Hace unos días, iba camino a la presentación del libro de una gran amiga. Mientras viajaba en un vagón de metro abarrotado, recordé una pregunta formulada a principios de los años setenta por el matemático y meteorólogo Edward Lorenz, una pregunta que acabaría convirtiéndose en metáfora universal: «¿Puede el aleteo de una mariposa en Brasil provocar un tornado en Texas?».

Con ella explicaba una idea tan precisa como inquietante: en ciertos sistemas deterministas no lineales, una variación mínima en las condiciones iniciales puede amplificarse hasta producir diferencias enormes en estados posteriores. Una perturbación casi imperceptible, desplazada por el tiempo y por la complejidad, puede alterar el curso de los acontecimientos. A esa intuición científica la conocemos hoy como el efecto mariposa.

Si consideráramos por un momento la vida humana como un sistema determinista no lineal, podríamos decir que uno de los primeros aleteos capaces de marcar nuestro destino ocurre en el instante mismo del nacimiento. Allí, en las condiciones que rodean ese hecho trascendental, comienza a escribirse una parte esencial de nuestra historia: la bienvenida al mundo, pero también el primer impulso de todo aquello que vendrá después.

La historia de Zeudy Acosta parece confirmar esa intuición. Su primer aleteo ocurrió en diciembre de 1968, en Caracas, no en la quietud de una sala de parto, sino en el asiento trasero de un taxi que avanzaba entre baches, urgencias y crucifijos oscilantes. Llegó al mundo con la misma impaciencia vital que más tarde marcaría su prosa: rompiendo récords antes de su primer llanto, entrando sin pedir permiso en una vida que, desde entonces, tendría algo de resistencia milagrosa.

Con esa reflexión todavía rondándome la cabeza, llegué a la librería Sin Tarima. Al entrar, me encontré con una sala llena de amigos, colegas y familiares que habían acudido para acompañar a Zeudy. Todos esperaban con una mezcla de curiosidad y emoción el inicio de la presentación de su quinto libro y, quizá, el más íntimo que ha escrito hasta ahora: El vuelo de la Monarca.

La presentación tuvo forma de diálogo. Frente a Zeudy estaba la periodista Andreína Monasterio, quien condujo la conversación con mucha astucia y elegancia, dejando que la memoria encontrara su propio cauce. A través de sus preguntas, la autora fue reconstruyendo, para delicia de los asistentes, el mapa íntimo y narrativo de su obra. Además, la presentación contó con la participación de la actriz y locutora Lulú Bel, quien leyó fragmentos cuidadosamente escogidos por la autora: pasajes de cada capítulo que permitieron a los presentes asomarse a una obra que muchos aún no conocían.

Andreína Monasterio y Lulú Bel

Así supimos que aquella niña nacida en el asiento trasero de un taxi llegó al mundo marcada también por una severa crisis asmática y con un sexto dedo en la mano izquierda, señales tempranas de una vida que le exigiría aprender a respirar y a resistir desde el primer minuto. Su infancia transcurrió sobre el asfalto del barrio León Droz Blanco, en un entorno donde la audacia no era una virtud decorativa, sino una forma de supervivencia. En casa, entre el autoritarismo asfixiante de su madre y la ausencia de su padre, encontró refugio en la protección de su hermano Juan Carlos, “Nito”, una presencia fundamental en su historia.

El primer acercamiento real a la escritura llegó a los nueve años, después de ser atropellada frente a la Universidad Central de Venezuela (UCV). El reposo médico la obligó a permanecer en cama, y fue allí, en ese territorio inmóvil, donde un cuaderno comenzó a convertirse en refugio, espejo y respiración. Sin saberlo, aquella niña que escribía para ordenar el dolor empezaba también a despertar a la cronista que llevaba dentro.

Con los años, Zeudy fue construyendo una personalidad intensa y rebelde, atravesada por el baile, el heavy metal y una búsqueda constante de salidas frente a la asfixia emocional. Se formó como periodista en la UCV y más tarde ejerció en medios impresos, instituciones y aulas universitarias. Durante catorce años fue docente en la Universidad Bicentenaria de Aragua, lugar donde la conocí y tuve el privilegio de ser su alumno, hasta que un nuevo aleteo de la vida volvió a empujarla hacia otro borde.

También aparecieron en la conversación otras heridas más silenciosas: relaciones amorosas abusivas, tragedias íntimas y una adicción que fue creciendo como una anestesia frente al dolor. En medio de esas zonas oscuras apareció una luz decisiva: el nacimiento de su hijo José Leonardo, convertido desde entonces en ancla, brújula y motor de vida.

El quiebre definitivo llegó con el deterioro económico, político y social de Venezuela. Las colas interminables para conseguir comida o una bombona de gas, el miedo cotidiano y la incertidumbre sobre el futuro de su hijo adolescente fueron cerrando el cerco. Alentada por su hermano desde Australia y siguiendo la promesa de apoyo de una amiga radicada en Portugal, en agosto de 2014 Zeudy cruzó el Atlántico rumbo a la isla de Madeira.

La llegada fue un choque brutal. El apoyo prometido se desvaneció apenas aterrizó y Zeudy tuvo que enfrentarse a una transición drástica, en un idioma que no dominaba y en una realidad que la obligó a empezar desde abajo. Pasó de ser docente universitaria a trabajar como camarera, limpiar casas y cuidar a un anciano con demencia senil. Fueron días de extrema precariedad.

Sin embargo, aquella isla terminó convirtiéndose en lo que ella llama su propio Tíbet. El aislamiento la empujó hacia una introspección profunda e inició un despertar espiritual que la condujo a la sobriedad. Fue allí, mientras fregaba platos y limpiaba hogares ajenos, donde sus alas comenzaron a desprenderse del veneno acumulado por el pasado.

En Madeira encontró, finalmente, un espacio seguro para volver a mirar, volver a escribir y volver a respirar. Retomó con fuerza la fotografía y la literatura, publicó cuatro libros y terminó dando forma a El vuelo de la Monarca, la obra autobiográfica en la que transforma sus cicatrices en literatura y consuma, página a página, una anhelada libertad.

La presentación culminó y se abrió un espacio para las preguntas, donde amigos, familiares y conocidos tuvimos la oportunidad de interactuar con la Monarca y constatar cómo el viaje se había completado. Zeudy reflejaba paz en la mirada y en la elocuencia de sus respuestas.

Finalizada la ronda de preguntas, se procedió al bautizo simbólico del libro, que fue cubierto de pétalos de gerberas y rosas de la mano de Juan Carlos Chirinos, escritor, docente e investigador venezolano radicado en Madrid, quien deseó que la Monarca consiguiera muchos lectores en su recorrido. Un deseo compartido por cada persona allí presente, arremolinándose con la fuerza imparable de un tornado en Texas.

2 respuestas a «El efecto mariposa: Zeudy Acosta y El vuelo de la Monarca en Madrid»

  1. Cuánto de agradecimiento puedo exhalar hoy. Esta crónica, simplifica, aunque no desluce una vida de cerca de 60 años. El aleteo apenas comienza a sentirse…

    Ha sido extraordinario verte allí, y sentirte siempre tan solidario y amigo de verdad.

    GRACIAS POR TODO Y POR TANTO.

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    1. Para mí es un gran honor y privilegio haber sido tu alumno y ahora tu colega y amigo. Un abrazo fuerte.

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