Cuando Carlos Baute habla de emigración no lo hace desde la distancia de quien observa el fenómeno desde fuera. Lo hace desde la experiencia de quien un día también hizo una maleta, dejó Venezuela y tuvo que aprender a construir una vida lejos de su familia, sus amigos y sus costumbres.

Cuando conversamos con él para Diáspora Venezolana llevaba ya dieciséis años fuera del país.

«No es nada fácil emigrar», dice.

Y aunque su historia pueda parecer distinta por tratarse de un artista conocido, Baute insiste en algo que lo acerca a millones de venezolanos que han atravesado procesos similares: marcharse no elimina la nostalgia ni evita las dificultades de adaptación.

Lo primero que se extraña es la familia

Cuando le preguntamos qué fue lo más difícil después de salir de Venezuela, su respuesta llega inmediatamente.

La familia.

Baute recuerda haber llegado acompañado apenas por un par de compañeros de trabajo. Atrás quedaron familiares, amigos y una vida que hasta entonces había sido cotidiana.

Después comenzaron a aparecer otras ausencias.

La comida.

Las costumbres.

Los pequeños detalles que normalmente solo adquieren importancia cuando dejan de estar disponibles.

Por eso rechaza la idea de que emigrar pueda reducirse simplemente a cambiar de país.

También recuerda las críticas que recibió por haberse marchado y cómo algunas personas podían interpretar la salida de Venezuela como una especie de abandono.

Su respuesta es tajante: quien ha emigrado sabe lo difícil que puede ser.

Con el tiempo, sin embargo, algo cambia.

Uno empieza a desarrollar lo que él describe como una especie de coraza. Se vuelve más independiente y aprende a desenvolverse en lugares diferentes.

Baute no solo vivió en España. También pasó temporadas en México y Argentina.

Poco a poco comenzó a sentirse, en sus propias palabras, «del mundo».

Pero esa adaptación no fue inmediata.

Calcula que necesitó aproximadamente cinco años para alcanzar cierta estabilidad y dejar de sentir la nostalgia con la misma intensidad.

Por qué España

Antes de instalarse definitivamente en España, Carlos Baute también probó suerte en Estados Unidos.

Vivió aproximadamente un año y medio en Miami, pero no consiguió sentirse identificado con aquel estilo de vida.

España produjo una sensación diferente.

Primero fueron las personas.

Recuerda especialmente el carácter de los andaluces, en quienes encontró una espontaneidad, rapidez y manera de relacionarse que le resultaban familiares como venezolano.

Después comenzó a descubrir el país.

Su gastronomía, sus ciudades, las infraestructuras y la importancia del turismo terminaron de seducirlo.

Baute asegura conocer España profundamente, de la misma manera que conoce Venezuela después de años recorriéndola por conciertos y promociones.

Y esa comparación entre ambos países le genera una reflexión recurrente.

La Venezuela que podría ser

Baute está convencido del enorme potencial turístico de Venezuela.

Ha recorrido sus costas y recuerda haber practicado surf tanto dentro como fuera del país. Cuando compara determinados destinos españoles con las playas venezolanas, siente frustración por todo lo que Venezuela podría aprovechar y no ha desarrollado.

Su argumento no se limita a decir que Venezuela es bonita.

Habla de infraestructura.

De hoteles.

De restauración.

De servicios.

De seguridad.

Y, sobre todo, de la necesidad de conectar todos esos elementos.

Para él, el turismo no puede existir plenamente si las personas no tienen la tranquilidad suficiente para viajar por un territorio.

Por eso contempla con admiración la manera en que España ha desarrollado esa industria y se pregunta qué podría haber ocurrido si Venezuela hubiese aprovechado de otra forma sus recursos para construir infraestructuras y servicios capaces de convertir su riqueza natural en una fuente permanente de desarrollo.

Poco antes de nuestra conversación había estado en Canarias.

Allí recordó una vez más los estrechos vínculos que existen entre las islas y Venezuela, hasta el punto de que tradicionalmente se ha hablado de Venezuela como la «octava isla».

Pero también volvió a experimentar esa comparación inevitable.

Venezuela posee costas extraordinarias.

Lo que falta, en su opinión, es todo aquello que permite convertir ese patrimonio natural en una experiencia segura y sostenible para quienes viven allí y para quienes podrían visitarlo.

Venezuela también aparece en su música

La distancia tampoco ha conseguido separar a Carlos Baute de los sonidos con los que comenzó su carrera.

Durante nuestra conversación nos cuenta que está preparando una canción en la que vuelve a incorporar elementos del folclore venezolano.

No pretende reproducir exactamente lo que hacía en sus comienzos.

La idea es llevar esos sonidos hacia una producción contemporánea.

Habla del cuatro venezolano, de los tambores y de combinarlos con un sonido internacional.

Es otra forma de regresar.

No necesariamente con una mudanza, sino mediante aquello que continúa formando parte de su identidad después de tantos años fuera.

¿Volverías a vivir en Venezuela?

Cuando llega la pregunta que hacemos tantas veces a quienes forman parte de nuestra diáspora, Baute no responde con un sí inmediato.

Le gustaría que sus hijos conocieran Venezuela.

Quiere mostrarles el país del que vienen tanto su padre como su madre, porque ambos son venezolanos.

Quiere que conozcan sus paisajes y comprendan ese lugar que sigue ocupando un espacio importante en la historia familiar.

Pero volver a vivir allí es otra cosa.

Lo ve complicado.

Su principal preocupación es la seguridad.

Considera que recuperar unas condiciones que le permitan imaginar nuevamente una vida cotidiana tranquila necesitaría muchos años.

Tantos, dice, que quizá cuando eso ocurra él ya sea demasiado mayor para plantearse regresar definitivamente.

Entonces piensa en la siguiente generación.

Quizás sus hijos.

Quizás sus nietos.

«Prefiero vivir en una cajita de fósforos»

Al final de nuestra conversación le pedimos un mensaje para quienes también han salido de Venezuela.

Baute vuelve a hablar de aquello que más cuesta dejar.

La familia.

La tierra.

La gente.

Pero también de las cosas que pueden encontrarse cuando comienza una nueva vida.

Crecimiento.

Independencia.

Calidad de vida.

Y seguridad.

Para explicarlo utiliza una comparación sencilla.

En Venezuela vivió en espacios mucho más grandes que los que posteriormente tuvo en otros países. Sin embargo, aquello dejó de resultarle fundamental.

«Prefiero vivir en una cajita de fósforos», dice, si a cambio puede salir a cualquier hora sabiendo que ni él ni sus hijos estarán en peligro.

No pretende presentar la emigración como algo fácil.

Conseguir trabajo puede ser difícil.

Adaptarse cuesta.

Separarse de los seres queridos duele.

Él mismo necesitó años para sentirse estable.

Pero su mensaje para quienes atraviesan ese proceso termina siendo uno de resistencia:

«Se puede salir adelante».

Carlos Baute lleva muchos años fuera de Venezuela.

Ha vivido en distintos países, ha construido una familia y desarrolló buena parte de su carrera internacional lejos del lugar donde nació.

Pero Venezuela sigue apareciendo.

Está en los recuerdos de familia.

En la comida que se extraña.

En las playas que compara con las que encuentra durante sus viajes.

En el país que quiere enseñar algún día a sus hijos.

Y también en un cuatro venezolano y unos tambores que, muchos años después de haber emigrado, todavía encuentran la manera de regresar a sus canciones.

 

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