Nota del archivo: Esta entrevista con José Gregorio fue publicada originalmente en nuestro canal de YouTube el 20 de octubre de 2016. Ahora incorporamos su historia al archivo editorial de Diáspora Venezolana.
José Gregorio: empezar de nuevo en Nueva York para ayudar a su familia
Cuando conversamos con José Gregorio en Queens en octubre de 2016, apenas llevaba entre ocho y nueve meses viviendo en Nueva York.
Todavía estaba en esa primera etapa de la emigración en la que casi todo resulta nuevo: la ciudad, el clima, las costumbres, el trabajo y la sensación de haber dejado atrás una vida completa para comenzar otra desde cero.
Había salido de Venezuela empujado por una situación que consideraba insostenible y con una responsabilidad muy concreta: seguir ayudando a su familia desde la distancia.
—Hemos tenido que salir a emigrar dejando todo. Es un poquito complicado.
Nueva York le había ofrecido oportunidades, pero adaptarse a una ciudad tan grande después de abandonar Venezuela no había sido sencillo.
De Venezuela a Nueva York
José Gregorio había vivido entre Maracaibo y Caracas antes de emigrar.
El cambio fue enorme.
No solamente porque pasó del clima venezolano al frío de Nueva York, sino porque dejó atrás el entorno en el que había construido su vida.
Sin embargo, había algo que podía llevar consigo: su profesión.
En Venezuela trabajaba como estilista y, al llegar a Estados Unidos, consiguió continuar ejerciendo el mismo oficio.
Eso le permitió comenzar a generar ingresos relativamente pronto y descubrir también una diferencia que valoraba especialmente.
Sentía que su trabajo era respetado.
—Aquí hay respeto hacia los estilistas y hacia las personas que saben hacer bien su trabajo.
Además de ese reconocimiento profesional, encontraba una actividad que podía resultar productiva económicamente y que le permitía cumplir uno de los principales objetivos de su emigración: ayudar a quienes habían quedado en Venezuela.
Emigrar también para sostener a quienes se quedan
Para José Gregorio, la decisión de marcharse no era exclusivamente personal.
Su familia seguía en Venezuela y él se consideraba uno de sus principales apoyos.
Por eso una parte importante de lo que conseguía trabajando en Nueva York terminaba viajando en dirección contraria.
Desde Estados Unidos intentaba ayudar constantemente cuando alguien de su familia lo necesitaba.
Esa responsabilidad había influido profundamente en la decisión de emigrar.
No se trataba solamente de buscar mejores condiciones para él.
También significaba intentar sostener desde fuera a quienes no habían salido.
—Yo lo hice por seguir ayudándolos, ya que soy pilar de la familia.
Lo que encontró en Nueva York
Cuando le preguntamos qué era lo que más valoraba de su nueva vida, José Gregorio habló de dos cosas: las oportunidades y la tranquilidad.
Después de la experiencia que había vivido en Venezuela, sentirse libre y poder trabajar con cierta estabilidad tenían un significado especial.
Nueva York era una ciudad exigente.
Él mismo reconocía que buena parte de su tiempo estaba dedicado a trabajar y luchar por salir adelante.
Esa rutina incluso había limitado su relación con otros grupos de venezolanos residentes en la ciudad.
Sabía que existían comunidades y redes de apoyo, pero apenas tenía tiempo para participar en ellas.
Su prioridad era trabajar.
El calor humano que quedó en Venezuela
Pero las oportunidades profesionales no eliminaban la nostalgia.
Cuando le preguntamos qué era lo que más extrañaba de Venezuela, José Gregorio no dudó demasiado.
Su madre ocupaba el primer lugar.
Después aparecía algo más difícil de definir: el calor humano.
La familia, los amigos y esa manera venezolana de relacionarse con los demás seguían presentes en sus recuerdos.
—El calor venezolano, el calor de nuestra gente, nuestros amigos, nuestro mundo, lo que creamos los venezolanos, es incomparable.
Era precisamente esa dimensión afectiva la que más difícil resultaba reconstruir en otro lugar.
Nueva York podía ofrecer trabajo y oportunidades, pero había vínculos que solamente existían en Venezuela.
Ser venezolano en Estados Unidos
Durante sus primeros meses en Nueva York, José Gregorio decía no haber experimentado discriminación directamente por ser venezolano o latino.
Era un asunto especialmente presente en la conversación pública estadounidense de aquel momento. La entrevista fue publicada el 20 de octubre de 2016, pocas semanas antes de las elecciones presidenciales de noviembre, y durante la conversación surgió inevitablemente el nombre de Donald Trump.
José Gregorio observaba con preocupación algunos de sus discursos, aunque reconocía que su experiencia personal cotidiana había sido diferente.
Las personas con las que se había relacionado lo habían tratado con respeto.
Para alguien que apenas comenzaba a construir una vida en otro país, esa experiencia resultaba importante.
«El lema no es salir, no es huir»
A pesar de haber emigrado, José Gregorio no quería que su historia se interpretara simplemente como una invitación a abandonar Venezuela.
Cuando le pedimos un mensaje para quienes permanecían en el país, su respuesta fue más compleja.
Él había salido porque sentía que era la manera de seguir sosteniendo a su familia.
Pero no consideraba que marcharse fuese el objetivo final.
—El lema no es salir, no es huir. Tenemos que tener fuerza porque no es quedarse en otro país, es recuperar el nuestro.
Aquella frase resumía una contradicción compartida por muchos venezolanos que estaban emigrando en aquellos años.
Salir podía convertirse en una necesidad.
Pero eso no significaba dejar de imaginar un futuro en Venezuela.
¿Volver a Venezuela?
Por eso, cuando finalmente le preguntamos si se imaginaba regresando algún día, José Gregorio respondió sin demasiadas dudas.
Sí.
Su presencia en Nueva York no significaba que quisiera pasar necesariamente el resto de su vida allí.
Acababa de comenzar una nueva etapa y todavía estaba descubriendo las oportunidades que Estados Unidos podía ofrecerle, pero Venezuela continuaba formando parte de sus planes.
—Estoy acá en este momento, pero no quiere decir que no quiera regresar ni que vaya a terminar de vivir mi vida fuera de mi país.
Era difícil saber qué ocurriría después.
En aquel octubre de 2016, la emigración apenas había comenzado para él.
Llevaba menos de un año en Nueva York y todavía estaba aprendiendo a desenvolverse en una ciudad completamente diferente.
Pero ya tenía claras algunas cosas.
Había encontrado oportunidades para trabajar, podía continuar ejerciendo como estilista, conseguía ayudar a su familia y sentía la tranquilidad que había ido a buscar.
Al mismo tiempo, seguía extrañando a su madre, a sus amigos y el calor humano de Venezuela.
Su historia estaba todavía en construcción.
Quizá por eso su respuesta sobre el regreso no sonaba como nostalgia ni como promesa.
Era simplemente la convicción de alguien que había salido para buscar oportunidades sin sentir que, por hacerlo, tenía que renunciar para siempre al lugar del que venía.





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