Cuando Isa, José y Danny decidieron dejar sus trabajos para dedicarse por completo al proyecto que llevaban tiempo imaginando, todavía no sabían que estaban a punto de enfrentarse a una situación que pondría a prueba prácticamente todas sus decisiones.
Era finales de febrero de 2020.
Habían preparado el concepto, invertido tiempo y dinero y organizado sus vidas para concentrarse en levantar un negocio gastronómico en Madrid. Pocas semanas después, la pandemia paralizó España y convirtió la apertura de cualquier establecimiento en una apuesta mucho más incierta de lo que habían previsto.
Durante un tiempo se preguntaron si tenía sentido continuar.
Podían frenar, esperar o asumir que aquel no era el momento.
Finalmente decidieron avanzar.
El 12 de mayo comenzaron una historia que, en realidad, había empezado años antes y a miles de kilómetros de Madrid.
De Caracas a Houston por una razón familiar
El camino de Isa y José fuera de Venezuela comenzó aproximadamente seis años antes de nuestra conversación.
Salieron de Caracas rumbo a Houston, Texas, principalmente por una razón médica. La madre de Isa necesitaba recibir tratamiento contra el cáncer y la familia decidió trasladarse a Estados Unidos.
Mientras acompañaban aquel proceso, también intentaron desarrollar un proyecto empresarial que finalmente no pudo concretarse.
Su situación migratoria terminó convirtiéndose en otro factor importante. Permanecían en Estados Unidos como estudiantes y no querían construir una vida permanentemente condicionada por la incertidumbre legal.
Comenzaron entonces a explorar alternativas.
Hablaron con conocidos establecidos en distintos países, preguntaron por las posibilidades laborales y llegaron a contemplar Italia, entre otras opciones.
Finalmente eligieron España.
El idioma facilitaba la adaptación y Madrid ofrecía la posibilidad de comenzar de nuevo en un entorno donde podían imaginar una vida más estable.
Una idea que comenzó a tomar forma en Houston
La gastronomía ya había aparecido de alguna manera en la vida de Isa y José antes de llegar a Madrid.
Aunque José había tenido en Venezuela un negocio relacionado con las motos, ambos también habían participado en el desarrollo de una marca de hamburguesas gourmet en la que elaboraban desde la carne y el pan hasta las salsas.
Durante su estancia en Houston comenzaron además a interesarse especialmente por la cocina Tex-Mex.
Aquellos sabores y conceptos fueron quedándose en la memoria.
La idea que años después se convertiría en Frida Frijol comenzó a desarrollarse allí, aunque inicialmente incluso tenía otro nombre.
Todavía faltaban Madrid, varios años de trabajo y una pandemia antes de que el proyecto pudiera hacerse realidad.
Cuatro años trabajando antes de emprender
Después de establecerse en Madrid, Isa y José comenzaron a trabajar en una empresa dedicada a productos venezolanos.
Permanecieron allí durante algo más de cuatro años.
La decisión de emprender, por tanto, no fue inmediata.
Primero construyeron una vida, conocieron la ciudad, trabajaron y acumularon experiencia antes de recuperar aquella idea que habían comenzado a desarrollar en Estados Unidos.
Danny llegó a Madrid por otro camino.
Había decidido salir de Venezuela por la situación del país y contaba con nacionalidad española, lo que le permitía establecerse legalmente con mayor tranquilidad.
Al llegar comenzó a trabajar como asistente técnico en clínicas veterinarias.
También tuvo que plantearse una decisión profesional: continuar desarrollándose en aquel sector o reinventarse.
En ese momento los caminos de los tres terminaron encontrándose alrededor de una misma idea.
Apostarlo todo por el proyecto
Durante meses compatibilizaron sus trabajos con la preparación del negocio.
La intención era reducir al mínimo el período en el que estarían sin ingresos, por lo que continuaron trabajando mientras avanzaban con todos los detalles necesarios para abrir.
A finales de febrero de 2020 tomaron finalmente la decisión.
Dejarían sus empleos y se dedicarían los tres por completo a Frida Frijol.
El calendario parecía razonable.
Lo que ocurrió después no podía formar parte de ningún plan empresarial.
La llegada de la COVID-19 y las restricciones derivadas de la pandemia alteraron por completo el escenario.
De repente, un proyecto gastronómico que estaba preparado para comenzar se encontraba ante un país prácticamente detenido.
Había además una inversión económica ya realizada y meses de trabajo detrás.
La pregunta dejó de ser únicamente cómo abrir el negocio y pasó a ser si debían abrirlo.
Abrir en plena pandemia
Las dudas fueron inevitables.
Los tres conversaron muchas veces sobre las posibilidades que tenían. Detener el proyecto suponía protegerse de una situación extraordinariamente incierta, pero también significaba dejar atrás buena parte de lo que habían construido.
Después de pensarlo decidieron continuar.
En mayo concluyeron que había llegado el momento y fijaron el día 12 para comenzar.
Aquella decisión resumía bastante bien la manera en que entendían el emprendimiento.
No lo describían como algo sencillo ni como una fórmula en la que basta tener una buena idea.
«Todo emprendimiento es duro y todo inicio es duro», explicaban.
Para ellos hacía falta combinar pasión por el producto con trabajo, perseverancia, constancia y una visión suficientemente realista de lo que se estaba intentando construir.
La pandemia simplemente había añadido una dificultad adicional a una aventura que ya era compleja por sí misma: crear un negocio fuera del país en el que habían crecido.
Una propuesta distinta para el público madrileño
Frida Frijol se construyó alrededor de una propuesta inspirada en el universo Tex-Mex, pero sin limitarse a reproducir exactamente aquello que los tres habían conocido en Estados Unidos.
Uno de los desafíos iniciales fue explicar el concepto.
Muchos clientes llegaban buscando referencias conocidas, como los tacos, y descubrían que existían otras opciones y combinaciones que podían probar.
Para sus fundadores, una de las mejores señales no era simplemente conseguir que alguien entrara por primera vez, sino comprobar que regresaba.
La repetición del cliente les indicaba que la propuesta estaba funcionando.
Desde el principio habían pensado especialmente en un público joven, abierto a descubrir sabores y conceptos diferentes.
Pero la experiencia también les permitió conocer mejor al consumidor español.
La experiencia de sentirse recibidos
Durante la entrevista, los tres valoraban positivamente su relación con España.
Después de varios años viviendo en Madrid, hablaban de una sociedad en la que habían encontrado apertura y oportunidades para relacionarse.
Su experiencia cotidiana no estaba marcada por el rechazo, sino por conversaciones, encuentros y relaciones que habían ido construyendo desde su llegada.
Para ellos, la simpatía, la educación y la disposición a relacionarse con los demás ayudaban a derribar muchas de las barreras que inicialmente pueden imaginarse al emigrar.
Esa sensación formaba parte de una valoración más amplia sobre la decisión de establecerse en España.
No se trataba solamente de haber conseguido poner en marcha Frida Frijol. También apreciaban la calidad de vida y, en el caso de una familia que había emigrado inicialmente por motivos médicos, la tranquilidad que podía proporcionar disponer de atención sanitaria sin que cada tratamiento se convirtiera en una preocupación añadida.
La familia que sigue acompañando desde Venezuela
Emprender lejos de Venezuela también significó hacerlo sin buena parte de la familia cerca.
La distancia aparecía especialmente en los momentos más importantes del proyecto.
Sus familiares habían observado desde fuera todo el proceso, incluida la decisión de abrir en medio de una pandemia. Al principio había preocupación, algo comprensible cuando emprender fuera de tu país ya supone un riesgo y las circunstancias habían elevado todavía más la incertidumbre.
Pero ese apoyo permanecía.
Los mensajes, las conversaciones y el ánimo familiar continuaban formando parte de la vida cotidiana aunque los kilómetros impidieran compartir físicamente el proyecto.
Cuando hablaban de aquello que extrañaban de Venezuela, aparecía precisamente ese ambiente familiar.
No se trataba únicamente de comidas concretas o celebraciones, aunque las hallacas y las costumbres particulares de cada familia inevitablemente formaban parte de los recuerdos. Lo que echaban de menos era también la posibilidad de compartir aquellas tradiciones con las personas con las que habían crecido.
Construir comunidad lejos de casa
La presencia venezolana en Madrid ayudaba a reducir parcialmente aquella distancia.
Los clientes venezolanos reconocían rápidamente determinados códigos del proyecto y, cuando disfrutaban de la experiencia, muchas veces reaccionaban de una manera especialmente familiar: querían volver acompañados.
Después de probarlo pensaban en llevar a la madre, al hermano o a algún amigo.
Ese comportamiento convertía el negocio en algo más que una relación puntual entre un establecimiento y un cliente.
También mostraba cómo funcionan muchas comunidades migrantes.
Cuando alguien encuentra algo que le gusta o le recuerda determinados códigos culturales, siente la necesidad de compartirlo con quienes forman parte de su círculo cercano.
Frida Frijol había nacido de las experiencias de tres venezolanos fuera del país, pero comenzaba a construir su propia comunidad en Madrid.
¿Y algún día Venezuela?
Como ocurre en tantas conversaciones de Diáspora Venezolana, al final apareció la posibilidad del regreso.
En este caso la pregunta no era únicamente si ellos volverían a vivir en Venezuela.
También era si podían imaginar algún día el proyecto que habían creado en Madrid funcionando allí.
La idea les entusiasmaba.
Pensar en llevarlo a Venezuela, e incluso a un lugar como Margarita, aparecía como un sueño posible si alguna vez existían las condiciones para hacerlo.
No hablaban necesariamente de abandonar lo construido en España, sino de extenderlo hacia el país del que habían salido.
Esa diferencia resulta importante.
La emigración había cambiado sus vidas y les había permitido desarrollar un proyecto que probablemente habría sido diferente si sus caminos no hubieran pasado por Houston y Madrid.
Regresar algo de todo ese aprendizaje a Venezuela significaría también cerrar parcialmente el círculo.
Emprender después de emigrar
La historia de Frida Frijol no comenzó cuando abrió sus puertas en Madrid.
Comenzó con varias decisiones migratorias, con un tratamiento médico en Houston, con la necesidad de encontrar estabilidad legal, con años de trabajo en España y con tres personas que terminaron coincidiendo en el momento adecuado para intentar construir algo propio.
Después llegó una pandemia que estuvo a punto de alterar completamente los planes.
Podían haber interpretado aquella circunstancia como una señal para detenerse.
Eligieron continuar.
Cuando conversamos con ellos todavía había pasado relativamente poco tiempo desde la apertura, por lo que era pronto para saber hasta dónde podía llegar el proyecto.
Pero algo ya estaba claro: haber conseguido abrirlo significaba que los tres habían atravesado otra de esas etapas en las que emigrar obliga a aprender a convivir con la incertidumbre.
El emprendimiento añadió un riesgo nuevo, aunque también les permitió construir algo que llevaba consigo parte de todas las ciudades por las que habían pasado.
Caracas estaba en su historia, Houston había contribuido a despertar la idea y Madrid se convirtió en el lugar donde finalmente pudieron hacerla realidad.





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