Cuando Leo Araujo e Ivanhova Humpiérrez hablan de sus restaurantes en Madrid, la conversación termina inevitablemente alrededor de una idea que va mucho más allá de la gastronomía: recibir a la gente como si entrara en su casa.
Esa forma de entender el negocio tiene mucho que ver con su propia historia.
Antes de emigrar ya habían trabajado juntos en Venezuela y habían tenido experiencias relacionadas con la restauración. Después llegaron Girona, la adaptación de sus hijos, una crisis económica, la decisión de trasladarse a Madrid y finalmente la posibilidad de convertir la cocina venezolana en un proyecto familiar.
Con el tiempo, sus establecimientos comenzaron a recibir personas que no acudían solamente a comer. Muchos clientes los conocían, conversaban con ellos y regresaban también por el vínculo que habían construido.
La emigración les había llevado lejos de Venezuela, pero la mesa terminó convirtiéndose en una forma de reconstruir parte de aquella cercanía.
Una pareja acostumbrada a trabajar junta
Leo e Ivanhova llevaban años compartiendo proyectos antes de llegar a España.
En Venezuela habían participado juntos en distintas actividades profesionales y también habían tenido experiencia en restauración.
Ese recorrido previo terminó siendo importante cuando apareció una oportunidad inesperada.
A Leo lo contactaron desde un restaurante en Girona que trabajaba cocina japonesa y mediterránea. Necesitaban a alguien con conocimientos específicos y le propusieron trasladarse temporalmente para hacerse cargo del proyecto.
La idea inicial era probar durante tres meses.
El período terminó prolongándose y la misma empresa ayudó posteriormente a que Ivanhova pudiera reunirse con él.
La pareja llegó así a Cataluña con sus dos hijos, que entonces eran adolescentes.
Girona y la primera adaptación familiar
Ivanhova recuerda Girona con especial cariño.
La ciudad les ofreció una escala manejable para una familia que estaba comenzando una nueva vida.
Sus hijos podían desplazarse al colegio con cierta autonomía y la rutina cotidiana permitía conocer rápidamente a las personas del entorno.
Después de varios años terminaron estableciendo relaciones con comerciantes, bares, restaurantes y vecinos.
La adaptación fue buena.
España empezaba a convertirse en un lugar donde podían imaginar un futuro.
Pero apareció otro problema.
El país atravesaba una crisis económica y ellos veían cerrar negocios a su alrededor.
Aquella situación provocaba incertidumbre, aunque también empezó a empujarlos hacia otra posibilidad: crear algo propio.
Madrid y la posibilidad de reunir a la familia
La decisión de trasladarse a Madrid tuvo un componente familiar muy importante.
La hermana de Ivanhova y su esposo también estaban implicados en aquella idea de emprender y la capital permitía que todos pudieran vivir en la misma ciudad y desarrollar juntos un proyecto.
Comenzaron a buscar opciones.
Finalmente encontraron un establecimiento que ya tenía un nombre: La Cuchara.
La propietaria anterior lo había llamado así porque quería trabajar platos de cuchara.
Leo e Ivanhova inicialmente pensaron en cambiarlo porque su propuesta iba en otra dirección.
Pero modificar toda la identidad suponía también un gasto añadido en un momento en el que cada inversión debía medirse con cuidado.
El nombre permaneció.
Con los años terminó siendo difícil imaginar el proyecto con otro.
De una carta mixta a un restaurante venezolano
La Cuchara no nació inmediatamente como un restaurante completamente venezolano.
Al principio incorporaron algunos de los platos que habían trabajado anteriormente y añadieron determinadas referencias personales, entre ellas las arepas.
La reacción del público comenzó a orientar el camino.
Los clientes probaban aquellos platos venezolanos, preguntaban por ellos y les pedían que incorporaran más.
Poco a poco Leo e Ivanhova comenzaron a plantearse algo que en aquel momento todavía no era tan habitual en Madrid: desarrollar una propuesta centrada completamente en la gastronomía venezolana.
Había establecimientos que ofrecían algunos productos del país mezclados con otras cocinas, pero ellos querían profundizar más.
La experiencia profesional de Leo ayudaba a sostener aquella decisión.
Había estudiado cocina en el Centro Venezolano de Capacitación Gastronómica y había comenzado muy joven también a trabajar como preparador y profesor.
La docencia le obligó a estudiar, investigar y dominar técnicas con rapidez.
Todo ese aprendizaje terminaría reapareciendo años después en Madrid.
Rescatar los platos de las familias
Uno de los elementos más interesantes de La Cuchara es la manera en que construyeron parte de la carta.
No se limitaron a elegir los platos venezolanos más conocidos.
También empezaron a recuperar preparaciones vinculadas con sus propias familias.
Las hallacas son un buen ejemplo.
Leo tenía la receta de su familia e Ivanhova tenía la suya.
En lugar de escoger una sobre la otra, comenzaron a trabajar hasta encontrar una versión que reuniera elementos de ambas tradiciones familiares.
Ese mismo criterio apareció en otros platos.
Recetas que Ivanhova recordaba de su casa se incorporaban junto a otras procedentes de la familia de Leo.
Después ambos añadían su experiencia culinaria y adaptaban las preparaciones al funcionamiento profesional de un restaurante.
La carta terminó convirtiéndose así en una especie de archivo familiar comestible.
No todo lo que servían era necesariamente conocido por todos los venezolanos.
La chalupa, por ejemplo, aparecía como uno de esos platos capaces de provocar sorpresa incluso entre compatriotas que nunca la habían probado.
Para Leo e Ivanhova, rescatar esas preparaciones también significaba mostrar que la gastronomía venezolana es mucho más amplia que el pequeño grupo de platos que suele representar al país fuera de sus fronteras.
Llevar la cocina venezolana fuera del restaurante
La difusión de su gastronomía no se quedó dentro del local.
También participaron desde sus primeras etapas en iniciativas gastronómicas itinerantes que les permitieron moverse por distintas zonas de España.
Para ello desarrollaron incluso una propuesta móvil capaz de adaptarse a eventos, celebraciones y formatos donde era necesario servir comida de manera rápida.
Arepas, empanadas, cachapas y otras preparaciones podían salir así de Madrid y llegar a públicos que quizá nunca habían entrado en un restaurante venezolano.
Aquella movilidad les permitió comprobar que su cocina podía funcionar mucho más allá de la comunidad venezolana.
También reforzó algo que siempre ha estado presente en su proyecto: la voluntad de explicar el país a través de la comida.
Emprender exige persistencia
Cuando hablan del emprendimiento, Leo e Ivanhova evitan presentarlo como una historia sencilla.
La constancia aparece repetidamente en su relato.
Hay que creer en lo que se está haciendo, pero también estar preparado para atravesar problemas inesperados.
Ellos mismos tuvieron dificultades administrativas que llegaron a afectar el funcionamiento del restaurante.
En una ocasión tuvieron que realizar modificaciones relacionadas con la fachada del establecimiento porque se encontraba en una zona protegida y determinadas intervenciones no cumplían con las condiciones exigidas.
El problema los obligó a detener temporalmente parte de la actividad.
En ese momento apareció también otra característica de la comunidad venezolana emprendedora en Madrid: la solidaridad entre proyectos.
Otros restauradores les ofrecieron apoyo y espacios para poder continuar trabajando mientras resolvían la situación.
Leo e Ivanhova recuerdan ese tipo de ayuda como parte importante del camino.
Del mismo modo, cuando otros venezolanos comenzaron después a emprender, ellos intentaron compartir tanto los aciertos como los errores que habían cometido.
La pandemia y la necesidad de volver a pensar
Después de años de trabajo llegó otra prueba mucho mayor.
La pandemia afectó profundamente a la hostelería y los obligó nuevamente a replantearse la manera de funcionar.
El reparto a domicilio adquirió una importancia creciente.
Ya habían observado antes de 2020 que los hábitos estaban cambiando y que muchas personas preferían recibir en casa una cena preparada por un restaurante.
Las restricciones aceleraron completamente esa tendencia.
Para ellos el desafío consistía en intentar que el cliente que pedía desde su casa recibiera algo más que comida transportada en una caja.
Querían acercar, en la medida de lo posible, la experiencia del restaurante hasta allí.
Pero la pandemia también les proporcionó algo que escaseaba durante la vida normal del negocio: tiempo para pensar.
Después de años trabajando prácticamente sin detenerse, pudieron revisar decisiones, analizar errores y aprender a actuar con mayor paciencia.
La crisis seguía siendo difícil, pero ellos intentaban extraer también de ella una forma diferente de mirar el futuro.
Una casa que terminó creciendo
La idea de recibir a la gente como en casa terminó expandiéndose.
Cuando decidieron desarrollar un segundo establecimiento, buscaban precisamente reforzar esa sensación de cercanía.
El nombre elegido también jugaba con esa idea de abrir un espacio propio para compartirlo con otros.
Para Leo e Ivanhova, los restaurantes nunca han sido únicamente lugares donde alguien compra comida.
El objetivo es que exista una relación.
Por eso muchos clientes terminaron convirtiéndose en conocidos y algunos incluso en amigos.
Esa cercanía quizá tenga que ver con la manera en que ellos mismos han construido su experiencia migratoria.
La familia fue una de las razones para elegir Madrid y continúa ocupando el centro de sus decisiones.
La gastronomía terminó proporcionándoles una manera de ampliar esa familia simbólica a las personas que entraban cada día por la puerta.
Volver a Venezuela con lo aprendido
Cuando aparece la pregunta sobre un posible regreso, ambos pueden imaginarlo.
No necesariamente como una renuncia a España ni como una vuelta inmediata a la vida anterior.
Lo que aparece en sus sueños es la posibilidad de trasladar a Venezuela parte de todo lo aprendido.
Hablan incluso de una posada, un lugar donde recibir personas y mostrarles el país.
La idea tiene sentido dentro de su propia trayectoria.
Durante años han utilizado la comida para recibir en Madrid a venezolanos, españoles y personas de otras nacionalidades.
Regresar algún día podría significar invertir el recorrido: utilizar la experiencia construida fuera para recibir nuevamente a personas dentro de Venezuela.
Por ahora, su vida está en España.
Aquí crecieron sus hijos, construyeron negocios, aprendieron a moverse dentro de otro mercado y encontraron una comunidad que respondió a su propuesta gastronómica.
Pero la cocina sigue funcionando como un puente.
Cada receta familiar que entra en la carta conserva algo de las casas de las que proceden.
Cada cliente que prueba por primera vez un plato venezolano conoce también una pequeña parte del país que Leo e Ivanhova dejaron atrás.
Después de tantos años, quizá eso sea lo que mejor explica su proyecto: convertir una mesa en un lugar donde Venezuela y España puedan encontrarse sin que una tenga que sustituir a la otra.
Ver entrevista completa
Puedes ver la entrevista completa con Leo Araujo e Ivanhova Humpiérrez en el canal de YouTube de Diáspora Venezolana.
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