Emigrar obliga muchas veces a comenzar de nuevo. A aceptar trabajos que nunca imaginamos hacer, aprender oficios distintos y entender que algunos pasos que parecen alejarnos de nuestros objetivos pueden terminar acercándonos a ellos.
Esa es parte de la historia de Carlos y su esposa, una pareja venezolana que pasó por Portugal antes de establecerse en Madrid y que convirtió años de trabajo, sacrificio y ahorro en un proyecto propio: Latinoarepa.
Antes de salir de Venezuela ya habían tenido una primera experiencia emprendiendo juntos. Vendían alfajores y aquel pequeño negocio terminó ayudándolos económicamente cuando llegó el momento de emigrar.
El interés por emprender tampoco era completamente nuevo para ellos. Carlos recuerda la influencia de su abuela, fundadora de un colegio, y sus primeras experiencias vendiendo en la cantina. Su esposa, por su parte, creció viendo trabajar a su padre, quien también había emigrado a Venezuela y consiguió levantar su propio negocio.
Ambos habían aprendido desde pequeños una idea que después resultaría fundamental: trabajar para conseguir las cosas por uno mismo.
De Venezuela a Madeira
Su primer destino fue Madeira, Portugal.
Para ella, la búsqueda de empleo fue sorprendentemente rápida. El mismo día de su llegada, mientras compraba pan, alguien que conocía a su familia le preguntó si quería trabajar.
Al día siguiente comenzaba a las cinco de la mañana.
Para Carlos fue diferente. Aunque había estudiado portugués antes de viajar, pronto descubrió que aprender un idioma en un curso y desenvolverse diariamente con él eran cosas muy distintas.
Tardó alrededor de tres meses en encontrar trabajo.
Finalmente comenzó en un autolavado.
La experiencia le permitió aprender cosas completamente nuevas, pero el trato recibido durante aquella etapa hizo que ambos empezaran a preguntarse si realmente querían construir allí su futuro.
Madrid apareció entonces como una nueva posibilidad.
Volver a empezar en Madrid
Llegaron a Madrid en 2017.
Un amigo de la universidad les alquiló inicialmente una habitación y los ayudó posteriormente a encontrar piso.
Una vez más había que empezar desde abajo.
Mientras esperaba la documentación necesaria para trabajar legalmente, Carlos consiguió empleo como relaciones públicas de un local. Su trabajo consistía en captar personas en la calle y llevarlas hasta el establecimiento.
Le pagaban un euro por cada persona que entraba y consumía.
Para alguien que se consideraba poco sociable, abordar desconocidos durante horas no era precisamente el trabajo ideal. A eso se sumaba el invierno madrileño y las largas jornadas en la calle.
Pero era lo que había en aquel momento.
Su esposa también comenzó a trabajar relativamente pronto, esta vez en una arepera venezolana. Allí tuvo que vencer parte de su timidez y aprender a desenvolverse de cara al público.
Aquella experiencia acabaría siendo mucho más importante de lo que ambos podían imaginar entonces.
Una escuela antes de emprender
Carlos también consiguió posteriormente trabajo en un negocio de comida venezolana, donde permaneció alrededor de dos años y medio.
Con el tiempo comprendieron que aquellos empleos estaban funcionando como una auténtica escuela.
Aprendieron sobre arepas, atención al público, funcionamiento de un establecimiento de comida y, especialmente, sobre los diferentes tipos de clientes que encontraban en Madrid.
Descubrieron qué podía gustarle al público español, qué buscaban los venezolanos y cómo respondían clientes de otras nacionalidades a la gastronomía venezolana.
Después Carlos dejó aquel trabajo y comenzó a repartir comida a domicilio.
Lo que podía parecer simplemente otro empleo temporal terminó proporcionándole dos herramientas fundamentales para el futuro.
La primera fue el ahorro.
La segunda fue conocer Madrid.
Trabajando como repartidor recorrió barrios, calles y zonas comerciales de toda la ciudad. Y mientras hacía entregas comenzó a observar algo.
Vivían cerca del Mercado de Barceló, en el centro de Madrid, pero cuando querían comer unas buenas empanadas venezolanas tenían que desplazarse bastante.
La pregunta apareció casi sola:
Si ellos querían comida venezolana en aquella zona y no la encontraban fácilmente, ¿por qué no montar allí un negocio?
De los ahorros a Latinoarepa
Durante años habían sido extremadamente cuidadosos con el dinero.
Algunos amigos incluso les decían que eran demasiado “pichirres”.
Pero ellos tenían un objetivo: ahorrar para construir algo propio en el futuro.
Cuando apareció la oportunidad del local, Carlos hizo cuentas. Revisó el alquiler, los gastos de agencia, las licencias y todo lo necesario para comenzar.
Decidieron no pedir un crédito.
Preferían arriesgar el dinero que habían conseguido ahorrar durante aquellos años antes que comenzar el negocio con una deuda bancaria.
No fue sencillo.
Tuvieron que aprender cómo conseguir permisos y licencias, averiguar dónde realizar cada trámite y comprar poco a poco todo lo necesario para abrir.
Y cuando finalmente lo tenían prácticamente preparado apareció otro obstáculo menos visible: el miedo.
Habían invertido sus ahorros y ahora tocaba comprobar si la idea funcionaría realmente.
Durante varios días dudaron sobre cuál sería el momento perfecto para abrir.
Hasta que decidieron que ese momento perfecto probablemente no existía.
Había que empezar.
Arepas, empanadas y un pedazo de Venezuela en Madrid
El primer día llegaron familiares y amigos.
Después comenzaron a aparecer los clientes.
Las reseñas positivas ayudaron a que otras personas descubrieran el establecimiento y el pequeño local fue construyendo poco a poco su clientela.
En su carta encontraron espacio los sabores venezolanos que habían formado parte de su propia historia: arepas, empanadas, cachapas, tequeños, zumos naturales y papelón con limón.
También incorporaron productos capaces de despertar recuerdos inmediatos entre muchos venezolanos: Samba, Cocosette o Pirulín.
Pero Latinoarepa no nació únicamente pensando en quienes echaban de menos Venezuela.
Carlos y su esposa descubrieron también cómo determinados sabores conquistaban a personas de otras nacionalidades. Entre los españoles, por ejemplo, la reina pepiada se convirtió en una de las favoritas.
La gastronomía terminaba haciendo algo que ocurre continuamente dentro de la diáspora: convertirse en un punto de encuentro entre el país que dejamos y el país en el que comenzamos una nueva vida.
Todo es pasajero, pero también aprendizaje
Quizá la enseñanza más interesante de su historia aparece cuando hablan de aquellos primeros trabajos que no necesariamente querían hacer.
Carlos insiste en que las situaciones difíciles no tienen por qué convertirse en destinos permanentes.
Un trabajo puede ser simplemente una etapa.
Algo que permite sobrevivir, aprender, ahorrar o adquirir conocimientos que después terminan siendo útiles para alcanzar otro objetivo.
Su historia parece confirmarlo.
El autolavado, las horas captando clientes en las calles de Madrid, el trabajo en restaurantes venezolanos y los kilómetros recorridos haciendo entregas terminaron aportando algo al proyecto que construirían después.
Ninguno de aquellos trabajos era Latinoarepa.
Pero, de alguna manera, todos formaron parte del camino que llevó hasta Latinoarepa.
Y quizá ahí esté la verdadera historia detrás de este emprendimiento venezolano en Madrid: no solamente la de dos personas que abrieron un negocio, sino la de dos emigrantes que entendieron que empezar desde cero no significa necesariamente quedarse en cero.
Ver entrevista completa
Puedes conocer la historia completa de Carlos y su esposa en la entrevista original de Diáspora Venezolana.





Deja un comentario