Cuando Luis Miguel Figueira llegó a Madrid en marzo de 2018 lo hizo, como tantos otros venezolanos, con la intención inicial de estudiar un máster.

La ciudad no era completamente desconocida para él. Ya había pasado algún tiempo en Madrid y le gustaba lo suficiente como para imaginar que aquella estancia académica podía convertirse en algo más permanente.

Así ocurrió.

Después del máster decidió quedarse, pero antes de lanzarse a emprender tomó una decisión que terminaría siendo fundamental: trabajar durante dos años en restaurantes para aprender cómo funcionaba realmente la hostelería española.

Luis Miguel venía de una familia acostumbrada a hacer negocios en Venezuela. Había crecido viendo abrir, reorganizar y transformar comercios, pero entendía que esa experiencia no podía trasladarse automáticamente de un país a otro.

Había que aprender Madrid.

Había que entender cómo consumían los madrileños, qué esperaban de un restaurante y cómo funcionaba un sector condicionado profundamente por la cultura local.

De ese proceso terminaría naciendo Piri Piri Frango, un concepto especializado en pollo al estilo portugués que conectaba, de una manera inesperada, su presente en España con los veranos de su infancia y las raíces portuguesas de su familia.

Una familia acostumbrada a emprender

Luis Miguel nació en Caracas, aunque mantiene también una relación especial con Maracay y el estado Aragua, donde pasó parte importante de su vida rodeado de familia.

Por otro lado estaban las raíces portuguesas.

Sus padres proceden de Madeira y forman parte de esa historia migratoria que durante décadas conectó Portugal con Venezuela.

Los abuelos paternos y maternos emigraron a Venezuela. Allí las familias crecieron, se conocieron y construyeron nuevas vidas.

El emprendimiento formaba parte de ese ambiente familiar.

Luis Miguel recuerda a su padre como alguien especialmente hábil para detectar oportunidades. Compraba negocios con dificultades, los organizaba, remodelaba y conseguía hacerlos funcionar antes de venderlos nuevamente.

Por la familia pasaron distintos tipos de comercios: licorerías, panaderías, charcuterías, fruterías y otros negocios vinculados principalmente a los servicios.

Luis Miguel creció observando esa dinámica.

Por eso, cuando llegó a Madrid, la posibilidad de emprender estaba presente desde el principio. Lo que todavía no sabía era qué negocio podía tener sentido en una ciudad diferente de aquella en la que había aprendido a trabajar.

Llegar a Madrid para estudiar y quedarse para construir

El motivo concreto de su llegada en 2018 fue académico.

Luis Miguel quería hacer algo diferente y aprovechar aquel momento de su vida para cambiar de entorno.

Durante el máster decidió que no quería limitarse a estudiar.

Necesitaba trabajar y, sobre todo, quería comprender el mercado en el que algún día esperaba abrir su propio negocio.

Entró entonces en el mundo de los restaurantes madrileños y pasó por distintas áreas operativas, desde cocina y servicio hasta procesos relacionados con el funcionamiento cotidiano de un establecimiento.

Aquellos dos años terminaron siendo otra forma de formación.

Luis Miguel comprendió que la experiencia empresarial adquirida en Venezuela era valiosa, pero no suficiente.

«La cultura hace una influencia brutal en el comportamiento gastronómico y las conductas de consumo», explica.

Emprender en otro país requería observar, escuchar y adaptarse.

No se trataba de llegar con una fórmula construida en Venezuela e imponerla en Madrid. Había que entender primero a quién se quería servir.

La receta portuguesa que estaba en la memoria

Cuando Luis Miguel y su socio comenzaron a pensar qué negocio podían desarrollar, buscaron un concepto relativamente sencillo alrededor de un producto que pudieran controlar y mantener con un nivel elevado de calidad.

Llegaron al pollo.

Pero la inspiración no procedía directamente de las tradicionales polleras venezolanas.

Venía de Portugal.

Luis Miguel había pasado muchos veranos con su familia en el Algarve y conservaba el recuerdo del pollo portugués preparado a la parrilla, un producto muy popular que podía encontrarse fácilmente en establecimientos sencillos y cercanos a las zonas costeras.

Aquella comida estaba asociada a vacaciones, reuniones familiares y momentos agradables.

Además, Portugal era un país cercano cultural y geográficamente al público español. Muchos españoles conocían aquella forma de preparar el pollo gracias a sus viajes al país vecino.

La idea comenzó entonces a tomar forma.

El producto sería el frango no churrasco: pollo abierto y preparado directamente sobre las brasas siguiendo la tradición portuguesa.

De allí también surgiría el nombre Piri Piri Frango.

Frango significa pollo en portugués, mientras que piri-piri hace referencia a un pequeño chile picante muy vinculado a la cocina portuguesa y cuya historia conecta Portugal con Mozambique.

En aquella propuesta gastronómica terminaban encontrándose distintas geografías, algo que también podía decirse de la propia historia de Luis Miguel.

Darle protagonismo a un producto cotidiano

Para Luis Miguel, uno de los retos consistía precisamente en demostrar que un producto tan habitual como el pollo podía recibir otro tratamiento.

«El pollo asado se ha convertido en algo protagonista en nuestras vidas», explica al recordar cómo cambió su manera de verlo después de comenzar el proyecto.

La propuesta se construyó alrededor de varios elementos de la preparación portuguesa.

El pollo se marinaba durante horas con especias, se abría para cocinarlo directamente sobre la parrilla, se utilizaba carbón para el asado y finalmente se terminaba con diferentes salsas, entre ellas la tradicional de piri-piri.

No pretendían inventar un producto extravagante.

Querían tomar algo conocido por prácticamente todo el mundo y prepararlo con suficiente cuidado para que se percibiera de otra manera.

Abrir un restaurante cuando cerró el mundo

El proyecto estaba prácticamente preparado para abrir en marzo de 2020.

Entonces llegó la pandemia.

Luis Miguel recuerda que cuando en España se declaró el estado de alarma estaban introduciendo el mobiliario en el primer local, situado en Lavapiés. Las mesas y las sillas todavía estaban siendo desempacadas.

Todo se detuvo.

Durante varias semanas no parecía tener sentido pensar en abrir un restaurante al público.

Pero los gastos continuaban.

Había alquileres, créditos y compromisos que atender.

También tenían producto almacenado y un negocio que, de alguna manera, necesitaba comenzar a funcionar.

La solución llegó a través del reparto a domicilio.

En abril comenzaron a organizar nuevamente el local, prepararon fotografías profesionales de los productos y entraron en las plataformas de delivery que funcionaban entonces en Madrid.

Lo que podía haber sido simplemente una salida de emergencia terminó modificando la historia del negocio.

Primero los conocieron en casa y después fueron al restaurante

Luis Miguel recuerda aquella primera etapa como un fenómeno poco habitual.

Lo normal era que una persona conociera un restaurante, probara su comida y posteriormente decidiera pedirla a domicilio.

A ellos les ocurrió exactamente al contrario.

Durante el confinamiento había algo que jugaba a su favor: preparar pollo realmente asado sobre carbón no era sencillo en una vivienda madrileña.

La propuesta ofrecía, por tanto, algo difícil de reproducir en casa.

Los pedidos comenzaron a llegar.

Cuando posteriormente pudieron recibir clientes en el establecimiento, descubrieron que muchas de las personas que aparecían por primera vez en el local ya conocían perfectamente el producto.

Lo habían probado mediante el reparto a domicilio.

Luis Miguel calculaba que durante los primeros meses una gran parte de quienes visitaban el establecimiento habían llegado previamente a la marca gracias al delivery.

La pandemia había obligado a alterar por completo la estrategia inicial, pero aquella adaptación terminó creando una vía inesperada de crecimiento.

De Lavapiés a otros barrios de Madrid

El primer establecimiento de Lavapiés era pequeño y había sido concebido principalmente alrededor de la idea portuguesa del frango para fora, es decir, pollo para llevar.

El crecimiento del negocio planteó rápidamente nuevas necesidades.

Había clientes que querían permanecer en el establecimiento, sentarse y disfrutar de la comida con más tiempo.

En el momento de la entrevista, el proyecto había crecido hasta contar también con espacios en Chueca y Prosperidad.

Luis Miguel describía cada apertura como una nueva etapa de aprendizaje.

Lavapiés había sido la primera escuela.

Chueca permitió desarrollar un establecimiento de mayores dimensiones y atender de otra manera al público.

Prosperidad significaba adentrarse en otro tipo de barrio y seguir comprobando cómo respondía el consumidor madrileño.

El crecimiento, sin embargo, no quería convertirse en una carrera por abrir establecimientos sin control.

Luis Miguel insistía en conservar una dimensión artesanal y mantener la calidad del producto antes de pensar en una expansión acelerada.

Un negocio en España pensado para españoles

Aunque el proyecto estaba creado por inmigrantes y tenía una clara inspiración portuguesa, Luis Miguel tenía muy definido quién era su público principal.

Estaban en España y querían construir un negocio para el consumidor español.

Eso suponía comprender sus hábitos y trabajar desde ellos.

El pollo asado, en ese sentido, tenía una ventaja.

Luis Miguel encontró una costumbre que le resultaba muy familiar: la de comprar pollo durante el fin de semana y llevarlo a casa para compartirlo en familia.

Era una escena que también conocía perfectamente de Venezuela.

No tenía claro quién había influido a quién a lo largo de la historia, pero sí encontraba una familiaridad evidente entre determinadas costumbres españolas, portuguesas y venezolanas.

El reto no consistía entonces en convencer al público de comer pollo, sino en conseguir que probara una preparación portuguesa diferente de aquella a la que estaba acostumbrado.

Una vez superada esa primera barrera, la respuesta había sido positiva.

Emprender fuera de Venezuela

Después de crecer en una familia de comerciantes y convertirse él mismo en emprendedor en Madrid, Luis Miguel no cree que las dificultades para crear un negocio sean exclusivas de un país.

Siempre habrá barreras administrativas, legales, financieras y comerciales.

Para él, una de las diferencias fundamentales está en la manera en que el emprendedor responde cuando aparece cada problema.

«Lo más importante es que tú tengas la disciplina de continuar y de volver a poner la voluntad y de seguir».

En su experiencia, España ofrecía además un entorno favorable para desarrollar proyectos empresariales, con acceso a financiación, asesoramiento y un mercado relativamente estable.

Madrid presentaba otra ventaja: podía estudiarse.

Entender los comportamientos de consumo permitía hacer previsiones y tomar decisiones con una base más sólida.

Pero había una condición.

El emprendedor debía observar la ciudad de forma objetiva y aceptar que algunas de sus ideas iniciales tendrían que cambiar.

La adaptación que Luis Miguel había aprendido como inmigrante terminaba siendo también una herramienta empresarial.

Venezuela, Portugal y los lugares donde todavía se puede crecer

En el momento de nuestra conversación, el proyecto continuaba pensando en crecer dentro de Madrid.

Pero inevitablemente apareció también la pregunta por Venezuela.

¿Podría existir algún día un Piri Piri Frango en Caracas o Maracay?

Luis Miguel no lo descartaba.

La posibilidad dependía, sobre todo, de encontrar un contexto que ofreciera estabilidad y seguridad suficientes para realizar una inversión a medio y largo plazo.

Para él, mantener una conexión con Venezuela no significa necesariamente regresar de manera definitiva.

También puede consistir en llevar hasta allí una parte de aquello que se ha construido fuera.

Portugal aparece igualmente en ese horizonte.

La historia resulta casi circular.

Los abuelos de Luis Miguel salieron de Madeira hacia Venezuela. Sus padres crecieron dentro de esa experiencia migratoria. Él nació en Caracas, construyó parte de su identidad entre Venezuela y Portugal y terminó emigrando a Madrid.

Años después, aquello que comenzó como el recuerdo familiar de unos pollos comidos durante los veranos portugueses se convirtió en el punto de partida de su propio proyecto empresarial en España.

Emigrar le exigió aprender nuevamente cómo funcionaba un mercado, adaptarse a otra cultura de consumo y enfrentarse incluso a la apertura de un restaurante en medio de una pandemia.

Pero también le permitió descubrir que las raíces no siempre pertenecen a un único lugar.

En la historia de Luis Miguel Figueira conviven Caracas, Maracay, Madeira, el Algarve y Madrid. Su proyecto nació precisamente en algún punto de encuentro entre todos ellos.

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