Emigrar no siempre conduce a las grandes ciudades. A veces, después de atravesar océanos, reconstruir una carrera profesional y aprender a desenvolverse en otro país, se termina buscando una vida más tranquila, con mayor contacto con la naturaleza, una vivienda más cómoda y suficiente tiempo para disfrutar de aquello que se ha conseguido.
Erika Pardo y Mary Suárez son dos periodistas venezolanas que llegaron a España y siguieron caminos diferentes. Ambas tuvieron que adaptarse, tomar decisiones profesionales que no habían imaginado cuando vivían en Venezuela y encontrar su propio lugar dentro del país que las recibió.
Sus historias coinciden además en algo que se ha vuelto cada vez más habitual: descubrir que para aprovechar las oportunidades de Madrid no necesariamente hay que vivir en el centro de la capital.
Erika Pardo: cuando El Molar se convirtió en casa
En el caso de Erika Pardo, vivir en la sierra de Madrid comenzó siendo una decisión práctica relacionada con su trabajo.
Durante un tiempo residió en Las Tablas y tuvo que afrontar largos desplazamientos diarios. Una compañera de trabajo la llevó un día a una feria del vino en El Molar y el pueblo le produjo una impresión inmediata. Le recordó algunas de las pequeñas localidades de Castilla y León que había conocido cuando vivió en Salamanca.
Después de alrededor de año y medio desplazándose durante horas entre su casa y el trabajo, decidió buscar una vivienda en la zona. Encontró un piso cerca del ayuntamiento y se mudó.
Lo que en principio pretendía solucionar un problema de transporte terminó transformando su manera de vivir.
Con los años, Erika empezó a valorar cada vez más cosas que antes quizá no tenían la misma importancia: poder ir caminando al supermercado o a los bares del pueblo, encontrarse habitualmente con las mismas personas, respirar un aire más limpio y tener el campo prácticamente al salir de casa.
En El Molar puede caminar por senderos, encontrarse con vacas y ovejas o simplemente disfrutar de un paisaje abierto sin tener que atravesar primero varias manzanas de edificios.
Por eso resume su relación con el pueblo diciendo que lo que comenzó como una decisión laboral terminó convirtiéndose en una filosofía de vida.
Ahora busca deliberadamente una vida más próxima a la naturaleza y menos sometida al ritmo acelerado de una gran ciudad.
Más vivienda por menos dinero
El precio y el tamaño de las viviendas también influyeron en esa elección.
Erika explica que vivir en los pueblos de la sierra permite, en muchos casos, acceder a casas más amplias por cantidades que en Madrid apenas permitirían alquilar espacios mucho más pequeños.
No se trata solamente de metros cuadrados. Habla también de poder tener ventanas, una cocina amplia, terraza, lavadero o habitaciones suficientes para vivir sin esa sensación de estrechez que encontraba en parte de la oferta inmobiliaria de la capital.
Los precios han aumentado a medida que más personas se han trasladado desde Madrid hacia los municipios de alrededor, pero aun así considera que la relación entre vivienda y calidad de vida continúa siendo atractiva.
Vivir en un pueblo sin renunciar a los servicios
El Molar se encuentra a unos 42 kilómetros de Madrid. No dispone de metro ni de tren, pero cuenta con autobuses directos desde Plaza de Castilla y con los servicios necesarios para desarrollar una vida cotidiana sin depender continuamente de la capital.
Hay colegios, instituto, guarderías, centro de salud, instalaciones deportivas y comercios. Erika tiene amigas y compañeras de trabajo que han formado allí sus familias y cuyos hijos estudian en el propio municipio.
Después de la pandemia, además, observó cómo muchas familias comenzaron a trasladarse a El Molar y a otros pueblos próximos, como Pedrezuela, El Vellón o San Agustín del Guadalix, precisamente buscando viviendas más amplias y una vida más tranquila.
Llegar de fuera y convertirse en vecino
La inmigración también forma parte de la vida del pueblo.
Según la experiencia de Erika, la convivencia con quienes llegan de otros países es buena y la integración se produce sobre todo con el tiempo y la participación en la vida cotidiana.
En El Molar conviven personas de distintas procedencias. Hay venezolanos, ecuatorianos, colombianos, rumanos y ciudadanos procedentes de diferentes países europeos, africanos y de Oriente Medio. Algunos han abierto bares, cafeterías, peluquerías o pequeños comercios.
Las actividades deportivas tienen además un peso importante en la vida local y funcionan como uno de los lugares donde las personas terminan relacionándose independientemente de su origen.
Para Erika, vivir en un pueblo implica precisamente eso: dejar de ser únicamente alguien que llegó de fuera para pasar, poco a poco, a formar parte del lugar.
Una carrera que parecía estar definida
La historia profesional de Erika ha cambiado tanto como su manera de vivir.
En Venezuela desarrolló una carrera como periodista que todavía recuerda con enorme orgullo. Trabajó en medios de comunicación, en divulgación científica, en instituciones públicas y privadas y llegó a ocupar la Dirección de Comunicaciones de la Cámara de Industriales.
También estuvo vinculada al Colegio Nacional de Periodistas y ejerció la docencia.
El periodismo no era simplemente la carrera que había estudiado. Era una parte importante de su identidad profesional.
Pero cuando comenzó a plantearse emigrar, también había llegado a la conclusión de que Venezuela se estaba convirtiendo en un límite para el tipo de vida que quería construir.
No se trataba solamente del trabajo. Habla de la dificultad para conseguir medicamentos, de salarios que perdían constantemente su valor, de la inseguridad y de la imposibilidad de resolver con normalidad asuntos básicos de la vida cotidiana.
España ya ocupaba entonces un lugar especial en sus planes. Había estudiado en Salamanca en 2011 y aquella experiencia había hecho que, si algún día tenía que marcharse de Venezuela, Europa fuese su opción preferida.
Empezar nuevamente
Su llegada a España la obligó, como a tantos emigrantes, a abandonar durante un tiempo la trayectoria profesional que llevaba construyendo durante años.
Trabajó en hostelería, lavó platos, limpió baños, fue ayudante de cocina y también trabajó como niñera.
Mientras hacía esos trabajos continuó estudiando. Se formó en marketing y ventas y comenzó a adquirir conocimientos de áreas que habían estado bastante alejadas de su formación periodística, como Excel, contabilidad y gestión administrativa.
Entonces apareció una oportunidad inesperada.
Una empresa dedicada a la manufactura de papel buscaba una becaria administrativa. Erika presentó su candidatura y consiguió el puesto.
Aquella pequeña puerta terminó conduciéndola hacia una profesión completamente nueva.
Con los años se especializó en logística, gestión de almacenes, inventarios y distribución, hasta convertirse en responsable de una parte fundamental del proceso mediante el cual los productos fabricados por la empresa llegan a sus clientes.
Habla de ese cambio con satisfacción y sin la sensación de haber traicionado la profesión con la que llegó a España.
Sigue considerándose periodista. Continúa comunicando, escribiendo y compartiendo aquello que descubre, pero ha aprendido que una trayectoria profesional no necesariamente tiene que seguir una única línea durante toda la vida.
Mary Suárez: de Cagua a Gran Canaria
La historia de Mary Suárez siguió otro camino.
Mary es de Cagua, estado Aragua, y también salió de Venezuela siendo periodista.
Para 2017 ya sentía que la situación del país estaba condicionando demasiado su futuro. A las dificultades profesionales se añadía una preocupación familiar especialmente importante: su padre necesitaba medicamentos que cada vez resultaban más difíciles de conseguir.
Antes de marcharse estudió distintas posibilidades. Consideró Chile, Panamá, Perú y Argentina, pero finalmente decidió viajar a España.
Su padre es español y parte de su familia paterna estaba en Canarias, aunque se trataba de familiares con quienes prácticamente no había convivido.
Así llegó a Las Palmas de Gran Canaria, donde terminaría viviendo durante cinco años.
Descubrir las raíces canarias
La llegada a Canarias produjo en Mary una sensación que no esperaba.
Sabía que tenía ascendencia canaria, pero fue al vivir allí cuando comenzó a comprender cuánto había recibido de esa cultura sin darse cuenta.
Reconoció palabras que utilizaba su abuela, comidas y costumbres con las que había crecido en Venezuela y que de repente adquirían un origen reconocible.
La adaptación le resultó por eso bastante natural.
También recuerda especialmente la acogida que recibió. Aunque llegó prácticamente sola, encontró personas que se preocuparon por ella, la ayudaron cuando lo necesitó y la hicieron sentirse integrada.
Gran Canaria terminó convirtiéndose en algo más que el primer lugar en el que vivió después de emigrar. Allí descubrió otra parte de su propia identidad.
Conseguir volver al periodismo
Mary había desarrollado una carrera periodística en Venezuela y quería continuar ejerciendo en España.
Lo consiguió, aunque no empezó precisamente en el puesto que deseaba.
Su primera oportunidad en un periódico fue trabajando de noche y ocupándose de la parte web, un turno que no resultaba especialmente atractivo para otros candidatos.
Ella decidió aceptar porque entendió que primero necesitaba entrar en el medio.
Desde el comienzo dejó claro que quería trabajar como reportera y volver a cubrir noticias. Cuando surgieron oportunidades, se ofreció para asumirlas. Su iniciativa permitió que vieran cómo escribía y cómo se desenvolvía profesionalmente.
Antes de que pasara un año consiguió dar el salto y terminó trabajando en información de tribunales.
Su experiencia le dejó una lección que suele transmitir a otros periodistas venezolanos que intentan ejercer en España: la primera oportunidad no tiene por qué ser el trabajo ideal.
A veces lo importante es encontrar una entrada, demostrar la experiencia que se tiene y crecer desde dentro.
La homologación no fue una barrera
Mary también desmonta una preocupación bastante habitual entre los periodistas venezolanos que llegan a España.
En su caso, no haber homologado inmediatamente el título universitario no le impidió ejercer.
Pudo demostrar su trayectoria profesional, presentar su trabajo y posteriormente acumular experiencia dentro de un medio español. Después de varios años trabajando en un periódico regional, esa experiencia pasó a hablar por ella.
Su consejo es no asumir automáticamente que la falta de homologación impide buscar oportunidades dentro del periodismo español.
Encontrar un trabajo que también permita vivir
Con el tiempo, Mary encontró además algo que valora especialmente: un trabajo que le gusta y que, al mismo tiempo, le permite tener una vida fuera del periodismo.
Habla de tranquilidad, de buenos compañeros y de que se respeten sus horarios.
No presenta el éxito profesional como una cuestión de ganar mucho dinero o alcanzar un cargo determinado. Después de los cambios que ha vivido, poder trabajar en aquello que le gusta sin sacrificar constantemente su vida personal también es una forma de éxito.
La vida fuera del centro de Madrid
Mary tampoco siente especial necesidad de vivir en pleno centro de una gran ciudad.
Antes de emigrar vivía en Cagua y reconoce que el ritmo de Madrid puede resultarle agobiante. A eso se añaden los precios de la vivienda y el reducido tamaño de muchos pisos.
Vivir en las afueras le permite acceder a una vivienda más amplia y mantener, al mismo tiempo, una conexión razonable con Madrid.
Esa combinación entre cercanía y distancia es precisamente una de las cosas que comparten ambas historias.
Erika encontró en la sierra una vida vinculada al campo y Mary valora poder mantenerse alejada de la presión cotidiana de la capital sin renunciar a las oportunidades que ofrece.
Dos periodistas, dos maneras de reconstruir una carrera
Erika Pardo y Mary Suárez salieron de Venezuela compartiendo una profesión, pero su adaptación laboral en España siguió caminos diferentes.
Erika terminó descubriendo que podía construir una nueva carrera fuera del periodismo y se especializó en logística. Mary decidió insistir hasta conseguir ejercer nuevamente la profesión que había desarrollado en Venezuela.
Sus experiencias muestran que no existe una única manera correcta de reconstruirse después de emigrar.
A veces continuar significa insistir en el camino que ya conocíamos. En otras ocasiones supone aceptar una oportunidad inesperada y descubrir capacidades que hasta entonces no habíamos necesitado utilizar.
Lo importante es que la elección permita construir una vida con la que uno pueda sentirse satisfecho.
Seguir siendo venezolanas
La integración tampoco ha significado renunciar a Venezuela.
España forma ahora parte fundamental de sus vidas y de sus identidades, pero ninguna de las dos entiende ese proceso como una sustitución.
Las raíces permanecen, aunque con el tiempo aparezcan nuevas pertenencias.
Mary reconoce además que conserva heridas relacionadas con lo que vivió antes de marcharse y que durante años seguir las noticias de Venezuela podía provocarle angustia. Aprender a poner cierta distancia también ha sido una manera de protegerse.
Emigrar no siempre resuelve inmediatamente aquello de lo que uno se marchó. Algunas experiencias continúan acompañándonos durante mucho tiempo.
Nueve años después
Esta entrevista tiene además una historia particular.
La posibilidad de conversar con Erika para Diáspora Venezolana surgió cuando ella todavía estaba en Venezuela.
Cada vez que hablábamos del tema, encontraba alguna otra persona cuya historia, según ella, merecía más ser contada.
Ella insistía en que todavía no tenía demasiado que decir.
Pasaron nueve años.
Cuando finalmente nos sentamos a conversar, su vida era completamente diferente.
Había emigrado, trabajado en empleos que nunca imaginó desempeñar, cambiado de profesión, encontrado estabilidad y convertido un pueblo de la sierra madrileña en su hogar.
Mary había recorrido su propio camino: cinco años en Gran Canaria, una nueva carrera periodística en España y una vida construida lejos del lugar donde comenzó.
Quizás por eso el tiempo también forma parte de esta historia.
No todas las experiencias migratorias avanzan al mismo ritmo y no todas las metas llegan cuando uno imaginaba.
Erika y Mary han seguido caminos distintos, pero ambas han terminado demostrando algo parecido: emigrar obliga muchas veces a revisar lo que entendíamos por éxito, por profesión y hasta por hogar.
A veces se trata de recuperar aquello que dejamos atrás y otras veces de descubrir que la vida que queremos construir puede ser muy diferente de la que habíamos imaginado.





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