Hay sabores que nos transportan a lugares que solo existen en nuestra memoria.
A veces basta una masa ligeramente dulce, un poco de jamón y queso y el olor que sale de un horno para que alguien vuelva, durante unos segundos, a un lugar que dejó a miles de kilómetros de distancia.
En la calle Városmajor, muy cerca de la estación ferroviaria Déli, en Budapest, funciona Kácsitó Bakery, una pequeña panadería artesanal donde los panes de masa madre y los croissants conviven con cachitos, piñitas, palmeritas y café venezolano que transportan a sus clientes a una dimensión que recuerda lo mejor de Venezuela.

Detrás del proyecto está el venezolano Oliver Krstonosic Hernández, junto a su esposa, Kingan Jessika.
Su historia con el pan comenzó después de emigrar y terminó transformándose en una profesión que lo llevó a trabajar y formarse en varios países de Europa antes de abrir su propio establecimiento en la capital húngara.
De Venezuela a Hungría
Oliver y Jessika nacieron en Venezuela, se conocieron allí y también allí comenzaron su vida juntos.
Por parte de su padre, Oliver tiene raíces húngaras, una conexión familiar que terminaría adquiriendo un significado especial cuando la pareja decidió establecerse en Hungría.
En 2019 comenzaron una nueva etapa en Europa.
Antes de emigrar, la vida profesional de Oliver estaba muy lejos de los hornos y las masas madre. Había estudiado ingeniería y había desarrollado actividades vinculadas al sector de accesorios para automóviles.
La panadería todavía no era una profesión, aunque eso cambiaría poco después.
La pandemia que cambió el rumbo
Como ocurrió con millones de personas alrededor del mundo, la pandemia alteró los planes de Oliver.
En Budapest comenzó a trabajar en Nor/ma, una panadería artesanal, y aquel empleo terminó abriendo una puerta inesperada.
El interés por el pan comenzó a convertirse en oficio y Oliver decidió aprender.
Recorrió panaderías, observó procesos, trabajó con otros profesionales y conoció diferentes maneras de entender el producto.

Su recorrido profesional lo llevó fuera de Hungría.
En Alemania trabajó en Glocker, en Gomadingen, y posteriormente pasó por BioBrotique, en Stuttgart.
También estuvo en España. En Madrid trabajó en Panod, donde profundizó en técnicas de producción con masa madre y en el manejo de panes de alta hidratación.
A esas experiencias se sumaron trabajos y proyectos relacionados con la panadería en otros lugares, incluyendo Québec, además de labores de consultoría vinculadas con proyectos en Alemania y Arabia Saudita.
Aquello que había comenzado como una circunstancia terminó convirtiéndose en una profesión internacional.
Enseñar pan para ayudar a empezar de nuevo
La historia de Oliver con la panadería también tuvo una dimensión social.
En Budapest participó en talleres dirigidos a refugiados ucranianos que habían llegado a Hungría después del inicio de la guerra.
La idea era sencilla: enseñarles conocimientos básicos de panadería que pudieran convertirse posteriormente en una herramienta para incorporarse al mercado laboral.
En cierto sentido, había algo circular en aquella experiencia.
Un emigrante que había aprendido un nuevo oficio fuera de su país enseñaba ese mismo oficio a otras personas que también habían tenido que abandonar el suyo.
Nace Kácsitó
Después de años trabajando para diferentes proyectos, Oliver y Jessika decidieron abrir su propia panadería.
Así nació Kácsitó Bakery.
El local abrió sus puertas en agosto de 2026 en Városmajor utca 3/B, en Budapest, con un nombre que resume buena parte de la identidad del proyecto.

“Kácsitó” reproduce fonéticamente en húngaro una palabra que cualquier venezolano reconoce inmediatamente: cachito, el conocido pan venezolano, tradicionalmente relleno de jamón, que se convirtió así en una de las señas de identidad de una panadería situada a miles de kilómetros de Venezuela.
La propuesta, sin embargo, no busca reproducir únicamente la gastronomía venezolana. Kácsitó funciona como un punto de encuentro entre diferentes tradiciones.
En sus vitrinas pueden encontrarse cachitos, piñitas y palmeritas junto a croissants, pain au chocolat y diferentes panes artesanales europeos. Incluso el propio cachito ha comenzado a dialogar con la gastronomía local.

Entre las propuestas de la panadería aparece una versión inspirada en un relleno popular en Hungría conocido como Songoku, que combina jamón, maíz, champiñones y queso. Una receta venezolana reinterpretada desde Budapest. Un sabor que despierta recuerdos.
Quizás una de las historias más significativas de Kácsitó no tenga que ver con premios ni con técnicas de fermentación, sino con algo mucho más íntimo: la memoria.
Oliver ha contado que algunos venezolanos se han emocionado al probar sus cachitos, ya que, para un emigrante, determinados sabores pueden convertirse en una forma inesperada de regresar.

Un desayuno comprado durante años antes de ir al colegio o al trabajo puede adquirir, después de emigrar, un significado completamente diferente.
Un cachito deja de ser solamente un producto de panadería y puede convertirse en Caracas, Maracay, Mérida o cualquier ciudad o pueblo de Venezuela durante un breve instante.
Kácsitó no solo funciona como un lugar de encuentro para venezolanos. También los vecinos húngaros han comenzado a incorporar los cachitos entre sus elecciones habituales, y ese intercambio cultural es precisamente una de las características más interesantes del proyecto.
Un pan de oro apenas días después de abrir
El comienzo de Kácsitó tuvo, además, un reconocimiento inesperadamente rápido, ya que pocos días después de inaugurar la panadería Oliver presentó uno de sus panes al Kenyérlelke Fesztivál, uno de los encuentros dedicados al pan artesanal y a la masa madre en Hungría.
El festival se celebra desde 2015 y reúne a panaderos, productores de harina, agricultores y profesionales interesados en recuperar y promover técnicas tradicionales de elaboración.
Kácsitó participó en la categoría de pan blanco y semiblanco y el resultado fue una calificación de oro.

Oliver había seguido el festival durante años, pero para participar profesionalmente necesitaba hacerlo representando su propia panadería. En 2026 finalmente pudo presentarse, y lo hizo apenas unos días después de inaugurar Kácsitó.
El reconocimiento resulta especialmente significativo porque el pan presentado responde a procesos largos de fermentación.
Según información publicada por medios húngaros, la elaboración incluye aproximadamente dos horas de fermentación a temperatura ambiente y alrededor de 18 horas adicionales en frío antes de entrar al horno.
Oliver trabaja principalmente con harinas húngaras y ha explicado que esa elección responde tanto a criterios de calidad como a una filosofía de proximidad y sostenibilidad.
Venezuela también está en el café
La identidad venezolana del establecimiento no termina en los cachitos.
Kácsitó sirve también café procedente del estado Trujillo, una de las regiones tradicionalmente vinculadas con la producción cafetera venezolana, y el café utilizado presenta perfiles de sabor asociados al chocolate, la avellana y el caramelo.
Pan venezolano, café venezolano y técnicas de panadería aprendidas entre Budapest, Alemania y Madrid. En una misma barra conviven varias geografías.
Una historia de transformación
La historia de Oliver Krstonosic y su esposa todavía está en construcción. Kácsitó Bakery apenas comienza su recorrido, pero detrás de ese pequeño establecimiento de Budapest ya hay una historia que resume muchas de las experiencias de la migración contemporánea venezolana.
Llegar a un nuevo país, aprender otro idioma, nuevas costumbres y un nuevo oficio, convertir una circunstancia inesperada en profesión y, finalmente, crear algo propio.

Oliver salió de Venezuela sin ser panadero y, años después, abrió una panadería en Budapest, puso a uno de los productos más reconocibles de nuestra gastronomía en el nombre del negocio y consiguió un reconocimiento por su pan artesanal apenas unos días después de comenzar.
Quizás por eso Kácsitó significa algo más que una panadería.
Es también una historia sobre cómo la identidad puede transformarse sin desaparecer, porque a miles de kilómetros de Venezuela, en una pequeña calle de Budapest, todavía hay un horno del que salen cachitos y, con ellos, un pedazo de nuestra memoria.





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