Para Betty Hernández, Granada es hogar, seguridad y refugio.

También es fiesta, alegría, música, cultura y un lugar donde, después de haber comenzado nuevamente desde cero, intenta sembrar nuevas oportunidades para ver cuáles terminan dando fruto.

—Granada es una ciudad que te acoge y te conserva como tan calentito que te es imposible salir de ella.

Betty nació en Caracas y llegó a España junto a su pareja buscando un lugar donde pudieran empezar otra vida de manera regular y con unas condiciones económicas que hicieran posible aquel comienzo.

Granada inicialmente parecía una solución práctica.

Con el tiempo terminó convirtiéndose en mucho más.

Llegar a Granada buscando empezar de nuevo

España no era un país completamente desconocido para Betty. Ya había estado anteriormente y, cuando llegó el momento de emigrar, ella y su pareja comenzaron a evaluar dónde podían establecerse.

Ella tenía nacionalidad española, pero su pareja necesitaba regularizar su situación.

Ese factor fue importante.

Querían hacer las cosas legalmente y buscaban una ciudad donde los trámites pudieran ser más manejables, pero también donde el coste de vida les permitiera comenzar.

Una amiga le habló de Granada.

Los tiempos administrativos parecían más favorables y la ciudad era más económica que otros destinos españoles.

Así llegaron.

—Llegamos en un primer momento para estabilizar el barco, pero luego nos fuimos quedando, nos fuimos enamorando de la ciudad, nos fuimos sintiendo en casa y aquí estamos.

Conocer una ciudad perdiéndose en ella

Una de las primeras cosas que hicieron al llegar fue caminar.

Caminar mucho.

Perderse por las calles terminó siendo su manera de conocer Granada.

Y por eso nuestro recorrido comienza precisamente en uno de los lugares que más representa esa experiencia para Betty: el Albaicín.

Calles estrechas, casas blancas, pequeños comercios, música, diferentes culturas y rincones que aparecen inesperadamente detrás de una esquina convierten el barrio en uno de sus lugares favoritos.

—La mejor forma de conocer es perdiéndose.

Betty habla del Albaicín como un sitio que tiene olor, color, textura y ritmo.

Y encuentra allí una de las características de Granada que más valora: la convivencia entre diferentes culturas.

Para ella, esa diversidad transmite una idea muy sencilla:

aquí cabemos todos.

Una ciudad que se siente

Mientras caminamos, Betty nos habla de los cármenes, esas viviendas características de Granada que pueden esconder tras una fachada sencilla patios, jardines y espacios interiores inesperados.

Le gusta esa idea de una belleza que no necesita exhibirse inmediatamente.

Y mientras continuamos avanzando aparece, inevitablemente, la Alhambra.

Betty no se cansa de contemplarla.

Hay lugares que pueden perder su capacidad de sorprender cuando forman parte de la rutina.

Con la Alhambra le ocurre exactamente lo contrario.

—Yo no termino de sorprenderme nunca.

La contempla desde los miradores, la recorre cuando puede y encuentra en ella algo distinto dependiendo de la época del año y de la luz.

También habla de su sonido.

El agua convierte la experiencia en algo que no se limita a observar un monumento.

Hay que escucharlo.

«Ahora tengo dos ciudades»

Granada no sustituyó a Caracas.

Betty lo explica de otra manera:

—Ahora tengo dos ciudades. Tengo Caracas y tengo Granada. No perdí una, sumé otra.

La comparación aparece constantemente durante nuestro recorrido.

Sierra Nevada ocupa ahora en su paisaje cotidiano un espacio parecido al que alguna vez tuvo el Ávila.

—Cambié el Ávila por Sierra Nevada.

Cuando llega el invierno y las montañas se cubren de blanco, Granada cambia completamente.

Para alguien procedente de Venezuela, vivir las estaciones también modifica la percepción del tiempo.

El paisaje cambia, la temperatura cambia y la ciudad parece transformarse varias veces durante el año.

Pero Betty no interpreta esa nueva vida como una renuncia a la anterior.

Granada se ha añadido a su identidad.

Integrarse cuando también te integran

Uno de los aspectos que Betty destaca especialmente es la acogida que ha recibido.

Cuando le preguntamos si ha experimentado discriminación por ser mujer o extranjera, su respuesta es clara:

en su experiencia personal, no.

Reconoce que otras personas pueden haber vivido situaciones distintas, pero ella se ha sentido aceptada.

Sus vecinos son granadinos.

La saludan al verla.

La reconocen como parte del barrio.

Y esa acogida ha influido profundamente en su propia integración.

—¿Cómo no integrarse cuando te integran así?

Betty tiene nacionalidad española, pero se identifica inmediatamente como venezolana cuando le preguntan de dónde es.

Esa doble condición también forma parte de su experiencia: española y venezolana, extranjera y no completamente extranjera.

Pero Granada consiguió que esas etiquetas perdieran importancia frente a algo mucho más sencillo:

sentirse en casa.

San Nicolás y una Granada donde cabemos todos

Llegamos al Mirador de San Nicolás.

Música, guitarras, palmas, vendedores, turistas y la Alhambra al fondo convierten el lugar en una de esas imágenes que Betty considera casi una representación gráfica de Granada.

Pero hay otro detalle que le interesa especialmente.

En la zona conviven una iglesia y una mezquita.

Para Betty, esa proximidad simboliza una de las cosas que más le atraen de la ciudad: la posibilidad de compartir un mismo espacio desde creencias y culturas diferentes.

Cada persona puede acudir a su templo.

Cada una puede mantener sus tradiciones.

Y ambas pueden convivir.

—Creo que así debería ser la vida, que en este mundo cabemos todos.

Emigrar y volver a empezar profesionalmente

Pero enamorarse de una ciudad no significa que emigrar resulte fácil.

Cuando hablamos de trabajo, Betty evita cualquier idealización.

—No lo voy a romantizar. Ha sido complicado.

Granada es una ciudad muy vinculada a la universidad y al turismo, y una parte importante de su mercado laboral gira alrededor de la hostelería.

Betty llegó con una trayectoria previa, pero emigrar significa muchas veces descubrir que aquello que eras profesionalmente en tu país no se traslada automáticamente al nuevo lugar.

—Pudiste haber sido la persona más magnífica en tu país, pero aquí es borrón y cuenta nueva.

Le tocó trabajar en hostelería, limpieza, alimentación y comercio mientras intentaba mantener también la posibilidad de escribir a distancia.

Aceptó aquello que tantas personas dicen antes de emigrar sin saber completamente lo que significa:

«Yo trabajo de lo que sea».

Y descubrió que, efectivamente, de lo que sea se trabaja.

Pero sin abandonar el objetivo de recuperar espacios relacionados con aquello que realmente quería hacer.

Volver al periodismo

Poco a poco comenzaron a aparecer oportunidades.

Betty siguió mostrando en redes sociales lo que sabía hacer.

Para ella, esas plataformas pueden convertirse en algo parecido a un portafolio profesional si se utilizan correctamente.

Una conexión llevó a otra.

Primero apareció la posibilidad de colaborar con un medio digital.

Después llegó la radio.

Y con ella uno de sus grandes temores.

Betty había hecho radio en Venezuela, pero no estaba segura de poder repetir esa experiencia en España.

Su acento le hacía dudar.

No pronunciaba como una española, no utilizaba naturalmente determinadas formas lingüísticas y pensaba que aquello podía convertirse en una barrera.

Pero la oportunidad llegó.

Y consiguió regresar al micrófono.

También comenzaron a aparecer espacios vinculados con la literatura y otras actividades culturales.

La experiencia le confirmó algo que considera fundamental para cualquier emigrante: muchas veces hacemos cosas sin saber todavía para qué nos servirán.

Los puntos solamente se conectan después.

El flamenco que terminó encontrándola

Durante nuestra caminata llegamos a la Catedral de Granada y la conversación nos lleva hacia otra de las relaciones que Betty ha construido con la ciudad:

el flamenco.

De niña había fantaseado alguna vez con ser bailaora.

Con el tiempo descubrió, según cuenta entre risas, que la parte superior de su cuerpo y la inferior no parecen ponerse demasiado de acuerdo.

Pero Granada encontró otra manera de acercarla al flamenco.

Una amiga cantaora participaba en una presentación con poesía y música durante el Día de Andalucía y Betty fue invitada a presentar el espectáculo.

Para ella tuvo un significado especial.

Era una venezolana participando en una celebración profundamente vinculada a la identidad andaluza y rodeada de artistas locales.

Después llegó otra experiencia.

Escribió textos para un espectáculo flamenco y terminó subiéndose también al escenario.

No como bailaora.

Con las palabras.

—No soy bailadora, pero tengo una relación romántica con el flamenco que me ha dado Granada.

Para ella, aquellas oportunidades representan algo todavía más importante que participar en un espectáculo.

Significan que la ciudad le estaba diciendo:

eres una de las nuestras.

Granada, mezcla de historias

Continuamos por la Catedral, la Capilla Real y otros espacios del centro histórico.

Betty disfruta explicando las historias que ha ido aprendiendo desde que vive allí.

Le llaman la atención las huellas de las diferentes culturas que han construido Granada y cómo todavía pueden descubrirse en su arquitectura, sus calles y sus símbolos.

Esa mezcla le parece coherente con la ciudad en la que vive hoy.

Una ciudad universitaria, turística y multicultural en la que conviven personas de procedencias diferentes.

Granada no es solamente aquello que ocurrió hace siglos.

También es lo que continúan construyendo quienes llegan ahora.

La migración como una licuadora emocional

Al terminar el recorrido, Betty intenta explicar qué significa realmente emigrar.

Y lo hace con una imagen difícil de olvidar.

Para ella, la migración se parece a una licuadora emocional con contenido caliente y sin tapa.

Todo sale disparado.

Alegría, miedo, nostalgia, frustración, esperanza, incertidumbre y entusiasmo pueden aparecer al mismo tiempo.

Y por eso insiste en que ninguna experiencia migratoria puede utilizarse como modelo exacto para otra persona.

—Cada migración es única.

La compara incluso con el amor.

Alguien puede decirte que enamorarse es maravilloso y otra persona puede asegurarte que jamás volvería a hacerlo.

Las dos experiencias pueden ser ciertas.

Con la emigración ocurre lo mismo.

Tener fe en uno mismo

Entre todas sus recomendaciones hay una que considera especialmente importante:

tener fe.

No necesariamente una fe religiosa.

Puede ser Dios, una idea, un personaje, un principio o cualquier cosa en la que una persona decida apoyarse.

Pero, sobre todo, hay que tener fe en uno mismo.

Porque emigrar significa llegar a un lugar donde nadie sabe quién eres.

Nadie conoce automáticamente tus capacidades, tu historia ni aquello que conseguiste antes de llegar.

Y cuando todo eso desaparece, creer nuevamente en uno mismo puede ser una de las tareas más difíciles.

—Para migrar necesitas tener mucha fe en ti mismo.

También paciencia.

Porque muchas decisiones que inicialmente parecen equivocadas terminan adquiriendo sentido años después.

Un trabajo que no queríamos, una persona que conocimos por casualidad o una experiencia aparentemente insignificante pueden terminar conectándose con otra oportunidad.

Betty todavía está construyendo esa historia.

Granada es el lugar donde ahora intenta sembrar.

Algunas semillas crecerán y otras probablemente no.

Pero aquella ciudad a la que llegó simplemente buscando un lugar donde estabilizar su vida terminó consiguiendo algo mucho más difícil:

hacerla sentir nuevamente en casa.

Caracas continúa siendo su ciudad.

Granada también.

Porque emigrar, algunas veces, no significa reemplazar un hogar.

Significa descubrir que podemos tener más de uno.

Deja un comentario

recomendados

Descubre más desde Diáspora Venezolana

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo