Cuando Maryori Urdaneta llegó a Zaragoza, llevaba consigo algo que acompaña a muchos venezolanos cuando emigran: incertidumbre, nostalgia y la necesidad de comenzar otra vez.
Había dejado Venezuela y escogido Zaragoza porque allí vivía su hermana, que se encontraba realizando estudios de posgrado. Tener familia cerca resultaba importante en un momento en el que prácticamente todo lo demás era nuevo.
Pocos meses después, Maryori y su esposo tomaron una decisión que añadía todavía más incertidumbre a aquella nueva vida: emprender.
Así comenzó Molarepa.
Una arepa para empezar de nuevo
Cuando conversamos con Maryori en 2017, el restaurante todavía estaba dando sus primeros pasos.
El proyecto había abierto sus puertas en noviembre de 2016 y todavía no había cumplido un año. Maryori reconocía entonces que comenzar un negocio de hostelería le producía temor. No llegaba a Zaragoza con una larga trayectoria profesional detrás de los fogones, pero sí con algo que terminaría resultando fundamental: sabía cocinar y tenía detrás el apoyo de su familia.
Los primeros días fueron difíciles.
La gente todavía no conocía el establecimiento y había que conseguir que los zaragozanos se atrevieran a probar aquella comida venezolana que para muchos era nueva.
Poco a poco comenzó a ocurrir.
Los clientes llegaron, probaron la comida y empezaron a recomendar el lugar. Maryori recordaba con sorpresa que le habían advertido que tendría que esperar mucho tiempo antes de comenzar a ver resultados. Sin embargo, apenas unas semanas después de abrir ya empezaba a percibir una respuesta que no esperaba.
La arepa comenzaba a encontrar su sitio en Zaragoza.
Emprender lejos de Venezuela
La entrevista también mostraba una realidad menos visible detrás de muchas historias de emprendimiento de la diáspora.
Empezar un negocio en otro país no era sencillo.
Maryori hablaba de los trámites, de las licencias y de las dificultades que supone convertirse en autónomo y poner en marcha un establecimiento desde cero.
Su conclusión, sin embargo, era sencilla: es difícil, pero se puede.
Aquella frase tenía un significado especial porque Molarepa no era solamente un restaurante. Era también una manera de construir un proyecto de vida en el país al que acababan de llegar.
Encontrar un lugar en Zaragoza
Maryori hablaba con especial agradecimiento de la ciudad que la había recibido.
Después de menos de tres años en Zaragoza —y apenas uno con Molarepa abierto— ya sentía que había encontrado un lugar acogedor para comenzar nuevamente.
Destacaba algo aparentemente pequeño pero enormemente significativo para alguien que acaba de emigrar: la posibilidad de caminar tranquilamente, desplazarse con facilidad por la ciudad y recuperar una sensación de seguridad y normalidad.
Zaragoza le parecía pequeña comparada con las grandes ciudades a las que estaba acostumbrada, pero precisamente esa escala también formaba parte de su atractivo.
Sobre todo, Maryori hablaba de receptividad.
La de los zaragozanos que comenzaron a entrar en su restaurante y la de las personas que fue conociendo durante sus primeros meses en España.
El duelo de emigrar
La parte más personal de aquella conversación llegó cuando hablamos de lo que significa dejar Venezuela.
Maryori no ocultaba el coste emocional.
Emigrar significaba extrañar a la familia, a los amigos y hasta aquellos lugares cotidianos a los que quizá nunca habíamos prestado demasiada atención mientras vivíamos allí.
También recordaba que durante sus primeros meses atravesó momentos de tristeza y que hubo personas que la ayudaron a recuperar las ganas de continuar.
Su reflexión, vista desde la distancia, resume buena parte del espíritu con el que nació Diáspora Venezolana: emigrar no borra la vida anterior, pero tampoco impide construir otra.
Los recuerdos permanecen. La familia y los amigos que quedaron atrás siguen formando parte de nosotros. Pero alrededor comienzan a aparecer nuevos afectos, proyectos y personas que, con el tiempo, también se convierten en familia.
Para Maryori aquello era “un nuevo comienzo”.
¿Qué pasó después con Molarepa?
Vista hoy, aquella entrevista de 2017 tiene un significado diferente.
La Maryori con la que conversamos entonces todavía estaba comprobando si aquel pequeño restaurante conseguiría salir adelante.
La respuesta llegó con los años.
Molarepa cumplió diez años en 2026. El negocio que comenzó con Maryori y su esposo fue creciendo hasta contar con un equipo de 19 personas. El pequeño primer establecimiento de la calle Santa Catalina también dio paso a un restaurante mucho mayor.
En 2023, Molarepa se trasladó a un establecimiento con capacidad para alrededor de 150 comensales, también en la calle Santa Catalina, y su propuesta gastronómica se ha consolidado en Zaragoza.
Diez años después, resulta especialmente interesante volver a escuchar aquella conversación.
Porque Maryori todavía no sabía qué iba a ocurrir.
No sabía hasta dónde llegaría Molarepa.
Solo sabía que había dejado Venezuela, que estaba empezando una nueva vida y que, a pesar del miedo, había decidido intentarlo.
Y quizás ahí esté precisamente el valor de recuperar estas entrevistas del archivo: volver al momento en que las historias todavía no conocían su final.





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