Cuando conversamos con Diego Maldonado en Nueva York, llevaba alrededor de siete años viviendo en una de las ciudades más competitivas del mundo.

Caraqueño, baterista y formado desde muy joven en la música, había llegado a Estados Unidos siguiendo precisamente ese camino.

Antes de instalarse definitivamente en Nueva York pasó un tiempo en Minneapolis, donde vivía parte de su familia. Después fue admitido en el City College of New York, donde estudió interpretación de jazz.

Para entonces ya se había graduado y había decidido quedarse en la ciudad.

Nueva York era difícil, rápida y costosa.

Pero para un músico de jazz también ofrecía algo difícil de encontrar en otro lugar:

estar cerca de algunos de los mejores músicos del mundo.

De Venezuela al jazz de Nueva York

La formación musical de Diego había comenzado mucho antes.

En Venezuela estudió con profesores y músicos venezolanos y durante varios años formó parte de El Sistema, donde se acercó a la música y la percusión clásicas.

Después comenzó a concentrarse especialmente en la batería.

Con 17 años pasó una temporada en Nueva York y posteriormente regresó a Venezuela, donde desarrolló durante varios años una carrera profesional que le permitió tocar con músicos destacados de las escenas del jazz y el pop venezolanos.

En 2009 decidió regresar definitivamente a Estados Unidos.

Nueva York le ofrecía la posibilidad de estudiar el lenguaje del jazz en el lugar en el que aquella música formaba parte de la propia identidad cultural de la ciudad.

Diego reconocía diferencias entre la formación musical que había recibido en ambos países, especialmente en cuanto a estructura y organización académica.

Pero también defendía con orgullo el nivel de los músicos venezolanos.

Para él, Venezuela contaba con intérpretes extraordinarios y El Sistema había realizado un trabajo fundamental al acercar los instrumentos y la educación musical a niños desde edades muy tempranas.

Vivir de la música también significa adaptarse

En Nueva York, Diego trabajaba principalmente como músico freelance.

No pertenecía a una única banda. Diferentes artistas podían llamarlo para conciertos, giras o grabaciones.

Pero la vida de un músico tampoco era siempre lineal.

Durante una etapa en la que necesitaba generar ingresos adicionales, recurrió a su amigo Ernesto, a quien conocía desde hacía muchos años, y comenzó a trabajar temporalmente en Santa Salsa.

Aquella experiencia reflejaba otra realidad frecuente de la emigración:

tener una profesión no significa que, en determinados momentos, no haya que aceptar otros trabajos mientras se continúa construyendo el camino profesional.

El idioma es solo el principio

Diego había aprendido inglés desde niño, algo que facilitó enormemente su integración.

Pero para él dominar el idioma era solo una parte del proceso.

Emigrar también significaba entender la cultura del país al que se llegaba.

«Uno no puede querer que este país se convierta en lo que era Venezuela».

Su reflexión iba más allá de Estados Unidos.

Para integrarse realmente en cualquier sociedad, decía, hay que conocer cómo piensa la gente, cómo se relaciona, cuáles son sus referencias y qué comportamientos forman parte de su cultura.

El idioma permite trabajar y comunicarse.

Conocer la cultura permite formar parte de la sociedad.

También recomendaba acercarse a esas diferencias con una mente abierta y evitar juzgar constantemente el nuevo país comparándolo con Venezuela.

Para Diego, uno de los errores que podían dificultar la experiencia migratoria era esperar que el lugar de llegada funcionara exactamente como el país que se había dejado atrás.

Crecer sin dejar de ser venezolano

Después de tantos años fuera, Venezuela seguía ocupando un espacio importante en su vida.

Extrañaba especialmente a sus amigos y a personas queridas que seguían allí.

Volver para visitarlos sí estaba entre sus deseos.

Regresar definitivamente era otra cuestión.

Para entonces había construido una vida, una formación y una trayectoria profesional en Nueva York. Volver a instalarse en Venezuela significaba abandonar buena parte del camino recorrido.

Pero había también una razón más íntima.

La emigración lo había transformado.

«Lo que más he ganado de todo el proceso migratorio ha sido crecimiento personal».

Alejarse de Venezuela no había significado únicamente buscar mejores posibilidades económicas o profesionales.

También había supuesto aprender a desenvolverse por sí mismo, desprenderse de determinadas comodidades, enfrentarse a otras culturas y madurar.

Por eso sentía que todavía estaba dentro de ese proceso.

No cerraba definitivamente la puerta a Venezuela. Si algún día aparecían nuevas oportunidades, reconocía que podía considerar regresar.

Pero tampoco podía saber qué ocurriría en el futuro.

Emigrar también es aprender

Años después recuperamos esta conversación en Del Archivo porque la experiencia de Diego Maldonado plantea una cuestión que continúa siendo esencial para millones de venezolanos que viven fuera.

Integrarse no significa renunciar a la propia identidad.

Significa también aceptar que el país al que llegamos tiene su propia historia, sus costumbres y su manera de entender el mundo.

Aprender el idioma, conocer esa cultura, relacionarse con personas diferentes y aceptar que algunas cosas funcionan de otra manera pueden convertirse en una de las experiencias más enriquecedoras de la emigración.

Diego salió de Venezuela siendo músico.

Pero la distancia, Nueva York y los años fuera terminaron enseñándole algo que iba mucho más allá de la batería y el jazz:

Emigrar también puede ser una forma de crecer.

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