La historia de Paolo es la de un venezolano que lleva buena parte de su vida fuera del país.

Cuando conversamos con él en Londres, llevaba apenas unos cinco meses viviendo en la capital británica, pero su recorrido migratorio había comenzado mucho antes.

Había vivido durante diez años en Costa Rica y posteriormente pasó alrededor de un año en Estados Unidos para continuar sus estudios. Después, la vida lo llevó hasta Londres, donde seguía estudiando y trabajando.

“Como todos los venezolanos, andamos por el mundo”, resumía.

Paolo había salido de Venezuela siendo todavía un niño. Su padre, cuenta, siempre procuró que sus hijos aprovecharan las oportunidades que pudieran encontrar fuera del país.

Pero estar lejos durante tantos años no hizo desaparecer el vínculo con Venezuela.

Una arepa y una oportunidad en Londres

Una de las primeras cosas que Paolo quiso encontrar al llegar a Londres fue algo muy sencillo y, al mismo tiempo, profundamente familiar: una arepa.

Apenas en su segundo día en la ciudad buscó dónde podía comer comida venezolana. Esa búsqueda terminó llevándolo hasta una arepera.

La casualidad quiso que el establecimiento estuviera buscando personal.

Paolo preguntó, presentó su candidatura y consiguió trabajo.

Lo que comenzó buscando como un lugar donde comer terminó convirtiéndose en algo mucho más importante.

“Tuve suerte de haber encontrado una segunda casa en este sitio”, explicaba.

Allí no solamente podía comer arepas prácticamente todos los días. También trabajaba rodeado de venezolanos y recibía constantemente a compatriotas que entraban y salían del establecimiento.

Era una pequeña conexión cotidiana con Venezuela en medio de Londres.

Cuando los ingleses descubren la arepa

Sin embargo, el público del restaurante no estaba formado principalmente por venezolanos.

Según explicaba Paolo en aquel momento, aproximadamente el 80 % de sus clientes eran ingleses.

La propuesta combinaba comida venezolana con elementos de fusión y presentaciones adaptadas a un público que muchas veces se acercaba por primera vez a platos como las arepas o las cachapas.

Eso generaba situaciones curiosas.

Algunos clientes no sabían cómo comer una arepa y trataban de hacerlo con cubiertos. El personal tenía entonces que explicarles una de esas pequeñas reglas no escritas que cualquier venezolano conoce desde niño:

la arepa se come con las manos.

También había combinaciones que podían resultar extrañas incluso para los propios venezolanos.

Paolo recordaba, por ejemplo, una arepa de pollo frito que inicialmente le había sorprendido, pero que terminó convirtiéndose en una de sus favoritas y en una de las más solicitadas por los clientes.

Pernil, tequeños y tres leches

Entre las arepas, una de las favoritas del público era la de pernil.

Partía de ese pernil al horno tan ligado a las celebraciones venezolanas, pero incorporaba ingredientes y sabores propios de una propuesta gastronómica de fusión.

El menú incluía además patacones y otros platos pequeños.

Y había un producto prácticamente infalible:

los tequeños.

Paolo contaba que parte del equipo se reunía para prepararlos, convirtiendo el proceso casi en una pequeña celebración.

En los postres, el tres leches era uno de los grandes protagonistas y uno de los que más recomendaban a los clientes.

Así, platos profundamente asociados con Venezuela encontraban un nuevo público a miles de kilómetros del país.

Venezuela siempre presente

Pero detrás de la conversación sobre comida había una historia mucho más personal.

Paolo había salido de Venezuela con apenas seis años y, cuando realizamos esta entrevista, llevaba siete años sin regresar.

Aun así, hablaba del país con una enorme cercanía.

Contaba que tenía en su casa una bandera venezolana de aproximadamente dos por cuatro metros colgada en la pared.

No era simplemente nostalgia.

Era una forma de mantener presente el lugar del que venía.

Por eso, cuando le preguntamos si regresaría a Venezuela si las circunstancias del país cambiaran, su respuesta estuvo cargada de esperanza, pero también de realismo.

Lo pensaría seriamente.

Le gustaría regresar, volver a conocer el país y aportar su propio esfuerzo a su recuperación.

Era consciente de que ningún cambio político resolvería inmediatamente todos los problemas y que reconstruir Venezuela exigiría tiempo y trabajo.

Pero también creía que cada venezolano tendría que aportar su propio granito de arena.

Después de tantos años viviendo fuera, Venezuela seguía formando parte de su identidad.

Una identidad que Paolo llevaba consigo por Costa Rica, Estados Unidos y Londres; en una bandera colgada en la pared, en una conversación con otros venezolanos y, algunas veces, simplemente en una arepa.

Ver entrevista completa en YouTube

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