Cuando la familia Martínez Rivas llegó a Madrid en octubre de 2014, el plan parecía claro: estudiar un máster, pasar una temporada fuera de Venezuela, ampliar horizontes profesionales y, eventualmente, regresar.
La emigración, sin embargo, rara vez respeta los planes originales.
Vanessa y Rafael habían comenzado a organizar el viaje meses antes. Ambos tenían formación en el área de las ciencias económicas y sociales, experiencia profesional en Venezuela y la intención de aprovechar una etapa académica en España para enriquecer sus conocimientos.
Madrid no era una ciudad desconocida para ellos. Desde 2009 habían tenido la oportunidad de visitarla en varias ocasiones y, poco a poco, se habían enamorado de ella.
Incluso antes de imaginar que vivirían allí, Vanessa recuerda haber pasado por un parque madrileño y pensar que le gustaría residir algún día cerca de un lugar como aquel. Años después, terminaron viviendo a pocas calles.
Trece maletas y un plan que cambió antes de despegar
El viaje comenzó con una dificultad inesperada. La familia había organizado su estancia contando con el sistema de divisas para estudiantes que entonces existía en Venezuela, pero poco antes de tomar el avión recibieron la noticia de que su solicitud había sido rechazada.
Ya estaban en el aeropuerto, eran cuatro personas y llevaban trece maletas. Podían regresar a casa o continuar con un proyecto cuyo respaldo económico acababa de cambiar por completo.
Eligieron seguir adelante.
Aquella decisión marcó el comienzo de una etapa de incertidumbre en la que tuvieron que replantearse prácticamente todo lo que habían imaginado antes de salir de Venezuela. Familia Martínez
De la incertidumbre a la reinvención
Vanessa era contadora pública y se había especializado en auditoría y consultoría empresarial.
Rafael, además de trabajar en administración y asesorar empresas, desarrollaba una carrera docente en Venezuela. Desde 2004 era profesor universitario y posteriormente había obtenido una plaza mediante concurso de oposición.
Al llegar a España tuvieron que reconsiderar sus trayectorias profesionales.
Vanessa comenzó a orientar su experiencia hacia el desarrollo personal y el coaching, mientras Rafael exploró distintas áreas comerciales, se vinculó al ecosistema del emprendimiento y terminó recuperando también una parte esencial de su vida profesional: la docencia.
La experiencia migratoria fue transformando sus carreras. Aquello que inicialmente parecía un desvío terminó convirtiéndose en una oportunidad para adquirir nuevas herramientas, desarrollar proyectos y descubrir otras formas de utilizar los conocimientos que ya tenían.
«Cuando volteas y ves todo ese camino andado, te das cuenta de que todo tiene sentido», reflexionan durante la conversación.
Emigrar también es atravesar un duelo
Vanessa insiste en una idea que muchas veces aparece en las historias migratorias: emigrar implica atravesar un proceso emocional en el que pueden convivir tristeza, miedo e incertidumbre, sin que necesariamente haya que esconder esas emociones.
Su planteamiento es aceptar que forman parte del proceso sin permitir que terminen paralizando a la persona.
La migración, explica, puede obligar a replantear proyectos, profesiones e incluso la imagen que una persona tenía de sí misma. Esa transformación también puede convertirse en una oportunidad.
En su caso, comenzó a utilizar herramientas vinculadas al desarrollo personal que había conocido antes de emigrar y posteriormente se formó para poder acompañar a otras personas en procesos similares.
Lo que había comenzado como una búsqueda personal terminó convirtiéndose también en una nueva actividad profesional.
Los hijos y la capacidad de adaptarse
Vanessa y Rafael llegaron a Madrid acompañados por sus dos hijos y, paradójicamente, fueron ellos quienes terminaron enseñándoles una de las primeras lecciones de la emigración.
Los niños se adaptaron con rapidez. La familia recuerda especialmente la acogida que recibieron en el colegio y la ausencia de experiencias de discriminación durante aquellos primeros años.
Ver a sus hijos cómodos, haciendo amigos y convirtiendo la nueva vida en una especie de aventura les ayudó también a ellos a mirar su propia experiencia desde otra perspectiva.
«Yo siempre digo que son mis maestros», explica Vanessa.
La estabilidad de los niños terminó convirtiéndose en una de las razones fundamentales para continuar construyendo su vida en España. Familia Martínez
Emprender y volver a las aulas
Rafael también fue encontrando nuevas oportunidades en Madrid.
Tras probar distintos trabajos en el área comercial, comenzó a involucrarse en proyectos tecnológicos y en el ecosistema de las startups. Posteriormente puso en marcha una agencia de marketing junto a otros socios y volvió a la docencia, impartiendo formación relacionada con gestión empresarial y emprendimiento.
Su experiencia previa en Venezuela comenzó así a mezclarse con todo lo aprendido durante la emigración.
Madrid, explica, ofrece un entorno especialmente activo para quienes quieren emprender y desarrollar nuevos proyectos. También insiste en una diferencia fundamental: emigrar implica aprender las reglas del nuevo país.
Crear una empresa, pagar impuestos, cumplir los procedimientos administrativos y entender una nueva cultura profesional forman parte del proceso de adaptación.
Abrirse a los demás
Uno de los aprendizajes más importantes de Vanessa durante sus primeros años en Madrid fue comprender que emigrar no significa limitarse a reconstruir exactamente la vida que se dejó atrás, ni tampoco reemplazarla.
«No tenemos que reemplazar absolutamente nada», explica.
La familia, los amigos y los recuerdos de Venezuela continúan ocupando su lugar, mientras alrededor de ellos pueden construirse nuevas relaciones.
Vanessa recuerda cómo comenzó a participar en grupos de venezolanos en Madrid y cómo algunas de aquellas relaciones surgieron casi de manera espontánea: una persona que no tenía con quién celebrar su cumpleaños, un grupo que decidió organizarle una reunión o madres y padres venezolanos que empezaron a encontrarse para que sus hijos pudieran compartir.
Pequeñas redes fueron convirtiéndose, poco a poco, en comunidad.
De un grupo de familias a una asociación solidaria
De uno de esos espacios nació la Asociación Manantial de Corazones.
Todo comenzó cuando varias familias conocieron el caso de una niña con cáncer y decidieron buscar la manera de ayudar.
Aquella iniciativa terminó convirtiéndose en una organización que, según relataban durante la entrevista, había enviado cientos de kilos de alimentos e insumos a Venezuela y desarrollado distintas actividades solidarias.
Para Vanessa, la experiencia demostraba algo fundamental: muchas oportunidades aparecen precisamente cuando una persona decide salir de su aislamiento y relacionarse con quienes tiene alrededor.
La emigración también puede convertirse en una red de solidaridad.
Aprender a ser emigrantes
Venezuela fue durante décadas un país receptor de inmigrantes. Millones de españoles, italianos, portugueses y ciudadanos de otros países construyeron allí nuevas vidas.
Por eso, para muchos venezolanos, la experiencia de convertirse ellos mismos en emigrantes ha supuesto un aprendizaje colectivo.
Rafael habla de la necesidad de crear una cultura migratoria basada en la cooperación. No se trata solamente de competir por oportunidades, sino de construir redes, aprender del nuevo entorno y ayudarse entre quienes atraviesan experiencias similares.
Durante su vida en España aseguran haber encontrado también numerosos españoles dispuestos a ayudarles y a integrarlos. Algunas de esas personas, dicen, terminaron convirtiéndose prácticamente en familia.
¿Volver a Venezuela?
La posibilidad del regreso aparece inevitablemente en la conversación.
La respuesta no es sencilla.
Venezuela sigue siendo para ellos una tierra llena de oportunidades y un lugar profundamente vinculado a su identidad. Ahora existe también otra realidad: sus hijos han crecido en España, tienen amigos, colegio, rutinas y vínculos propios.
Regresar significaría someterlos nuevamente a otro proceso de adaptación.
Por eso, más que plantearse el futuro como una elección absoluta entre un país y otro, la familia parece haber aprendido a convivir con una identidad repartida entre varios lugares.
Extrañan Venezuela, recuerdan Maracay, las costas de Aragua, Choroní, la familia y los amigos. A veces comen arepas, reciben alimentos enviados desde Venezuela o pasan largas horas hablando con sus seres queridos.
La nostalgia continúa formando parte de la experiencia, pero también lo hace la vida que han construido en Madrid.
Venezuela también existe fuera de sus fronteras
Al final de la conversación aparece una idea que resume buena parte de la historia de la familia Martínez.
Venezuela no está únicamente dentro de un territorio. También está en las personas que viven fuera, en las comunidades que construyen, en los proyectos que desarrollan y en la ayuda que consiguen enviar a quienes permanecen dentro del país.
«Donde estemos, siempre somos trabajadores por Venezuela. Eso no es excusa. Venezuela no está solamente en el territorio», explican al despedirse. Familia Martínez
Su historia es también la de miles de familias venezolanas que salieron pensando que la emigración sería temporal y terminaron descubriendo una realidad mucho más compleja, hecha de nostalgia, adaptación, miedo, oportunidades y nuevos vínculos.
Emigrar no significa borrar lo que quedó atrás, sino aprender a construir algo nuevo sin dejar de pertenecer al lugar del que se viene.
Ver entrevista completa en Youtube





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