Todo comenzó una noche en Brooklyn.

Fabrizio Ceppi y Emmanuel Molina estaban en un bar venezolano cuando terminaron apropiándose, al menos por un rato, de la música del local. Entre las canciones apareció Rawayana y una conversación aparentemente casual terminó convirtiéndose en una idea.

¿Por qué no llevar a la banda a Brooklyn?

Emmanuel conocía a algunos de sus integrantes desde el colegio en Caracas. Hicieron los contactos, comenzaron a organizarse y el 11 de junio de 2015 realizaron su primer espectáculo.

Así comenzó Venezuelan Nights.

Lo que inicialmente podía parecer simplemente la organización de un concierto terminó convirtiéndose en un proyecto con una ambición mucho mayor: reunir a los venezolanos que vivían en Nueva York, acercarlos nuevamente a su cultura y crear una plataforma para mostrar el talento venezolano fuera del país.

Sentirse por unas horas como en Venezuela

Con el crecimiento de la emigración venezolana, Fabrizio y Emmanuel comenzaron a observar algo que se repetía en Nueva York.

Había cada vez más venezolanos, pero muchas veces estaban dispersos en pequeños grupos que apenas se relacionaban entre sí.

Venezuelan Nights quería romper esas pequeñas fronteras.

La idea no era simplemente contratar un artista, vender entradas y organizar un concierto.

Querían crear una experiencia.

Después de las presentaciones podían organizar fiestas, encuentros y momentos en los que, cuando las circunstancias lo permitían, los propios artistas compartían con el público.

Ese contacto cercano era precisamente una de las cosas que buscaban diferenciar.

«Queremos hacer sentir al venezolano que está aquí como si estuviera allá».

Con el tiempo, por sus eventos pasaron artistas y figuras venezolanas como Rawayana, Caramelos de Cianuro, El Conde del Guácharo y el Profesor Briceño.

Música, humor y fiesta funcionaban como distintas maneras de reconstruir temporalmente aquello que se había quedado lejos.

Mucho más que un concierto

Para Fabrizio y Emmanuel, el público era el verdadero centro del proyecto.

Podían llevar a un artista conocido a Nueva York, pero lo importante era conseguir que la persona que compraba una entrada sintiera que estaba participando en algo más grande que un espectáculo.

Era convivencia.

Era encuentro.

Era escuchar nuevamente determinados acentos, canciones, referencias y formas de relacionarse.

En definitiva, era volver a compartir con otros venezolanos.

Y hacerlo en una ciudad como Nueva York tenía una particularidad: allí convivían personas procedentes prácticamente de todas partes del mundo.

Eso hacía que la aspiración de Venezuelan Nights no terminara dentro de la propia comunidad venezolana.

Una fiesta venezolana para todo el mundo

El propio nombre del proyecto expresaba parte de esa intención.

Fabrizio recordaba que existían fiestas y eventos asociados a muchas otras nacionalidades, pero no encontraba algo equivalente que identificara de aquella manera a Venezuela.

¿Por qué no conseguir que una Venezuelan Night pudiera resultar tan atractiva como una fiesta brasileña, dominicana o de cualquier otra cultura?

El sueño era que llegara un momento en que alguien pudiera asistir sin ser venezolano, incluso sin comprender todas las letras de las canciones, simplemente porque la música, el ambiente y la experiencia merecieran la pena.

Convertir la cultura venezolana en un punto de encuentro, y no únicamente en un espacio cerrado para quienes habían nacido en el país.

Nueva York como plataforma

La ciudad también ofrecía herramientas que facilitaban convertir aquellas ideas en proyectos reales.

Las redes sociales permitían divulgar rápidamente un evento y las plataformas digitales simplificaban procesos como la venta de entradas.

Para dos personas que desarrollaban Venezuelan Nights mientras mantenían sus respectivos trabajos profesionales, esa infraestructura resultaba especialmente importante.

El proyecto había comenzado prácticamente como una actividad paralela.

Pero cada nuevo evento alimentaba una pregunta:

¿y si algún día pudieran dedicarse completamente a aquello?

Llevar Venezuelan Nights más allá de Nueva York

La visión de Fabrizio Ceppi y Emmanuel Molina tampoco terminaba en Brooklyn.

Querían que Venezuelan Nights pudiera crecer y convertirse en una plataforma para artistas venezolanos dentro y fuera del país.

Y soñaban con algo todavía mayor:

que el concepto pudiera viajar.

Que algún día otras personas pudieran organizar una Venezuelan Night en ciudades como Madrid y formar parte de una misma comunidad.

No se trataba solamente de llevar artistas venezolanos al exterior.

También querían mostrar que el talento nacido en Venezuela podía presentarse ante públicos internacionales y ocupar escenarios fuera del país.

Era otra forma de representar a Venezuela.

Cuando la diáspora crea sus propios espacios

Años después recuperamos esta conversación en Del Archivo porque Venezuelan Nights representa algo que se ha vuelto cada vez más frecuente dentro de la diáspora venezolana.

Cuando una comunidad crece fuera de su país, comienza también a construir nuevos espacios donde reconocerse.

A veces esos espacios son restaurantes.

Otras veces son medios de comunicación, asociaciones, emprendimientos o encuentros culturales.

En el caso de Fabrizio Ceppi y Emmanuel Molina fueron la música, los conciertos y las noches venezolanas en Nueva York.

Porque emigrar también genera una necesidad profundamente humana:

Encontrar, aunque sea durante unas horas, un lugar donde volver a sentirse en casa.

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