Omar Acosta dice que tiene varias vidas, «como los gatos».
Y basta recorrer su historia para entender por qué.
Nació en Caracas, pasó buena parte de su infancia en Barquisimeto, regresó después a la capital y también vivió en Maracay. Mucho antes de abandonar Venezuela ya conocía la sensación de llegar a un lugar nuevo y tener que encontrar nuevamente su sitio.
En Barquisimeto lo llamaban «el caraqueño».
En Caracas era el que hablaba diferente.
«Yo soy un eterno extranjero», decía.
Quizá por eso emigrar terminó siendo, para él, algo menos ajeno de lo que podría parecer.
Pero si existe un lugar al que Omar ha pertenecido desde niño, ese lugar es la música.
Una casa donde todo era música
Parte fundamental de aquella relación nació junto a su abuela.
Omar recuerda una casa en la que la música estaba presente desde primera hora de la mañana. Su abuela cantaba mientras hacía arepas, silbaba durante el día y entendía como algo completamente natural que hijos y nietos supieran tocar algún instrumento.
Para ella, prácticamente cualquier objeto podía convertirse en música.
El primer instrumento de Omar fue el cuatro.
Después aparecieron el arpa, un antiguo órgano, el acordeón, la mandolina y cualquier otra cosa que pudiera producir sonidos.
Su abuela, además, le impuso algo que terminaría siendo decisivo para su carrera:
disciplina.
Antes de salir a jugar tenía que estudiar el instrumento.
Mientras sus amigos esperaban afuera, Omar debía cumplir primero con aquellos minutos de práctica.
Con el tiempo comprendería que el talento era solo una parte del oficio.
«Para las cosas en las que eres talentoso tienes que trabajar muchísimo».
Encontrar la flauta casi por casualidad
Cuando regresó a Caracas comenzó a estudiar música formalmente.
Hasta entonces había aprendido mucho «de guataca», como se dice en Venezuela: tocando de oído.
Su entrada en la formación académica estuvo relacionada con las orquestas infantiles y juveniles y con una de las características que Omar destacaba especialmente de El Sistema: poner instrumentos y educación musical al alcance de niños que de otra forma difícilmente habrían podido acceder a ellos.
Su elección de la flauta tuvo bastante de casualidad.
Primero quiso un violín.
No le tocó.
Después intentó conseguir un clarinete.
Tampoco.
Cuando apareció la oportunidad de estudiar flauta, volvió a apuntarse.
Al principio ni siquiera necesitaba disponer de una flauta profesional: podía comenzar con un instrumento sencillo mientras aprendía las primeras técnicas.
Su primer profesor fue Franklin Hinojosa, quien advirtió rápidamente su entusiasmo y convenció a su familia de que tenía que continuar.
Finalmente, su padre le compró una flauta.
Omar quedó fascinado.
Estudiaba constantemente, hasta el punto de desesperar en ocasiones a quienes convivían con él.
La insistencia había encontrado finalmente su instrumento.
De estudiante a músico profesional
Más adelante apareció otro nombre fundamental en su formación: Pedro Eustache.
Omar lo recuerda como el maestro que lo tomó como pupilo, le exigió enormemente y lo ayudó a desarrollar su técnica.
La respuesta de aquel joven flautista fue trabajar todavía más.
En pocos años aceleró su formación y terminó accediendo profesionalmente al mundo sinfónico.
Comenzó así una carrera en la música clásica que incluyó recitales, conciertos como solista y años de trabajo en la Orquesta Sinfónica de Venezuela.
Pero había otra música que nunca desaparecía.
La venezolana.
Mientras desarrollaba su carrera clásica, Omar continuaba tocando repertorio venezolano y compartiendo con músicos de una generación que estaba llevando esos sonidos a nuevos niveles técnicos y creativos.
Entre sus referencias recuerda especialmente al flautista Toñito Naranjo, cuya manera de llevar la flauta a la música venezolana representó para él una influencia importante.
Durante años convivieron así dos caminos:
el músico clásico y el músico venezolano.
Irse cuando casi nadie se iba
A finales de los años noventa, Omar tomó una decisión que sorprendió a buena parte de quienes lo rodeaban.
Quería marcharse de Venezuela.
No era todavía el momento en que emigrar se había convertido en una experiencia común para millones de venezolanos.
Tenía una carrera consolidada, años de experiencia profesional, trabajo en la música y reconocimiento dentro de su entorno.
Sus amigos, familiares, profesores y compañeros no entendían por qué quería abandonar todo aquello.
Pero él sentía que necesitaba hacerlo.
Llegó a España y se instaló en Pozuelo de Alarcón, en Madrid.
Con el paso de los años aquella ciudad terminó convirtiéndose en el lugar donde más tiempo seguido había vivido en toda su vida.
El eterno extranjero había encontrado, quizá sin proponérselo, uno de sus hogares.
Volver a empezar
Tener una trayectoria profesional en Venezuela no significó que España estuviera esperando con las puertas abiertas.
Los primeros años fueron difíciles.
Omar tenía experiencia en orquestas sinfónicas y una formación sólida, pero inicialmente tuvo problemas relacionados con su situación documental y con títulos y certificados académicos que no había podido obtener o acreditar adecuadamente.
Eso complicó la posibilidad de continuar inmediatamente por el mismo camino profesional que había desarrollado en Venezuela.
Y tuvo que empezar otra vez.
Recurrió entonces a aquello que también conocía profundamente:
la música venezolana y latinoamericana.
Invirtió en la grabación de un disco y formó un trío que pudiera moverse con facilidad por diferentes escenarios.
Comenzó a tocar puertas.
Al principio algunas actuaciones prácticamente no pagaban, pero el objetivo era darse a conocer.
Poco a poco llegaron conciertos en Madrid, Galicia, el País Vasco y otros lugares de España.
La carrera empezaba de nuevo.
Una llamada que lo llevó al flamenco
Uno de los giros más inesperados de su historia comenzó con una pregunta.
Un hombre lo escuchó tocar y le preguntó si sabía tocar flamenco.
Omar dijo que sí.
En realidad, su conocimiento del género era todavía limitado.
Pasaron meses y aquella conversación parecía destinada a quedar olvidada.
Hasta que sonó el teléfono.
Lo convocaron para una serie de ensayos y terminó descubriendo que detrás del proyecto estaba Cristóbal Reyes, vinculado a una importante compañía de flamenco.
Omar entró en aquel mundo desde una posición muy particular.
Al principio podía ejecutar correctamente la música porque, gracias a su formación clásica, escribía y estudiaba con precisión aquello que debía tocar.
Pero todavía no comprendía realmente el flamenco.
Con el tiempo dejó de limitarse a ejecutarlo y comenzó a entenderlo.
Y después, a disfrutarlo.
Aquella experiencia abrió una puerta enorme.
Llegaron nuevas compañías, artistas, giras internacionales y años trabajando dentro del flamenco.
Del flamenco al Ballet Nacional de España
Ese camino terminó llevándolo a uno de los espacios más importantes de la danza española.
Omar trabajó durante cuatro años con el Ballet Nacional de España, donde ejerció como flautista y director musical.
Según recordaba en nuestra conversación, fue el único latinoamericano que había ocupado aquella posición.
Para un músico que había llegado a España teniendo que reconstruir prácticamente desde cero parte de su carrera, aquello representaba un recorrido extraordinario.
El flamenco también le permitió desarrollar otra faceta que siempre había convivido con la interpretación:
la composición.
Realizó trabajos para el propio Ballet Nacional de España y compuso, entre otras obras, un concierto para cajón y orquesta sinfónica que posteriormente fue estrenado en Venezuela.
El músico venezolano había terminado participando desde dentro en una de las expresiones culturales más reconocibles de España.
Seguir haciendo «travesuras»
Omar habla de sus discos y composiciones como «travesuras».
Nunca dejó de experimentar.
La música venezolana continuó ocupando un lugar central en su obra, pero convivía con la clásica, el flamenco, la composición y los proyectos que iban apareciendo durante el camino.
Uno de ellos terminó proporcionándole una sorpresa inesperada.
Un trabajo realizado junto a Sergio Menem, con composiciones de ambos, recibió una nominación a los Latin Grammy.
Omar ni siquiera había presentado personalmente el disco.
La candidatura había sido propuesta por el ingeniero de sonido y la nominación terminó encontrándolo prácticamente por sorpresa.
Para alguien que aseguraba no tener demasiada suerte con loterías, rifas ni premios, aquella era una forma bastante especial de llevarle la contraria al destino.
Una escuela para compartir lo aprendido
Con los años, la música dejó de ser únicamente interpretación y creación.
También se convirtió en un espacio que compartir.
Junto a su esposa, Nuria Cazorla, y otros colaboradores, Omar desarrolló en Madrid una academia dedicada a distintas disciplinas artísticas.
Comenzaron en un espacio pequeño y, a medida que fueron creciendo, necesitaron ampliar las instalaciones.
La escuela llegó a contar con dos espacios y una oferta que iba mucho más allá de la flauta: baile, instrumentos, pintura, actividades para niños y bebés, y otras disciplinas.
Omar tampoco dejó fuera la música venezolana.
Aprovechaba el paso por Madrid de músicos amigos para organizar talleres y encuentros. Por allí habían pasado intérpretes venezolanos y especialistas en instrumentos como el cuatro.
Su aspiración era sencilla de explicar:
dar cada vez mayor presencia a uno de los instrumentos más reconocibles de Venezuela.
Que algún día el cuatro fuera conocido internacionalmente con la misma naturalidad que otros instrumentos populares del mundo.
Venezuela permanece, pero la vida está aquí
Después de tantos años en España, preguntarle a Omar si regresaría definitivamente a Venezuela no producía una respuesta nostálgica ni automática.
Su vida estaba en España.
Allí estaban su familia, su escuela, su trabajo y décadas de experiencias.
De Venezuela conservaba los recuerdos, los aprendizajes y, especialmente, las cosas buenas.
Y las combinaba con todo aquello bueno que había encontrado en el país donde había construido su vida adulta.
No pensaba entonces en regresar definitivamente.
Pero tampoco convertía esa decisión en algo absoluto.
La experiencia le había enseñado precisamente que nadie sabe qué ocurrirá en el futuro.
Su deseo para Venezuela era que las cosas mejoraran.
Y consideraba que cualquier reconstrucción requeriría algo difícil pero imprescindible:
la participación tanto de quienes permanecían dentro del país como de quienes estaban fuera.
No bastaba con hablar de unión.
Había que construirla.
Una vida hecha de lugares y música
Años después recuperamos esta conversación en Del Archivo porque la historia de Omar Acosta es también una manera de entender la emigración desde otro lugar.
No siempre se emigra cuando todo se ha perdido.
A veces se deja atrás una carrera, reconocimiento y una vida aparentemente estable porque existe la necesidad de buscar otro camino.
Y empezar de nuevo no significa necesariamente borrar aquello que existía antes.
Omar llevó consigo la formación clásica, el cuatro, la música venezolana, los recuerdos de su abuela y todo lo aprendido en las orquestas de Venezuela.
España añadió el flamenco, nuevas músicas, otra familia, una escuela y nuevas generaciones de alumnos.
Tal vez por eso aquella definición suya resulte finalmente tan apropiada:
«Soy un eterno extranjero».
Aunque, después de escuchar su historia, quizá exista un lugar al que Omar Acosta siempre ha pertenecido.
La música.





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