Anila nació en Mérida y llevaba casi una década fuera de Venezuela cuando conversamos con ella en Madrid.

Su historia migratoria, sin embargo, no comenzó únicamente con la búsqueda de trabajo o de mejores oportunidades económicas. En su caso hubo también una profunda búsqueda espiritual.

Había salido de Venezuela para seguir un camino que terminaría acercándola al budismo y a la vida monástica.

Aquella experiencia, y los años vividos lejos de su país, también modificaron su manera de observar a Venezuela y a los venezolanos.

Una búsqueda espiritual

Anila explicaba que encontró en el budismo una visión basada en una idea sencilla: más allá de nacionalidades, ideologías, colores o procedencias, todos los seres humanos comparten una naturaleza esencial y el mismo deseo de ser felices.

En la entrevista establecía incluso un puente entre tradiciones espirituales distintas, relacionando esa idea budista con la visión cristiana del ser humano creado a imagen y semejanza de Dios.

Su recorrido espiritual la llevó fuera de Venezuela porque, según contaba entonces, allí tenía pocas posibilidades de profundizar en el camino que había elegido.

Pero paradójicamente, alejarse del país también le permitió comprender mejor algunas cosas sobre él.

«El venezolano tiene que recordar su esencia»

Desde la distancia, Anila describía a Venezuela como un país extraordinariamente diverso.

Personas de distintos orígenes, maneras de pensar, colores, tamaños y posiciones políticas conviven dentro de una misma identidad.

Para ella, las diferencias que en determinados momentos parecían dividir a los venezolanos eran, en realidad, pequeñas frente a todo aquello que compartían.

Todos querían vivir, formar una familia, trabajar y alcanzar una vida mejor.

Por eso consideraba doloroso que una diferencia ideológica pudiera convertirse en una razón para enfrentarse.

Su reflexión terminaba convirtiéndose en una definición de aquello que, para ella, debía recuperar la sociedad venezolana:

«El venezolano es amor, el venezolano es compasión, el venezolano es perdón, el venezolano es reconciliación».

Y añadía también otras palabras:

fuerza, trabajo, dignidad y respeto por el otro.

Lo que la diáspora puede aprender

Cuando le preguntamos qué mensaje enviaría a los millones de venezolanos que ya vivían fuera del país, Anila reconoció con naturalidad que ni siquiera conocía entonces el significado exacto de la palabra diáspora.

Al explicarle que se refería a una población que se dispersa por distintos lugares del mundo, encontró inmediatamente una lectura positiva dentro de una realidad cuyo origen reconocía como doloroso.

Emigrar permitía a muchos venezolanos conocer otras sociedades, otras maneras de trabajar y otras formas de organizar la vida cotidiana.

Podían aprender de países que habían atravesado guerras, crisis y acontecimientos históricos extremadamente difíciles y que, aun así, habían conseguido reconstruirse.

Para Anila, todo aquel aprendizaje podía convertirse algún día en una riqueza para Venezuela.

Descubrir la riqueza de Venezuela desde fuera

Vivir en otros países también le había permitido valorar cosas que en Venezuela podían parecer completamente normales.

Recordaba, por ejemplo, la extraordinaria fertilidad de la tierra venezolana: la sensación de que bastaba arrojar una semilla para que pudiera surgir una planta.

Fuera del país descubrió que aquello que había considerado cotidiano no era necesariamente común en otros lugares.

Ese contraste la llevó a valorar todavía más la posición geográfica, los recursos y las posibilidades de Venezuela.

La emigración podía ser entonces algo más que una pérdida.

También podía convertirse en aprendizaje.

Quien vive fuera observa otras culturas, descubre otras maneras de hacer las cosas y adquiere conocimientos que quizá nunca habría encontrado permaneciendo siempre en el mismo lugar.

Somos más parecidos de lo que creemos

El mensaje final de Anila regresaba siempre al mismo punto.

Las diferencias existen, pero representan una parte muy pequeña frente a todo aquello que los seres humanos comparten.

Por encima de las posiciones políticas, las nacionalidades o las circunstancias particulares, permanece el deseo de vivir con dignidad y ser feliz.

Por eso su mensaje para Venezuela era fundamentalmente uno de reconciliación:

Amor, compasión y respeto por el otro.

¿Vivir fuera del país puede convertirse también en una oportunidad para aprender, cambiar nuestra manera de pensar y algún día aportar algo de ese aprendizaje a Venezuela?

Para Anila, la respuesta era sí.

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