Cuando William Mendoza salió de Venezuela en octubre de 1977, la palabra diáspora todavía no formaba parte de la conversación cotidiana de los venezolanos.
El país que dejó atrás era muy diferente al que décadas después provocaría la salida de millones de personas.
Era la época de aquella Venezuela petrolera que muchos recuerdan como la “Venezuela saudita”, un momento en el que viajar al extranjero tenía un significado muy distinto.
William tampoco salió huyendo de una crisis.
Salió para estudiar.
Gracias a una beca de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho, llegó a España con un proyecto académico. Lo que probablemente no imaginaba entonces era que aquel viaje terminaría convirtiéndose en prácticamente toda una vida.
Llegar para estudiar y terminar construyendo una vida
William estudió en España y durante esos años ocurrió algo que modificó definitivamente sus planes.
Se enamoró.
Después se casó con una española y decidió quedarse.
Cuando hablamos con él en Zaragoza en 2017, estaba a punto de cumplirse una fecha especialmente significativa: 40 años desde su llegada a España.
Cuatro décadas en las que construyó una familia y una identidad que él mismo resumía con naturalidad: venezolano y español.
Pero quedarse no significó olvidarse de Venezuela.
William continuó regresando periódicamente al país —algunas veces cada dos años, otras cada cuatro— y esos viajes le permitieron observar directamente la transformación que estaba ocurriendo.
Volver a un país que ya no era el mismo
En nuestra conversación, William recordaba con nostalgia aquella Venezuela de finales de los años setenta.
Pero cuando hablaba de sus visitas más recientes, el tono cambiaba.
Describía con preocupación la falta de alimentos y medicinas, los problemas con servicios básicos y la inseguridad.
Para alguien que había conocido otra Venezuela, contemplar aquel deterioro resultaba especialmente doloroso.
Y al mismo tiempo observaba desde Zaragoza algo que durante buena parte de sus décadas en España había sido excepcional: cada vez había más venezolanos llegando a la ciudad.
Durante muchos años, explicaba, encontrarse con otro venezolano en Zaragoza era algo poco frecuente.
Eso estaba cambiando rápidamente.
¿Por qué Zaragoza?
Después de tantos años viviendo allí, William tenía una idea bastante clara de las ventajas de Zaragoza para alguien que estuviera pensando en comenzar una nueva vida en España.
La definía como una ciudad de tamaño medio.
No era tan grande como Madrid o Barcelona, pero tampoco tan pequeña como para carecer de servicios y oportunidades.
Esa dimensión permitía, en su opinión, disponer de prácticamente todo lo necesario sin el ritmo ni el agobio de una gran metrópoli.
Había una ausencia que un venezolano podía notar especialmente: el mar.
Pero incluso eso formaba parte de los pequeños sacrificios que implica adaptarse a otro lugar.
Integrarse sin dejar de ser venezolano
Quizás el consejo más interesante de William llegó cuando le preguntamos qué recomendaría a los venezolanos que comenzaban entonces a emigrar.
Su respuesta partía de algo que había aprendido durante cuatro décadas: hay que integrarse.
Para William, conservar nuestras costumbres y nuestras raíces era importante. Pero eso debía convivir con un esfuerzo consciente por conocer y participar en la sociedad que nos recibe.
Aprender sus costumbres.
Relacionarse con las personas del país.
Compartir experiencias con ellas.
Y evitar encerrarse exclusivamente en grupos formados por otros venezolanos.
Su argumento era sencillo: relacionarse únicamente con quienes vienen del mismo lugar puede proporcionar comodidad al principio, pero también puede hacer más difícil la integración.
Después de cuarenta años fuera, William no planteaba aquella adaptación como una renuncia a Venezuela.
Todo lo contrario.
Uno puede integrarse profundamente en otra sociedad y continuar añorando el lugar donde nació.
Una identidad entre dos países
Cuando conversamos con William, buena parte de su vida había transcurrido ya en España.
Había llegado siendo un joven venezolano que venía a estudiar y cuatro décadas después podía mirar hacia atrás desde una posición muy diferente.
España era el país en el que había formado su familia y desarrollado su vida.
Venezuela seguía siendo su origen.
Quizá por eso su experiencia plantea una pregunta que atraviesa muchas de las historias de nuestra diáspora:
¿En qué momento dejamos de ser solamente del lugar donde nacimos y comenzamos también a pertenecer al lugar donde hemos vivido?
William no parecía necesitar escoger.
Era español.
Y seguía siendo venezolano.
Después de cuarenta años, ambas cosas podían convivir.





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