejaron de sentirse recién llegados.

Se sintieron vecinos.

Y esa experiencia tiene un significado especial cuando quienes abren el negocio vienen de otro país: integrarse no significa necesariamente dejar atrás lo que uno era, sino encontrar un lugar donde esa identidad pueda convivir con una nueva.

Cuando la comida no fue suficiente

La familia todavía quería incorporar otra parte importante de sus vidas: la música.

Una circunstancia inesperada terminó haciéndolo posible.

Angelo fue invitado a participar como barista vegano en una competición de café. Ganaron un premio y decidieron invertirlo en crear un espacio para conciertos en la parte inferior del restaurante.

Así apareció una nueva dimensión de Cookaluzka.

El espacio comenzó acogiendo música de autor y posteriormente amplió sus actividades hacia el teatro, los monólogos, la comedia y otras experiencias.

La idea era que la planta inferior complementara lo que ocurría arriba.

Comida y cultura.

Alimentar y entretener.

Dos maneras diferentes de construir comunidad.

«No vienen a un restaurante vegano»

Aunque la identidad venezolana atraviesa el proyecto, sus propietarios explican que buena parte de sus clientes son españoles. Con el tiempo también ha aumentado la presencia de venezolanos, colombianos y otros latinoamericanos atraídos por una cocina en la que reconocen algunos de sus sabores.

Pero cuando les preguntamos cómo invitarían a alguien que todavía no conoce Cookaluzka, la respuesta no empieza hablando de veganismo.

Empieza hablando de hogar.

Su propuesta es que quien atraviese la puerta no piense simplemente que está entrando a un restaurante vegano, sino que está entrando en un hogar vegano atendido por una familia.

Y cuando hablan de familia tampoco se refieren únicamente a quienes comparten apellido.

Incluyen a quienes trabajan allí.

Relacionan esa forma de recibir con algo que consideran profundamente venezolano: ser cariñosos, amables, cercanos, saber atender y consentir a alguien sin invadir su espacio.

Después viene la comida.

Una cocina completamente vegetal, pero construida a partir de una mezcla de recuerdos, países, olores y sabores que difícilmente podría pertenecer a un solo lugar.

¿Cookaluzka en Venezuela?

Como ocurre con tantas historias de la diáspora, al final aparece inevitablemente la pregunta del regreso.

¿Qué ocurriría si Venezuela cambiara?

La respuesta de la familia no pasa necesariamente por abandonar lo construido en Madrid.

Su sueño sería otro: expandir Cookaluzka hasta su lugar de origen.

Llevar a Venezuela algo que nació, en buena medida, de todo lo que trajeron consigo al emigrar.

Y cuando imaginan dónde podría ocurrir, aparece un lugar concreto.

Margarita.

Para Mela, la isla está vinculada a recuerdos de infancia. Cuando vivían en Anaco, su madre podía tomar el carro y llevarlos a Margarita cuando necesitaban desconectar.

Ese recuerdo permanece.

También permanece el sueño de vivir algún día allí.

Y quizás, por qué no, hacerlo acompañado de Cookaluzka.

Sería una curiosa vuelta completa del viaje: un restaurante creado lejos de Venezuela, alimentado por recuerdos venezolanos y convertido en parte de un barrio madrileño que, algún día, podría abrir otra puerta frente al Caribe.

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