Para un diplomático, representar a su país en el extranjero puede ser uno de los mayores honores de su vida.
Muy distinto es verse obligado a vivir fuera de él.
Fernando Gerbasi conoce ambas experiencias.
Durante años representó a Venezuela, estudió sus relaciones internacionales, enseñó política exterior y dedicó buena parte de su vida profesional a pensar el lugar del país en el mundo.
Cuando conversamos con él en Madrid, sin embargo, ya no está allí en condición de diplomático.
Está exiliado.
Gerbasi explica que salió de Venezuela después de que, en febrero de 2014, se iniciara contra él una persecución política y se emitiera una orden de captura relacionada con hechos que asegura que le eran completamente ajenos.
Madrid terminó convirtiéndose así en el lugar desde el que observa a distancia el deterioro de un país al que todavía espera regresar.
Del privilegio de representar a Venezuela al exilio
Gerbasi recuerda una idea atribuida a un escritor francés: el sueño de todo diplomático sería representar a su patria durante la juventud y regresar a ella durante la vejez.
Para él, esa posibilidad quedó interrumpida.
Habla con orgullo de lo que significa representar a un país frente a otros gobiernos, otras culturas y otros ciudadanos.
Pero también recuerda con nostalgia la etapa posterior de su vida en Venezuela.
Había comenzado a desarrollar actividades diferentes a las de su carrera diplomática.
Una de ellas era la docencia.
Durante años impartió clases en la Universidad Metropolitana sobre política exterior venezolana y relaciones entre Colombia y Venezuela. También dirigió el Centro de Estudios Estratégicos y Relaciones Internacionales y estuvo vinculado al Centro de Estudios Latinoamericanos Arturo Uslar Pietri.
Es precisamente ese contacto con los jóvenes una de las cosas que más extraña.
Enseñar, explica, obliga también a quien enseña a mantenerse actualizado.
A leer.
Investigar.
Discutir.
Revisar las propias ideas.
Los libros que quedaron en Venezuela
Cuando habla del exilio no menciona únicamente grandes conceptos como patria, democracia o libertad.
Habla también de cosas mucho más pequeñas.
Sus libros.
Su biblioteca.
La posibilidad de investigar rodeado de aquello que había acumulado durante años.
Continúa escribiendo y siguiendo las relaciones internacionales desde Madrid, pero reconoce que la distancia ha modificado su relación con Venezuela.
No porque haya dejado de interesarle.
Todo lo contrario.
Le duele.
Y ese dolor aparece constantemente cuando analiza lo que ocurre dentro del país.
Para Gerbasi, la crisis venezolana no puede entenderse únicamente como un conflicto político.
Habla también de una crisis social y humanitaria, de las dificultades para acceder a alimentos y medicamentos y de vulneraciones de derechos que habían comenzado a incorporarse a la cotidianidad de los ciudadanos.
Su preocupación está precisamente en esa normalización.
Que aquello que debería resultar inaceptable termine siendo asumido simplemente como parte de la vida diaria.
La Venezuela que debería recuperarse
Cuando Gerbasi imagina una Venezuela distinta, su respuesta no se limita a cambiar un gobierno.
Habla de recuperar la democracia.
Pero también de igualdad de oportunidades.
Instituciones.
Movilidad social.
La posibilidad de progresar mediante el trabajo, la formación y las capacidades de cada persona.
Su visión del país que debería reconstruirse es, por tanto, institucional y social.
Una Venezuela donde las oportunidades no dependan de privilegios y donde los ciudadanos puedan volver a confiar en unas reglas comunes.
Una diáspora que todavía estaba aprendiendo a organizarse
Durante nuestra conversación abordamos también el papel de los venezolanos que viven fuera.
Gerbasi identifica una dificultad histórica.
Venezuela había sido durante décadas un país receptor de inmigrantes.
Los venezolanos no tenían todavía una larga tradición colectiva de emigración.
De repente, aquello cambió.
Millones comenzaron a vivir fuera.
Y tuvieron que aprender qué significa formar una diáspora.
Organizarse.
Ayudarse.
Crear redes.
Hacerse escuchar en los países de acogida.
Gerbasi considera que, al menos en aquel momento, todavía faltaba organización internacional.
Los emigrantes tenían además un problema muy concreto: mientras intentaban contribuir a la situación venezolana, debían resolver simultáneamente sus propias vidas.
Encontrar trabajo.
Estudiar.
Regularizar su situación.
Mantener a sus familias.
Construir nuevamente una cotidianidad.
Por eso considera que el liderazgo político también debía asumir responsabilidades en la organización y comunicación internacional de la causa venezolana.
Explicar Venezuela fuera de Venezuela
Para Gerbasi, la acción exterior no consiste únicamente en protestar.
También implica comunicar.
Hablar con gobiernos.
Políticos.
Medios de comunicación.
Organizaciones no gubernamentales.
Explicar con claridad qué ocurre en Venezuela y qué se busca para el futuro.
La coherencia, sostiene, es fundamental.
Porque una comunidad dispersa por distintos países puede convertirse en una voz importante, pero para ello necesita saber qué quiere transmitir.
Lo que más se extraña
Cuando le preguntamos qué echa de menos de Venezuela, Gerbasi comienza por algo muy venezolano:
la comida.
Después aparecen los amigos.
Las conversaciones.
Ese patrimonio íntimo que se construye después de muchos años compartidos.
A cierta edad, explica, los recuerdos no pertenecen únicamente a uno mismo.
También pertenecen a quienes estuvieron allí cuando ocurrieron.
Por eso los amigos adquieren todavía más importancia.
Pero finalmente aparece una imagen.
Una de esas imágenes que pueden condensar un país entero.
Los amaneceres con el Ávila frente a su casa.
Madrid puede ofrecerle una nueva cotidianidad.
Pero no ese amanecer.
El exilio y la falta de apoyo
Gerbasi también distingue entre el apoyo personal y el político.
Reconoce haber recibido solidaridad de amigos venezolanos y colombianos.
Sin embargo, asegura no haber sentido un verdadero apoyo político hacia los exiliados.
Y compara esa situación con otros momentos de la historia venezolana.
Recuerda particularmente a quienes salieron durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y la solidaridad que existía entre ellos.
Tenían, en su interpretación, una conciencia muy clara de aquello por lo que luchaban y del objetivo que perseguían.
La comparación revela una de sus preocupaciones permanentes:
la necesidad de organización.
La diáspora como oportunidad para Venezuela
Pero la emigración no aparece en la conversación únicamente como una pérdida.
Gerbasi también observa una posibilidad.
Cada venezolano que vive fuera está entrando en contacto con otra sociedad.
Otra cultura.
Otra forma de trabajar.
Otras instituciones.
Está comparando.
Aprendiendo.
Descubriendo aquello que funciona y aquello que no.
Ese conocimiento, piensa, puede tener valor para Venezuela.
Sabe que muchos emigrantes probablemente no regresarán.
Pero en un mundo interconectado eso no significa que dejen de participar en el futuro de su país.
Pueden contribuir desde fuera.
Y quienes regresen llevarán consigo algo adicional.
Formación.
Experiencia.
Perspectiva internacional.
Nuevas maneras de entender el funcionamiento de una sociedad.
Dejar de pensar que Venezuela es el centro del mundo
Gerbasi introduce además una reflexión incómoda.
Los venezolanos, dice, hemos vivido en ocasiones con cierta tendencia a pensar que Venezuela ocupa un lugar más central en el mundo del que realmente tiene.
Emigrar puede ayudar también a corregir esa perspectiva.
Permite comparar.
Observar otros países.
Entender otras culturas.
Reconocer que existen sociedades con problemas y logros diferentes.
Y comprender mejor cuál puede ser verdaderamente el lugar de Venezuela en América Latina y en el mundo.
Eso no implica abandonar la identidad propia.
Al contrario.
Para Gerbasi, Venezuela debe construir su futuro desde sus propios criterios y su propia cultura, pero dentro de un sistema político e institucional capaz de garantizar estabilidad y oportunidades para todos.
¿Volverías a Venezuela?
Al final de nuestra conversación queda una pregunta inevitable.
Después de la persecución.
Después del exilio.
Después de construir una vida en Madrid.
¿Conserva la esperanza de regresar a Venezuela?
Fernando Gerbasi no necesita desarrollar una larga respuesta.
Dice simplemente:
«Sí, conservo la esperanza de volver a Venezuela».
Quizás en esa frase esté contenida buena parte de la contradicción del exilio.
Uno puede aprender a vivir en otro lugar.
Puede continuar trabajando.
Escribir.
Investigar.
Construir nuevas rutinas.
Pero eso no convierte necesariamente la ausencia en una elección.
Fernando Gerbasi representó durante años a Venezuela frente al mundo.
Desde Madrid le ha tocado vivir la experiencia inversa:
mirar Venezuela desde el mundo.
Y esperar que algún día esa distancia deje de ser obligatoria.





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